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Antonio Antón Jóvenes y empleo. (Página Abierta, nº 125, abril de 2002)
Las tendencias generales de la situación de los jóvenes con respecto al mercado de trabajo están definidas por la precariedad; pero ella es vivida de forma transitoria, por lo que es fundamental tener una perspectiva evolutiva para una mejor interpretación. Así mismo, se deben destacar algunos rasgos como el contexto de relaciones familiares y de género y la estratificación económica y formativa que permiten enmarcar mejor el contenido central de este informe: la conciencia subjetiva de los jóvenes, sus expectativas con respecto a su vida adulta, y qué papel ocupa el empleo, el trabajo, en sus perspectivas y valores. La juventud, como categoría social, define una situación transitoria hacia la vida adulta, hacia la plena integración en las dos esferas principales de la sociedad: la esfera económica, a través de su inserción laboral, y la esfera sociopolítica y cultural, con su integración social y el acceso a la plena ciudadanía. En las últimas décadas se ha prolongado la actividad formativa y cultural, como aprendizaje para su incorporación a cada una de esas dos esferas. La juventud, como concepto, refleja ese aspecto común generacional, pero encierra también una situación muy diversa con diferentes niveles de desigualdad cultural, socioeconómica o de estatus laboral y profesional. De ahí que, conceptualmente, sea más adecuado hablar de las y los jóvenes, pudiendo incluir mejor su pluralidad interna, que de juventud, cuya expresión acentúa los rasgos comunes; por ello, este estudio se encabeza por la denominación de jóvenes. En las últimas décadas se ha ido subiendo la edad de incorporación a la vida adulta y hoy se considera joven a las personas entre 16 y 29 años. Una característica central define lo dominante del empleo juvenil: su precariedad. La tasa de temporalidad general en España está en torno al 32% (en la U.E. algo superior al 12%) Entre los jóvenes menores de 25 años es del 70%, pero en la U.E. está en torno al 34,5%, o sea la mitad que en el Estado Español. Si entre la población en general hay una diferencia de unos 20 puntos en el caso de ese segmento juvenil, la diferencia es de más de 35 puntos. Es decir, en términos relativos las y los jóvenes españoles tienen una temporalidad y precariedad muy superior que sus colegas europeos. Además de esta fuerte temporalidad, el paro juvenil está en torno al 25%, en gran medida con fuerte rotatividad con el empleo temporal. Es verdad que los efectos de exclusión entre la juventud son limitados, pero creo que se puede hablar claramente de precariedad juvenil. En la distribución por edad se pueden distinguir cuatro segmentos con relación a su vinculación al mercado de trabajo. El primero, son las cohortes de 16 a 19 años, con un alto nivel de inactividad de más del 75%. El segundo segmento es entre los 20 y 29 años, con la incorporación al mercado de trabajo de forma precaria y discontinua; se pasa muy rápidamente del anterior alto porcentaje de inactividad, a una tasa, en el caso de los 20 a 25 años, de más de la mitad de ocupación casi toda temporal y en rotación con periodos de paro. El tercer segmento es el configurado por las personas entre 30 y 50 años, que es el central con respecto a la vinculación estable al empleo y con capacidad autónoma y de rentas propias, aunque aquí se dan zonas de vulnerabilidad en sus capas bajas y descualificadas. Y el cuarto segmento, es a partir de los 50 años y en especial de los 55 años, donde se comienza a abandonar la ocupación con pérdida de rentas, dependientes de los sistemas de pensiones y prestaciones de desempleo. No estamos, por tanto, ante una situación homogénea y con una carrera profesional y condiciones laborales progresivas y en ascenso, sino en condiciones y, por tanto, intereses diversos debido, entre otros factores, a la edad. En la juventud de entre los 16 y 19 años hay un gran cambio en su relación con mercado de trabajo. En esta cohorte de edad, se ha pasado, en los últimos 20 años -1977 a 1997-, de una tasa de actividad masculina del 60% al 25%, y femenina del 55% al 20%. En ambos casos hay una mínima incorporación al mercado de trabajo y una prolongación de los estudios, es decir, un aumento del ámbito de socialización de la escuela, que supone una mayor desvinculación del mundo del trabajo; al mismo tiempo, existe una mayor dependencia económica familiar, de las rentas de los padres, de sus empleos y sus propiedades aunque en un marco algo más tolerante, y un aplazamiento de la emancipación familiar y de los proyectos de futuro autónomos. Pero, si se toman las tasas de los grupos de edad entre 20 y 24 años, la vinculación masculina al mercado de trabajo se mantiene en esos veinte años con una tasa entre el 60% y el 70%, y en el caso de las mujeres jóvenes entre el 50% y el 60%. Para tener una idea más acabada de la relación de este segmento de la juventud con el empleo y el mercado de trabajo, se pueden añadir otros datos: la temporalidad en el sector servicios, donde ha aumentado el empleo juvenil, es el 28,8%, pero en total es de unos 2 millones, el 57% del conjunto de temporales. En la construcción (61,85%) y agricultura (58,7%), con fuerte concentración inmigrante, la tasa de temporalidad es el doble, y suman cerca de otro millón de temporales. En estos 20 años, en este segmento juvenil, se mantiene un porcentaje en torno al 60% vinculado al mercado de trabajo, es decir, un 40% inactivos. El gran cambio a considerar es que, en este segmento de edad, hace dos décadas, mayoritariamente, eran fijos y ahora temporales o parados. Visto en un periodo largo de su experiencia vital -de los 16 a los 29 años-, con la alta movilidad y rotatividad existente, se puede considerar que la mayoría de la juventud, ha experimentado su vida laboral en la precariedad, con la vulnerabilidad e incertidumbre que ello supone. No obstante, viendo las trayectorias según la edad, hay una incorporación progresiva al mercado de trabajo. En definitiva, los rasgos principales de los jóvenes son: prolongación del periodo escolar y formativo hasta los 20 años, con un mayor papel de la escuela como lugar de socialización y una dependencia del estatus familiar y de la redistribución de rentas en la familia, aunque en un ambiente más tolerante que antaño; al mismo tiempo, se produce una incorporación progresiva al mercado de trabajo en el marco de la temporalidad y precariedad entre los 20 y 29 años, con un rejuvenecimiento de la población laboral; en tercer lugar, se mantiene una fuerte centralidad del trabajo entre los 30 y 50 años, especialmente masculino, donde su estabilidad laboral se considera más fundamental. Y, por último, hay una disminución a partir de los 50 años y, sobre todo, de los 55 años, de la permanencia en la ocupación. Sin embargo, la distribución del empleo, generacionalmente, es diversa tanto cuantitativamente, en la dimensión de su vinculación al mercado de trabajo, como cualitativamente, en su grado de estabilidad, estatus y efectos culturales; por tanto, hay un reparto desigual del empleo generacional, una diferenciación de los jóvenes con respecto al mundo adulto. No obstante, estos rasgos se configuran con un cierto acuerdo o consentimiento intergeneracional en el reparto del empleo y de las rentas, según algunos autores, no ausente de tensiones y conflictos que no son lineales y, en parte, son una adaptación / resignación entre ambos, padres e hijos. Las generaciones jóvenes, con mayor cualificación formativa y mayor adaptabilidad a las nuevas tecnologías, tienen una menor capacidad de presión frente a la imposición de condiciones precarias, de bajos salarios y de contratación temporal, al tener un alto volumen de personas en paro o potencialmente activas de su generación o de la anterior que va empujando. En las empresas se les impone, mayoritariamente, la contratación temporal y se les exigen unas condiciones de mayor flexibilidad y adaptabilidad a las condiciones de trabajo, y una mayor subordinación al dictado de la competitividad y la jerarquía empresarial; por un lado, es una situación de mayor explotación, que se piensa transitoria mientras se acumula cualificación o capital humano en la búsqueda del ascenso profesional y laboral; por otro lado, se permanece en la inseguridad frente a los grandes proyectos personales, que se palia, provisionalmente, en el ámbito familiar, es decir, con el empleo estable de sus padres. Las estrategias patronales y gubernamentales han impuesto un reparto desigual del empleo y de las rentas entre los diferentes segmentos de la población, también desde el punto de vista generacional. Ante la dificultad para encauzar de forma colectiva esa distribución en otra dirección, los jóvenes adoptan otras estrategias adaptativas individuales, con los recursos institucionales que quedan, como es el intento de equilibrio y reparto del empleo y de las rentas en el ámbito familiar. Hay una tendencia subyacente de supervivencia intergeneracional y de género, donde se reparte el empleo desigualmente y se socializan las rentas colectivamente en el grupo doméstico. Pero ello supone una revalorización de la unidad de convivencia, con nuevas presiones hacia las mujeres y con algunos cambios en las viejas desigualdades: preponderancia de la edad intermedia, superando viejas relaciones de dominio hacia los hijos jóvenes, pero con dificultades reales para su autonomía de rentas y de emancipación; debilitamiento del segmento de más edad, aumentando algunas de sus funciones de ayuda familiar, por ejemplo en el cuidado de los nietos; finalmente, una presión hacia la mujer adulta, para asumir más tareas en el colchón familiar, con situaciones e intercambios desiguales. En este sentido, uno de los sectores más débiles es una parte de las mujeres de edad intermedia cuyas funciones se amplían: mujeres con algún hijo, con vinculación difícil al mercado de trabajo estable o con doble jornada doméstico-precaria. Desde el punto de vista de los proyectos vitales, ese modelo de subordinación femenina es una perspectiva a la que se resisten las mujeres jóvenes, que defienden una mayor autonomía e igualdad, aumentando su capital humano y profesional y peleando por un pacto matrimonial o de pareja con más garantías de igualdad, autonomía personal y de nivel de rentas. La disposición a la incorporación plena al mercado laboral y con un nivel de cualificación similar al masculino, de las actuales jóvenes, y su resistencia a dejarlo, es uno de los datos más significativos con indudables efectos en las relaciones interpersonales, en la conformación de los vínculos de convivencia, y en el establecimiento de unas relaciones laborales más igualitarias con relación al género. Sin embargo, en general, la igualdad en el nivel de ocupación y estatus profesional está todavía lejano, y también hay tendencias a otro tipo de equilibrio entre las parejas. Por diversas razones y como se ha citado, en el Estado español la jornada a tiempo parcial, utilizada mayoritariamente por mujeres (un 78% del total), es forzada; sin embargo, en otros países, gran parte de sus colegas femeninas mantienen una situación prolongada de empleo a tiempo parcial de forma voluntaria. En este caso, el pacto familiar supone un empleo a tiempo completo, seguro y con alto nivel adquisitivo masculino, junto a una relación estable en el empleo femenino a tiempo parcial, normalmente en el sector servicios, al que se añade una mayor dedicación a la jornada doméstica, contando con unas rentas complementarias y un estatus relacional algo más igualitario. En este país ese relativo equilibrio no funciona, salvo en algún sector de élite. En general, el empleo masculino tampoco es total ni seguro ni con suficiente salario; nuestro nivel de temporalidad y de población activa es muy distante de los otros países europeos; además, es mayor la ausencia de recursos y estabilidad en la generación joven y para la más adulta es más restrictiva la protección social; en definitiva, los dos componentes de la unidad de convivencia tienden a un empleo a tiempo completo y seguro, resignándose la mayoría, de forma involuntaria, a un contrato a tiempo parcial o a la rotatividad en el empleo. En el Estado español, el periodo de cierta estabilidad de empleo y rentas es más corto, entre los 30 y 50 años, y está lleno de incertidumbres. Por tanto en la cohorte de más de 25 años, con pocos derechos sociales y prestaciones, se da una fuerte tendencia a garantizar esa expectativa, con la búsqueda de un empleo estable que sólo va llegando, poco a poco y de forma parcial, a partir de los 30 años. Es verdad que existe una minoría significativa, normalmente con fuertes vinculaciones familiares y económicas con las élites instaladas, o con suficientes rentas para culminar estudios cualificados y prácticas de postgrado; este sector tiene mayor garantía de colocación, estatus y expectativas de buena carrera profesional. Sin embargo, la gran mayoría, en torno a los 30 años, y después de una amplia socialización laboral precaria, está condicionada por el problema de la estabilidad laboral y la ausencia de garantías a largo plazo para desarrollar su proyecto vital, con lo que se le fuerza a adaptarse a vivir en la incertidumbre o a renunciar a planes de futuro y a vivir al día. Esa es la situación mayoritaria de la juventud incorporada al mercado laboral desde mitad de los 80, sobretodo en el sector servicios, con alta movilidad; tienen la aspiración de ascenso o estabilidad, pero sólo lo consiguen un sector: una parte, basándose en la lucha competitiva por la productividad, dedicación y subordinación empresarial, y otra, intentando responder con una buena capacitación profesional. Esa vía, en las condiciones actuales de cierto crecimiento del empleo, se ha ensanchado, ya que en los últimos cuatro años, de 1997 a 2000, con el aumento de cerca de millón y medio de puestos de trabajo, se ha desbloqueado el alto paro e inactividad juvenil, generándose una corriente real de colocaciones precarias. Pero por otro lado, una parte de los nuevos contratos indefinidos ha permitido hacer más estable a una parte de esos jóvenes temporales y desatasca el problema de la larga precarización juvenil. En definitiva, el empleo más estable aparece como la gran expectativa y esperanza de la mayoría juvenil que va rotando en la precariedad. Las grietas más graves aparecen cuando este marco familiar también falla, ya sea porque en la misma unidad de convivencia se concentra el paro de larga duración, los empleos precarios o pensiones y prestaciones mínimas, o bien, porque en una situación vulnerable, se rompe la unidad de convivencia o no se logra crear, como en el caso de un sector de jóvenes o ancianos, o de mujeres solteras o separadas. Pero la familia todavía es un colchón socializador e igualador de las fuertes divisiones y segmentaciones del mercado de trabajo y de las rentas, y da como resultado, más allá de los vínculos individuales con el nivel de empleo o de rentas, una redistribución familiar de rentas, desigual entre sus componentes pero menos extrema que en el exterior a ella. En conclusión, el limitado volumen de empleo existente en el Estado español se está repartiendo de forma desigual, la contratación temporal y a tiempo parcial son impuestas y afectan sobre todo a la juventud y a un sector de mujeres; hay un alto volumen de inactividad entre la generación más joven y más mayor; y ante la desigualdad de ingresos derivados del empleo segmentado y la cortedad de las prestaciones del Estado, la redistribución de las rentas se complementa en el ámbito familiar, que adquiere mayor protagonismo y legitimidad, en un marco de relaciones más tolerante, y por último, estamos ante una nueva estratificación de la desigualdad y de la conciencia social de la juventud. Desde el punto de vista de la conciencia social, se refleja una gran descontento en la sociedad con relación al paro y la precariedad, que suelen aparecer como una de las primeras preocupaciones de la población, según las encuestas de opinión; mayoritariamente, hay una aspiración por disminuir el paro, dar seguridad al actual empleo precario, mejorar las pensiones y las prestaciones de desempleo, conseguir un mayor nivel y estabilidad del acceso a las rentas. Es el deseo de mejoras inmediatas y la conciencia de unos criterios básicos de justicia social. Sin embargo, en particular entre los jóvenes, se ha ido diluyendo la percepción de unas causas generales y, específicamente, la conciencia de una salida a través de la acción colectiva, lo que limita un nivel de participación laboral y sindical. Por otra parte, ante las tendencias desiguales según los segmentos, se generan expectativas diversas hacia la salida de mejores fuentes de rentas. En los últimos cuatro años ha aumentado el empleo y se ha levantado una tendencia hacia la búsqueda y permanencia en el empleo estable y digno. Tras varios años de temporalidad y rotación, una parte de la juventud espera que sea estable, e intenta consolidar sus expectativas a través de su adaptación a la realidad del mercado de trabajo, o sea a las condiciones laborales y salariales impuestas. Sin embargo, todavía se percibe un bloqueo global del progreso social colectivo para la mayoría de jóvenes y la inquietud por una evolución incierta a medio plazo, que tiene efectos para aplazar la emancipación del hogar familiar. La mayoría de la juventud no consigue estabilizar su vida laboral; todavía existe una fragilidad de las garantías de continuidad a largo plazo de una parte de los nuevos contratos indefinidos, cuando aparecen nuevos riesgos de crisis en el panorama económico; esa juventud precarizada se sostiene en la mera supervivencia llena de incertidumbres, de vulnerabilidad y de riesgos de descenso social. Así, para una gran parte, la familia es un ámbito de socialización de la situación de los riesgos de las trayectorias individuales y de la capacidad de consumo a la baja, ya que ofrece un soporte fundamental de una seguridad mínima, frente a necesidades básicas de vivienda o consumo. El alto volumen de paro, de empleo precario y de inactividad permanece, lo que mantiene el bloqueo al progreso a través de la ocupación / salario a sectores importantes y reproduce la imposición de una rebaja media en las rentas familiares. Es la coerción de un fuerte ejército de reserva precario para que tire a la baja de las condiciones laborales y no permita un avance sustancial de la estabilidad del empleo. No obstante, ese colchón mínimo familiar y la generalización de una cultura de derechos entre la juventud urbana de hoy, todavía supone una defensa frente a la imposición de unas condiciones de trabajo especialmente duras de superexplotación, o bien la posibilidad de negarse y rechazar empleos penosos o discriminatorios. Además, conviene añadir otra diferencia entre jóvenes con dos niveles distintos de cualificación y capacidad profesional; uno, medio-alto que posibilita un mejor acceso al empleo; y otro, bajo y ligado, a veces, con el arrastre de fracaso escolar y que tiende a la marginalidad en el empleo y con riesgos de exclusión social. Por otra parte, los jóvenes urbanos de origen autóctono, a diferencia de la juventud rural de los años 50 y 60, prefieren conservar su actual estatus algo precario, aún en la economía sumergida, pero con una red cultural, familiar y de amistad algo estable, y se resisten a perderla con la movilidad geográfica o la inmigración interior; eso todavía les permite no aceptar unos empleos en condiciones de especial penosidad, precariedad y subordinación, como el trabajo agrícola, el de la construcción o el servicio doméstico, por citar los tres sectores donde el empresariado demanda y emplea más inmigrantes, que tienen una mayor indefensión frente a la superexplotación. En los jóvenes, mayoritariamente, hay un alejamiento de los cauces colectivos tradicionales del sindicalismo, o de la protesta colectiva por la mejora de sus condiciones laborales; la mayoría de la juventud tiende hacia una adaptación / resignación en una carrera laboral inestable, durante un periodo prolongado. Mientras tanto, establecen estrategias individuales de supervivencia en el mercado de trabajo y, en la mejor de las posibilidades, de su ascenso profesional y social. Además, la segmentación dificulta el establecimiento de campos de interés común y de acción solidaria en las empresas. En ese contexto y con las particularidades de su existencia laboral, sus pautas culturales y su experiencia asociativa se abre la incógnita de cómo los diferentes sectores de jóvenes, se podrán expresar colectivamente frente a sus condiciones socioeconómicas y laborales, cómo y en qué dimensión podrán participar e incorporarse al movimiento sindical y qué aspectos del sindicalismo actual convendría modificar para facilitar la vinculación con los jóvenes trabajadores y precarios. Esta investigación aporta algunos elementos de reflexión para dar respuesta a estos interrogantes.
[1] Prólogo al libro con este título elaborado por el Equipo de Investigación del Magíster en Investigación, gestión y desarrollo local de la Universidad Complutense de Madrid (UCM), editado por GPS y CCOO de Madrid, 2002. |
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