El 28-A deja en Catalunya la necesidad de preservar la convivencia y de buscar una salida consensuada

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(El Periódico, 5 de mayo de 2019).

 

Después del giro del nacionalismo catalán hacia el independentismo en las elecciones de 2012 y de 2015, del referendum del ‘brexit’ en el Reino Unido en 2016, de la elección de Trump en Estados Unidos en el mismo año y, para no alargarme, de la emergencia de Vox en España, surgió una nueva sabiduría política que ha sostenido que habíamos entrado en una nueva era. En esta nueva etapa la política estaría dominada por los sentimientos de tribu y no por la convivencia pluralista; por la polarización partidista en vez de la centralidad política; y, por una democracia de los sentimientos y la indignación, basada en la hegemonía de los valores culturales e identitarios.

Esa misma nueva sabiduría política anunció la defunción de la socialdemocracia y del centrismo conservador. Y sostuvo que el eje derecha-izquierda, basado en la distinta prioridad otorgada a la igualdad social, había dejado de ser relevante a la hora de gobernar y que ahora el eje determinante sería el del nacionalismo identitario frente a al cosmopolitismo.

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