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Agustín Unzurrunzaga
¿Exteriorizar el derecho de asilo?
(Gara, 7 de noviembre de 2004).
Los ministros de justicia e interior de la Unión Europea vuelven a la carga sobre la idea de exteriorizar el derecho de asilo, mediante la creación de centros de tránsito o campos de retención de inmigrantes cuyo objetivo sería impedir su llegada a algún país de la Unión. Proponen llegar, en la frontera sur, a acuerdos con cinco Estados del norte de África, Marruecos, Argelia, Túnez, Libia y Mauritania y, en la frontera este, con Ucrania.
Esos campos tendrían como objetivo y función la de retener a los inmigrantes y demandantes de asilo en unos espacios fuera de las fronteras de la Unión, donde serían analizadas sus peticiones. Allí se tomarían las decisiones sobre si se les deja entrar en la Unión Europea o se les devuelve a sus países de origen.
Si actualmente han sido Otto Schily y Giuseppe Pisanu, ministros de Alemania e Italia respectivamente, quienes en la reunión informal de ministros de justicia e interior de la Unión Europea celebrada en la La Haya los días 30 de septiembre y 1 de octubre han hecho esta propuesta, aberrante desde el punto de vista democrático, del respeto a los derechos humanos y de la aplicación de la Convención de Ginebra sobre asilo y refugio, conviene tener en cuenta que anteriormente fue hecha por Gran Bretaña, aunque en ese momento fue rechazada por el Consejo de Europa en la cumbre de Tesalónica.
Y aunque ahora tampoco se han puesto de acuerdo, y hay gobiernos que no la aceptan, por lo menos en su totalidad, tales como los de Suecia, Francia o España, no es menos cierto que es una idea que está calando, y que tiene decididos partidarios en los gobiernos de Gran Bretaña, Italia, Alemania, Austria, Letonia, Lituania, Estonia, Polonia... y en el futuro comisario de justicia de la Unión Europea, Rocco Buttiglione.
Es muy preocupante que ideas de este tipo circulen y se pongan encima de la mesa para su discusión en los órganos de la Unión, y que cuenten con apoyos tan importantes como los que cuentan, aunque hoy no sean mayoritarios. Y es muy preocupante que representantes de gobiernos que han mostrado su desacuerdo, como el Francés, o que el señor Lubbers, Alto Comisionado de la ONU, entren a discutirlas, se planteen matizarlas, en lugar de manifestar una posición clara de rechazo.
Porque el fondo del asunto no es la denominación que reciban: «campo de retención», propuesta de Gran Bretaña; «centro de tránsito», propuesta de Otto Schily, o «punto de acogida», denominación propuesta por Villepin, ministro de interior de Francia, sino la función que, con cualquiera de las tres denominaciones cumplirían: impedir el acceso de los demandantes de asilo o de personas que emigran por motivos no estrictamente políticos a las fronteras de la Unión y abaratar el costo de sus retornos que, como señala el ya citado Villepin, podrían hacerse en autobús, y no como ahora, que las expulsiones se hacen en avión. En el fondo, ¿qué importancia tienen los derechos humanos ante la diferencia de precio de un billete de avión europeo y uno de autobús africano?
La Unión Europea no tiene una política común de asilo y no tiene una política común de inmigración. Lo único común es la tendencia a recortar el derecho de asilo y el derecho a desplazarse de los emigrantes que intentan llegar a los Estados de la Unión. Los ministros de justicia y de interior de la Unión mani- fiestan su satisfacción porque esa política restrictiva ha hecho que el número de demandantes de asilo en el conjunto de la Unión bajase de 306.000 en 2002 a 192.000 en 2003, de las cuales solo se han aceptado 25.000. ¿Pero alguien se cree que esa bajada en el número de solicitudes se corresponde con una mejora sustancial de la situación del mundo? ¿No es más cierto que algunos conflictos son más lejanos a la Unión, que sus víctimas tienen más dificultades para llegar y que la admisión a trámite de las demandas se ha restringido en todos los Estados? ¿No es más cierto que la mayoría de demandantes de asilo, que en número global no disminuyen, se quedan en los propios países del tercer mundo, que tienen muchos más problemas y dificultades que los Estados de la Unión para acogerlos y garantizar sus derechos?
Hipócrita Europa, miserable Europa, donde el egoísmo nacional sigue siendo una componente fundamental de su política y de los Estados que la componen. Europa tiene dos caras y no conviene olvidarnos de ninguna de las dos. Es el espacio del mundo en el que los sistemas democráticos están más consolidados y donde dentro de sus fronteras el respeto por los derechos humanos, comparativamente, es mayor. Pero no conviene olvidar que Europa es la cuna del racismo, allí donde se construyó como doctrina y allí donde se aplicó en sus dos grandes variantes, como racismo de exterminio ligado al nazismo y como racismo de explotación ligado al colonialismo, y donde hoy se manifiesta en sus variantes de racismo diferencialista y de racismo social. Ese lado oscuro de Europa, impregnado de egoísmo nacional, está hoy como ayer presente en la política, presente en las propuestas que a finales de octubre discutirán en Florencia los Estados que componen el G5, Italia, Alemania, Francia, Inglaterra y España. Y nos tenemos que oponer a ellas.
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