Fernando Golvano
Castoriadis: creación y disidencia (II)
(Hika, 176zka. 2006ek apirila)

«El sentido es la actividad de creación del sentido, y para mí, por lo demás, lo que está en juego ahí es toda una reinterpretación de la idea filosófica de verdad. Porque la verdad no es correspondencia, no es adecuación: es el esfuerzo constante por romper la clausura en la que estamos y de pensar algo distinto; y pensar no ya cuantitativamente, sino más profundamente, de pensar mejor. Ese movimiento es la verdad».

Cornelius Castoriadis

           
En la primera parte de este artículo (Hika 173) se esbozaron sumariamente algunas travesías de su singular y formidable herencia intelectual. Así referíamos su insistencia en el proyecto de autonomía como manifestación de la dimensión creadora del ser humano y de lo social-histórico, la profunda solidaridad entre la interrogación filosófica y la emergencia de la democracia, o la revisión crítica de los postulados marxistas, ya iniciada en los textos que publicara en la revista del colectivo Socialismo o Barbarie (1948-1967). Desde esos años su reelaboración de las aportaciones freudianas sobre la psique, le permitirá asumir el psicoanálisis como actividad práctico-poiética, análoga a la de la pedagogía y la política, y cuyo objetivo «es crear formas nuevas que son los individuos autónomos y una sociedad autónoma». En estas breves notas se enfatizará en otra noción clave de su pensamiento, la idea de creación y su relación con la imaginación radical y con el imaginario social.
            Para Castoriadis las formas de sociedad, las obras, los tipos del individuo que surgen en la historia no forman parte de un listado, aunque éste fuera infinito, de posibilidades dadas y positivas. Son creaciones en y desde lo social-histórico. La historia es el propio autodespliegue de la sociedad, conlleva la creación y destrucción de formas; pero sin telos, sin leyes inmanentes (como la que subyace en la creencia en el progreso) que devienen otras formas modernas de heteronomía. El alcance ontológico de su noción de creación entraña abandonar las categorías de determinidad y de indeterminidad como absolutas o excluyentes; dado que «precisamente creación quiere decir posición de nuevas determinaciones —surgimiento de nuevas formas, eidé, y por ende ipso facto de nuevas leyes: las pertenecientes a esos modos de ser». (Hecho y por hacer, 1997).
            Desde mediados de los años sesenta hasta la publicación de su último libro en vida, Hecho y por hacer, se desmarcó del pensamiento heredado que primaba las explicaciones causales y deterministas en relación al cambio social e histórico. Define el concepto de creación como la «capacidad de hacer emerger lo que ni está dado ni puede derivarse, combinatoriamente o de cualquier otro modo, a partir de lo dado»(El ascenso de la insignificancia). Y esa capacidad reside en la imaginación que es la que nos permite crearnos un mundo; y nos hace ver precisamente por qué la esencia de lo humano no puede ser la lógica, ni la racionalidad, sino antes bien será la imaginación radical (que reside en la psique y que es flujo incesante de representaciones, deseos y afectos) y lo imaginario social o instituyente.
            Aunque era consciente de que detrás de la palabra creación hay un pasado teológico; no estaba obligado a cargar con esa herencia. Tal noción la relacionaba con otra aportación original suya, la que elucida sobre la lógica de los magmas y que permite pensar de manera diferente el conflicto y la solidaridad entre la razón y lo no-racional. Según esa lógica, «la vida psíquica y social humana no es identitaria; es magmática: no se la puede separar en conjuntos bien construidos, bien definidos; es una totalidad en la que todo se interfiere con todo, porque hay algo localizable, hay conjuntos en partes... Y lo que caracteriza tanto el imaginario social como la imaginación radical del sujeto y la imaginación teórica es, por ejemplo, en el ámbito únicamente cognitivo, la capacidad de crear nuevos axiomas, en el sentido más abstracto del termino, no forzosamente en el sentido matemático; nuevas bases», la cual no es fundamentable porque es una creación. «Y una creación no es deductible, ni productible: ahí está el auténtico sentido de lo nuevo». (La insignificancia y la significación. Diálogos).
            De modo que la creación en el dominio individual o social-histórico, si bien es inmotivada —es decir se produce ex nihilo y no in nihilo ni cum nihilo—, siempre tiene lugar bajo restricciones o coacciones. Desde esta perspectiva, para Castoriadis «cualquier forma (y toda nueva forma) es un ser–esto y un ser-así». Si no hay una fuerza trascendente, entonces habrá que reconocer la existencia tanto en las colectividades humanas y como en los individuos de una vis formandi, una fuerza de creación inmanente que denomina imaginario social instituyente: «una facultad de innovación radical, de creación, de formación».
            Tal imaginario social instituyente crea instituciones y también significaciones imaginarias sociales (SIS), que no se refieren ni a la realidad ni a la lógica (así Dios, héroes fundadores, mitos, tótems, tabús, fetiches, capital, mercancía, ...). Cuando cristalizan esas SIS se conforma lo imaginario social instituido. Tales significaciones están encarnadas en, e instrumentadas por, instituciones, sean religiosas, políticas, culturales, económicas, familiares o de otra naturaleza. También están encarnadas en el propio lenguaje, y todas tienen una dimensión lógica o conjuntista-identitaria (ensídica, es el término definido por este autor), e instituyen un mundo propio, una clausura relativa.
            No obstante, el mundo y lo viviente, en su modo de ser magmático no es exhaustivamente ensídico, no está plenamente determinado, sino que es a-sensato, lo que significa que se presta a significaciones variadas sin que privilegie ninguna. Toda sociedad existe creando significaciones imaginarias sociales —es decir, lo no percibido inmanente—, que son irreductibles a la funcionalidad y a la racionalidad. Son además y simultáneamente inmotivadas y efectivas. Por lo tanto, debe reconocerse un nivel del ser, lo social-histórico, como un ámbito de creación de esas SIS, del para–sí, que tiene como caracteres esenciales: autofinalidad, creación de un mundo propio a través de representaciones, de afectos y de intenciones. (Sujeto y verdad en el mundo histórico-social).
            De lo anterior se deduce que para captar el eidos particular de una sociedad se necesita «penetrar y comprender el magma de sus significaciones imaginarias sociales» que son caracterizados por tres vectores; el intencional, el representativo y el afectivo. Y este hacer reflexivo conlleva asimismo una recreación poética, dado que no hay método riguroso que nos permita acceder al núcleo verdadero de esas significaciones. La psique y lo histórico-social son irreductibles el uno al otro. De manera cabal afirma que «la psique no es socializable sin resto —ni el inconsciente traducible sin resto en el lenguaje.» (Hecho y por hacer). Contrapone el conflicto psique / sociedad al tradicional individuo / sociedad: «el individuo es social, es fragmento total del mundo instituido cada vez.
            De lo que se trata es de elucidar, tanto como se pueda, el hecho de que la psique esté socializada (si bien nunca del todo)». Siempre hay posibilidad de cuestionar el orden y las significaciones instituidas, entre otras razones, porque el lenguaje humano lleva incorporada esa facultad reflexiva e interrogadora; y porque no se desvanece la rebelión perpetua de la psique contra la clausura de sentido que se le impone.
            Por otro lado, la idea de creación informa a toda praxis disidente y a toda interrogación crítica y filosófica. «La reflexividad presupone la imaginación, que es la dimensión reflexiva y práctica de nuestra imaginación como fuente de creación» (Sujeto y verdad en el mundo histórico-social). Así la voluntad se anuda a la acción reflexiva en este excepcional pensador y agitador de la autocreación y la autoinstitución del ser humano y de la sociedad. En su introducción al primer volumen de Las encrucijadas del laberinto (1978), Castoriadis expuso, de modo admirable, el sentido de su investigación filosófica: «Pensar no es salir de la caverna, ni sustituir la incertidumbre de las sombras por los perfiles bien definidos de las cosas mismas, el resplandor vacilante de una llama por la luz del verdadero Sol. Es entrar en el laberinto. Es perderse en galerías que sólo existen porque nosotros las cavamos infatigablemente, dar vueltas en el fondo de un callejón sin salida cuyo acceso se ha cerrado tras nuestros pasos —hasta que este girar abre, inexplicablemente, fisuras factibles en el muro» (Figuras de lo pensable). Solía caracterizar a la época actual por el primado del ascenso de la insignificancia, del conformismo generalizado, y la ausencia tanto de un portador privilegiado para un proyecto colectivo como de un empuje crítico.
            Dejó escrito en uno de sus ensayos integrados en El mundo fragmentado que «no hay privilegio alguno de la realidad, ni filosófico ni normativo; el pasado no vale más que el presente y éste no es modelo sino materia. Restaurar, restituir, re-instituir, el cometido auténtico del intelectual, en la historia es, antes que nada, restaurar, restituir, re-instituir su función crítica. (..) El intelectual debe considerarse ciudadano como los otros, sentirse portavoz, con derecho, de la universalidad y de la objetividad.
            La condición para poder mantenerse en ese espacio es que reconozca los límites de lo que su supuesta objetividad y universalidad le permiten; debe aceptar, y no a desgano, que lo que trata de hacer entender, todavía es una doxa, una opinión, no una episteme, una ciencia. (...) Sólo la cordura, la phronésis, y el gusto pueden permitir todavía separar el reconocimiento de la creatividad del pueblo, del culto ciego a la fuerza de los hechos». En la tercera y última parte de estas notas se sintetizarán las posiciones de Castoriadis sobre la democracia, ese régimen de la autolimitación, de la autonomía, o de la autoinstitución.


NOTA. Algunas referencias relevantes en internet: www.agorainternational.org, www.castoriadis.org