Construyendo la seguridad humana feminista en las américas

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Americas.org, 09 enero 2018

Mujeres dirigentes de organizaciones sociales y activistas por la paz de todo el continente americano se reunieron en Antigua, Guatemala para debatir sobre las causas de la violencia, los principales desafíos para la paz en la región y lo que las líderes feministas están haciendo al respecto. El “Diálogo Estratégico sobre Mujeres y Seguridad: Construyendo la Paz en las Américas” presenta un sombrío panorama de la violencia en la región, mientras traza nuevos caminos hacia la paz sostenible.

Veinticinco mujeres de México, Honduras, Guatemala, El Salvador, Puerto Rico, Cuba, Colombia y los Estados Unidos -la mayoría de zonas de alto conflicto- compartieron sus estrategias y acciones para enfrentar la violencia contra las mujeres y contra sus familias y comunidades. El encuentro inició el trabajo de larg plazo de intercambiar experiencias, analizar desafíos y encontrar soluciones entre las principales activistas feministas por la paz a nivel regional, con el objetivo de fortalecer la organización local y generar una hoja de ruta hacia la seguridad humana.

El diálogo fue organizado por el Programa de las Américas, con la iniciativa de Mujeres Nobel, Regional Women’s Network-Afganistán/Pakistán/India, y el Instituto de Filosofía de La Habana, Cuba. Representantes de los Estados Unidos participaron para destacar que muchas partes de los Estados Unidos sufren de violencias que tienen las mismas características que América Latina y que las campañas comunitarias por la paz y la justicia pueden encontrar un terreno común allí. La participante de Puerto Rico enfatizó el riesgo a la seguridad humana de los cada vez más frecuentes desastres naturales y las respuestas militarizadas y discriminatorias. El papel central del gobierno y las corporaciones de los Estados Unidos a menudo surgió en las discusiones sobre la militarización y el acaparamiento de tierras, presentando amenazas dentro y fuera del país.

En el transcurso del evento de tres días, las mujeres nos conocimos  y tuvimos la oportunidad de aprender de compañeras que han dedicado sus vidas a la construcción de la paz a nivel local, regional e internacional. La ganadora del Premio Nobel de la Paz, Jody Williams–integrante del comité coordinador del evento–habló sobre su activismo internacional por la paz sostenible antes y después de que se convirtió en ganadora del Premio, y su experiencia en la organización de la exitosa Campaña Internacional para la Prohibición de las Minas Anti-Personales. Hizo hincapié en cómo empezar de a poco y expandir con la incorporación del esfuerzo de otras organizaciones, con un tema claro y enfocando, y adaptando el trabajo en cada espacio. También enfatizó el poder de cambiar la forma en que las personas miran los problemas. “De este trabajo surgió una forma completamente diferente de ver el desarme: pudimos transformarlo en desarme humanitario, lo que dio lugar a múltiples tratados”, señaló.

Mujeres líderes de la Red Regional de Mujeres (WRN) de Pakistán, Afganistán e India, viajaron a Guatemala por primera vez para describir los desafíos y logros de la organización regional. Hace varios años, decidieron trascender los confines de los conflictos nacionales para formar una red de mujeres de zonas de alto conflicto en sus tres países. De hecho, la Red Regional de Mujeres de Asia del Sur fue la inspiración para la reunión regional latinoamericana. Tal como lo describieron Patricia Cooper, Swarna Rajagopalan de Chennai, Bushra Gohar de Islamabad y Chelsea Soderholm que asistieron al Diálogo de Antigua, uniéndose a mujeres de países con historias de conflicto y desconfianza entre ellos, la WRN ha podido identificar más claramente las raíces profundas del conflicto y los desafíos que tienen en común. Al trabajar de manera transfronteriza, las mujeres se han convertido en una sola voz para la región a nivel internacional y en sus países.

La líder paquistaní Bushra Gohar describió cómo el grupo se concentró en crear un foro para el diálogo y el análisis, eligiendo un tema central y luego abriendo discusiones a nivel popular. Las mujeres de la WRN subrayaron la importancia de tener una organización regional de mujeres y algunos espacios organizativos solo de mujeres. En palabras de Swarna Rajagopalan de la India, “Las mujeres tenemos un espacio tan limitado, y con mucha frecuencia tenemos la tendencia de ceder nuestros espacios, eso es lo que hacemos como mujeres. Tenemos que quedarnos firmes y mantener nuestros espacios”. La WRN ha producido documentos de análisis claves por país y sobre la región en su conjunto y ha documentado los procesos de conflicto y de construcción de la paz. Su modelo de “conversaciones comunitarias” con grupos de mujeres en áreas de conflicto sirve de base para construir la agenda de su red y dar voz a las mujeres que enfrentan más directamente los diferentes tipos de conflicto donde muchas líderes han perdido sus vidas por el asesinato y la guerra.

En la reunión de Antigua analizamos temas transversales en pequeños grupos, divididos en a) militarización y la guerra contra las drogas, b) discriminación y violencia contra las mujeres, y c) defensa de tierra y territorio. También analizamos propuestas concretas para vincular a las mujeres que están trabajando en sus países y tras las fronteras en los mismos temas, para idear campañas compartidas, respuestas rápidas a las crisis, y la movilizacione amplias por la paz y la justicia. El Diálogo finalizó con el intercambio de estrategias exitosas que las mujeres han desarrollado e implementado a lo largo de los años en conflictos tan diversos como la represión de la comunidad Afro-Americano en la ciudad de Nueva York y la resistencia de un pueblo maya a la minería en el campo guatemalteco.


Los conflictos en nuestros países no se registran en listas internacionales de conflictos armados, a pesar de que están fuertemente armados, son territoriales y mortales.


Algunas lecciones

*Las formas no tradicionales de conflicto a menudo pasan desapercibidas, no se abordan y se malinterpretan, pero afectan profundamente la vida de las mujeres, niños y niñas. Uno de los primeros problemas que identificamos es que las formas de violencia que enfrentamos generalmente no se reconocen formalmente como conflictos, ya que no forman parte de las guerras declaradas nacionalistas o civiles. La guerra contra las drogas, la violencia de las pandillas, la violencia estatal y los conflictos por la tierra y el territorio tienen profundas raíces históricas y culturales en nuestras ciudades y comunidades y muchas veces causan tanta muerte y desplazamiento como las guerras convencionales–o más. Sin embargo, a excepción de la guerra civil en Colombia, estos conflictos no se registran en listas internacionales de conflictos armados, a pesar de que están fuertemente armados, son territoriales y mortales.

*El conflicto no se desarrolla en el campo de batalla–está en nuestros hogares y en nuestros cuerpos. Un segundo desafío es que, dado que estos conflictos nos afectan a nosotras, a nuestros hogares y a nuestras familias, no son solo algo de lo que se lee en el periódico, sino un hecho de la vida cotidiana. “El conflicto se mete en nuestras venas”, dijo una mujer del Proceso de Comunidades Negras de las comunidades afrocolombianas en la costa del Pacífico de Colombia. En comunidades que luchan por defender su territorio de los proyectos de las corporaciones transnacionales en Honduras, que libran batallas por agua limpia en pueblos mineros en Guatemala, que se oponen a la violencia de pandillas en barrrios en San Salvador o que viven inmerso en la guerra sinsentido contra las drogas en Ciudad Juárez, las mujeres no tenemos la opción de permanecer fuera del ámbito del conflicto.

Los conflictos nacionales y geopolíticos utilizan los cuerpos de las mujeres para marcar territorio e infundir terror, y la omnipresencia del abuso sexual en los sistemas patriarcales agrega otra capa generalizada de violencia a las vidas de las mujeres. Como señaló Deborah Small, de la organización “Break the Chains” (Romper las Cadenas) en Estados Unidos, “Todas las mujeres somos sobrevivientes, pero nunca hablamos de ello. Tenemos esta relación disfuncional con el poder que nos hace llevar el dolor adentro”. Las mujeres no pueden elegir permanecer al margen de estos conflictos; lo que podemos elegir es la forma de inserción. Las mujeres reunidas en Antigua han elegido participar en los conflictos que envuelven sus vidas no como víctimas o facilitadores, sino como agentes de transformación.

Los acuerdos de paz no terminan el conflicto. En el mejor de los casos, brindan una nueva oportunidad para construir la paz. Las mujeres colombianas que analizaron su situación desde los acuerdos de paz hablaron sobre las nuevas formas de conflicto que enfrentan en esta etapa. Han surgido nuevos desafíos, con conflicto de interés que aún luchan contra aspectos no resueltos, como quién se beneficiará del tráfico ilícito de drogas y quién ejercerá el poder sobre territorios de alta importancia . En El Salvador, los acuerdos de paz se ocuparon de las partes en conflicto, pero dejaron fuera grandes problemas para la sociedad civil, cuestiones cruciales para la reconstrucción de las comunidades. En Guatemala, la implementación incompleta de los acuerdos deja un campo fértil para el surgimiento de nuevos conflictos.

En todos los casos, el papel de la mujer ha sido subvalorado y los espacios proporcionados para nuestra participación han sido limitados. Muchas participantes reiteraron que los acuerdos de paz se ven bien en el papel, pero los desafíos de la implementación y de entender y enfrentar nuevas formas de conflicto normalmente recaen en los sectores más vulnerables con escasos recursos políticos y financieros, a medida que la atención global se desvía. En este contexto, los derechos de las mujeres suelen caer en la categoría de “lo abordaremos más adelante” o simplemente desaparecen de la agenda.

Los marcos internacionales son insuficientes para ampliar y profundizar el papel de las mujeres en la construcción de la paz.  Incluso con los avances de la Resolución 1325 del Consejo de Seguridad de la ONU y una mayor conciencia de la necesidad de integrar a las mujeres en las negociaciones de paz en todos los niveles, las mujeres a menudo son ignoradas. El primer día de la reunión de Antigua marcó el 17mo aniversario de la Resolución 1325 de la ONU sobre Mujeres, Paz y Seguridad que reafirmó el rol de las mujeres en “prevención y resolución de conflictos, negociaciones de paz, consolidación de la paz, mantenimiento de la paz, respuesta humanitaria y reconstrucción post-conflicto” . Es una definición amplia de actividades, pero en la aplicación descubrimos que la mayor parte de nuestro trabajo no cabe en sus definiciones.

Por ejemplo, Swarna Rajagopalan de Chennai, India, escribiendo sobre la reunión de Antigua en el New Indian Express, señala que la Resolución 1325 del Consejo de Seguridad de la ONU se aplica a contextos de conflictos tradicionales y estados miembros, y deja de lado muchos de los tipos de conflicto que enfrentan a diario las mujeres latinoamericanas y asiáticas. Ella arguye la necesidad de aplicar los mismos principios para la participación de las mujeres en conflictos no tradicionales: “… Uno podría argumentar fácilmente que los pilares de 1325 son relevantes y útiles incluso cuando los conflictos son sobre tierra y recursos, o la militarización ha alterado la naturaleza de la política, o donde la violencia sexual y de género es endémica. Ya sean activistas de las Américas o de Asia, todos nosotros buscamos, para las mujeres y otros grupos marginales, voz, voto y una visión de una paz sostenible con justicia de género “.

Las formas y la dinámica de la violencia contra la mujer forman parte de estructuras más grandes. Imelda Marrufo explicó cómo en su ciudad de fábricas de la industria de exportación, las mujeres son vistas como desechables. “Nos consideran objetos desechables y esto está asociado con las maquiladoras, porque vivimos en la frontera con los Estados Unidos y usan mano de obra de mujeres, en su mayoría jóvenes, y vemos que al igual que las maquiladoras tiran las partes que ya no necesitan, aquí los delincuentes tiran los cuerpos de las mujeres cuando ya no sirven para sus propósitos, a veces incluso desmembradas”.

Miriam Pixtun de La Puya observó cómo siglos de ataques racistas y patriarcales contra pueblos y culturas indígenas bajo la imposición del capitalismo han llevado a un punto donde “hemos internalizado mucho porque hemos sido víctimas de este proceso de asimilación por tanto tiempo.” Las intersecciones del patriarcado, el capitalismo y el racismo surgieron espontáneamente en las conversaciones, no como teorías de la opresión, sino como las fuerzas contra las que luchamos todos los días.

La organización puede significar la diferencia entre la vida y la muerte. Todas las mujeres que participaron en el Diálogo encabezan organizaciones sociales o ONG en sus ciudades o pueblos o al nivel nacional. Algunas son organizaciones de mujeres y otras son mixtas y muchas mujeres participan en ambas. Describieron el valor central de la organización para aumentar la seguridad, el poder y la incidencia de las mujeres en la sociedad. La organización brinda un mayor acceso a la esfera política formal y a los medios. La existencia y persistencia de las organizaciones de mujeres hace más difícil que el poder intente marginalizar las demandas de las mujeres. Los grupos de mujeres en todo el hemisferio han logrado un lugar en la mesa y han puesto sobre la mesa los problemas de las mujeres, cuando de otro modo hubieran estado ausentes.

Donde no se puede confiar en el gobierno para garantizar los derechos y la seguridad, las formas autónomas de organización han llevado a grandes avances en materia de seguridad. Las mujeres colombianas han podido enfrentar el crimen en sus vecindarios a través de fuertes asociaciones de vecinos dirigidas por mujeres. Las mujeres mexicanas organizadas han desarrollado planes de seguridad para las ciudades más violentas del país desde una perspectiva de seguridad humana feminista. La Colectiva Feminista salvadoreña ha ganado el apoyo de las fuerzas del gobierno local para llevar a cabo educación casa por casa sobre la violencia doméstica, lo que reduce las tasas de violencia, y para la formación de mujeres defensoras de los derechos humanos en la fuerza policial.

Tenemos respuestas. Los ejemplos anteriores ilustran otra conclusión importante: tenemos respuestas. Estamos forjando caminos alternativos a la seguridad y la paz reales, pero a un gran riesgo personal. Las mujeres participan y dirigen proyectos a largo plazo que rechazan la militarización y la fuerza contra la fuerza como estrategia, y desarrollan la convivencia en comunidad, la justicia efectiva y el respeto por los derechos humanos. En el último ejercicio, las mujeres describieron cinco o más estrategias específicas que han utilizado en sus organizaciones que han funcionado. Felicitas Martínez, una mujer indígena me’phaa del estado de Guerrero, México y líder de la policía comunitaria declaró: “Tenemos que compartir los detalles de estas experiencias, documentar cómo hacer las cosas, volver a nuestra historia si es necesario. Tenemos que saber cómo reemplazar las prácticas dañinas con mejores prácticas”. Su organización es un buen ejemplo: después de desarrollar la policia comunitaria, vinculada directamente a un sistema de justicia tradicional y autónomo, las comunidades indígenas han podido disminuir significa-tivamente la delincuencia, la presencia del crimen organizado y la violencia en la zona.

Varios estudios han demostrado que los acuerdos de paz alcanzados con la participación plena y equitativa de las mujeres son más sostenibles que aquellos que excluyen a las mujeres del proceso. Ya sea que sea parte de un proceso formal o no, la participación de las mujeres en la construcción de la paz es clave para crear la paz sostenible.

Al final del último día y al pie de un volcán activo, surgió un consenso entre las participantes. La declaración de Antigua declara:

  1. La paz solo es posible cuando se garantiza la seguridad humana, entendida
    como un estado de pleno acceso a los Derechos Humanos.
  2.  Los derechos humanos, vistos desde las diversidades que construyen las
    identidades de las mujeres, deben ser la base de los análisis y estrategias para
    construir la paz.
  3. Las mujeres defensoras de derechos humanos, como constructoras de paz, somos imprescindibles en cualquier diálogo nacional e internacional que pretenda adelantar esfuerzos hacia la paz y se debe garantizar su acceso y participación en los mismos.
  4. Reconocemos los puntos de convergencia y los puntos de diferencia entre las situaciones que atañen a las regiones, países y comunidades que habitan las mujeres así como el hecho de que la paz se construye desde las experiencias individuales que ellas saben llevar al espacio colectivo para convertirlas en acciones.
  5. Construir paz es defender la vida por lo que defendemos un concepto de seguridad humana que pone en el centro las necesidades de todos los seres humanos frente a las políticas de seguridad nacional, que se basan en la militarización y la fuerza como única herramienta para alcanzar la paz.

La reunión dejó una amplia agenda para acciones futuras, pero ya se abrieron vías de apoyo mutuo. El grupo envió una carta pra exigir justicia en el asesinato de la luchadora feminista y ambiental hondureña Berta Cáceres. También redactamos y firmamos una carta pidiendo un enfoque feminista de seguridad humana en los progamas después del Huracán María en Puerto Rico, donde los servicios básicos aún no han sido restaurados, el derecho de las mujeres a la seguridad no está siendo respetado y el ejército continúa patrullando las calles.

Los miembros del diálogo acordaron convertir la primera reunión en un colectivo permanente “Mujeres, Seguridad Humana y Paz Sostenible”. La próxima tarea es producir un informe para compartir entre las integrantes y con otras personas, para profundizar la visión de un marco de seguridad humana feminista, y cómo implementarlo. Algunas de nuestros lugares necesitan desesperadamente delegaciones para visitar y documentar la violencia y las respuestas de las mujeres, para construir la solidaridad y fortalecer las organizaciones locales que están en grave peligro. Otros necesitan investigación, difusión y análisis. Otros están construyendo campañas nacionales e internacionales de justicia que deberían ampliarse.

Y todas tenemos que mantener las amistades que hicimos en el tiempo juntas, vínculos que hicieron posible intercalar intensas discusiones sobre amenazas e historias trágicas, con risa, alegría y amor. Porque la premisa básica es que la seguridad real se construye no en el punto de una pistola, sino a través de conexiones humanas más fuertes y más justas.

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