Javier Villanueva La propuesta de diálogo de Zapatero a ETA (*). Confianzas, desconfianzas y expectativas

Javier Villanueva

La propuesta de diálogo de Zapatero a ETA (*).
Confianzas, desconfianzas y expectativas

(Página Abierta, 160, junio 2005)

Me pregunto si de un tiempo para acá se están dando ya las circunstancias que permitan acelerar el final definitivo de ETA. Y me respondo afirmativamente que eso está sucediendo a tenor de todos los indicadores disponibles. Los hechos que sostienen esta conclusión, razonablemente más optimista que nunca, son de distinto orden.
En el terreno más estrictamente operativo no se puede pasar por alto la debilidad de ETA. Al hecho de tener que “congelar” sus atentados mortales, porque se volverían en contra de sus propios militantes (alargando sus condenas o su exilio) o de Batasuna (prolongando su ilegalización) o del conjunto del nacionalismo vasco (que o se aparta lo más posible de ETA o se deslegitima ante buena parte de la sociedad), se añade el hecho de que en los dos últimos años ETA ha sido incapaz de abrir otras vías efectivas de presión. ETA sabe que la razón de esta debilidad es fruto de dos factores: por un lado, la indiscutible eficacia de los poderes estatales en el acoso político-judicial-policial-mediático sobre todo lo que pueda relacionarse con ETA; por otro, el cambio que se ha producido en la sociedad.
La visibilidad de las víctimas y su capacidad para remover y regenerar a la sociedad ha sido un factor clave del cambio producido en otro terreno: la moral política de la sociedad, no menos importante aunque condicione menos la operatividad inmediata de ETA. Podemos medir el cambio en este campo por la extensión de ideas básicas como estas en la sociedad: que es una aberración ética matar al que piensa o siente de distinta manera, que ETA vulnera los derechos fundamentales de las personas objeto de sus atentados, que el ejercicio del terror sobre personas ajenas o contrarias al proyecto nacionalista vasco tiene una sustancia totalitaria y atenta contra aspectos fundamentales de la democracia.
Más allá de lo que pueda o no hacer, la falta de perspectiva de ETA es su mayor problema, a mi juicio. Ni la realidad presente: de baja intensidad y muy escasa de épica; ni sus objetivos: más bien mafiosos; ni su horizonte más plausible: una “grapización”; ni sus expectativas de “negociación”: acotadas al estricto terreno de su inserción social y la reparación de las víctimas, son un aliciente suficiente para mantener un tinglado como el que ha sido ETA entre los años setenta y los noventa del siglo pasado. Además, ni siquiera puede confiar ETA en una expectativa de alimentar la espiral acción-represión desde que Zapatero está en el Gobierno, aunque el combate desde el corazón de los poderes estatales contra el principio del “todo vale” dista mucho todavía de la firmeza y la convicción que exige la defensa de la ética e incluso de la propia legalidad.
El contrapunto inevitable de todo esto es que el grueso de la sociedad, tanto en el País Vasco como en el resto de España, vive ya de forma mucho más desdramatizada el conflicto que supone la persistencia de ETA. Durante décadas, ETA se ha asociado a una organización con una poderosa capacidad de matar y de aterrorizar y, en consecuencia, de “marcar la agenda” de la vida política. Hoy, tal cosa no se puede decir de ETA, pues de hecho, sea por lo que sea, apenas condiciona ya la política y ya no produce las trágicas desgracias de antaño.

La inquietud de las víctimas

Así las cosas, actualmente corremos un doble riesgo. Primero, que nos olvidemos de los sectores que siguen viviendo dramáticamente la persistencia de ETA, aun en su baja intensidad actual, principalmente la parte que siente aún muy próxima la amenaza de ETA sobre sus vidas y bienes, pero también del amplísimo entorno familiar y social de “la otra parte”. Que pase esto es especialmente doloroso en unos sectores ya demasiado heridos y sobrecargados de angustia; ahora, para más inri, puede crecer el sentimiento de que se les tiene menos en cuenta o incluso de que están “abandonados”. Segundo, la consecuencia práctica de lo anterior: que la clase política, al sentirse menos presionada por la sociedad, ya no se tome tan en serio la acción encaminada a deslegitimar a ETA y a forzar su final definitivo.
Se entiende, por ello, la inquietud expresada en estos días por parte de muchas víctimas. No comparto sus reproches a Zapatero, que me parecen prematuros o no bien planteados, pero sí creo que algunos de sus temores tienen un fundamento razonable. Como el temor a que haya un retroceso y a que ETA se recupere y a que se aliente un clima de confusión. De hecho, ya es un síntoma alarmante de ello la profusión en estos días de discursos que vuelven a una inconcreta “negociación con ETA” y ponen un precio político a su final a cuenta de la “naturaleza política del conflicto” (sic) o de la “resolución justa y duradera del conflicto” (sic).  Todo ello, además, dicho sea de paso, entre demostraciones de poca sensibilidad (por más que sea involuntaria en muchos casos) hacia las víctimas de ETA, un alarde desmedido de realpolitik y una farragosa metodología (las dos mesas que se plantean formalmente separadas pero que en el fondo están unidas –y mutuamente condicionadas–, como si fueran vasos comunicantes).
A estas alturas, no se puede ignorar el hecho de que todas las vías intentadas para acabar con ETA en los últimos 25 años han fracasado. No ha resultado la vía del palo y tentetieso, con el GAL como ejemplo extremo. Tampoco ha funcionado la vía del palo y la zanahoria que fracasó en Argel. Y, más recientemente, también ha fracasado la pista de aterrizaje (postulada en el plan Ardanza, el Pacto de Lizarra, el plan Ibarretxe o la propuesta de Anoeta), esto es, la oferta a ETA de un “incentivo” político, a modo de “precio” o contraprestación a su abandono de las armas, que le estimulara a dar ese paso.
Pero si se echan bien las cuentas, existe otra clase de incentivo para que ETA lo deje: cortar en seco las graves consecuencias negativas que ETA acarrea sobre sí misma, sobre su entorno más próximo, sobre la izquierda abertzale y sobre el conjunto del nacionalismo vasco. De manera que la mejor pista de aterrizaje para ETA es su propia decisión de dejarlo. Éste es el argumento en el fondo que Zapatero está planteando de forma clara cuando insiste en que la pelota está, primero, en el tejado de ETA (y de Batasuna), y que luego, una vez que ETA abandone las armas incondicional y definitivamente, estará en el tejado de todos y muy en especial en el del Gobierno central. 
La clave de esta vía es la decisión incondicional de ETA de dejarlo. ETA debe decidir terminar lo que un día decidió comenzar y lo que durante tantos años ha persistido en mantener. Hoy por hoy, nada puede “dignificarle” más que tomar la decisión de abandonar las armas. Y cuanto más paladinamente lo haga, tanto más “digna” podrá ser su salida. Ése es su específico capital político a fecha de hoy, un capital que puede dilapidarlo si sigue enredándose en la búsqueda de un escenario final más “dulce” para su adiós a las armas.
Cuanto más pronta y más limpia y más clara sea la decisión de ETA de dejarlo, cuanto más definitivo e incondicionado sea su abandono de las armas, tanto mayor margen de maniobra tendrá Zapatero para acometer los múltiples aspectos relacionados con la inserción social de los miembros de ETA, algunos de ellos bien delicados de plantear si no se dan esas circunstancias. Y, viceversa, cuanto más confusa sea esa operación y cuanto más se demore, menor será su margen de maniobra. La prueba del algodón de la sostenibilidad del asunto va a ser, sin duda, que el presidente del Gobierno pueda defender razonablemente ante las víctimas, cara a cara, mirándolas a los ojos, el proceso seguido y sus consecuencias. No creo que aun así se vaya a ganar el aplauso unánime de las víctimas, incluidas las que pueda representar Alcaraz, pero tampoco creo que la unanimidad sea un requisito para que sostenga su propuesta.

Compromisos claros por parte de ETA y el Estado
 
Para que esta vía prospere ha de haber, por tanto, unos compromisos claros. ETA debe saber que tiene que asumir ineludiblemente unos compromisos más o menos como estos: a) el cese total y definitivo de su actividad; b) limitarse a negociar la integración de sus gentes en la sociedad vasca; ETA ha de tener meridianamente claro que no va a obtener ningún beneficio político a cuenta de su retirada; c) reparar a las víctimas de sus atentados y reconocer el daño que les ha hecho; de una u otra forma, esto va a ser el síntoma de la viabilidad o no del asunto; d) reconocer los ámbitos de decisión existentes, Navarra y la Comunidad Autónoma Vasca (y los territorios de Iparralde, aún sin constituir como un ámbito político), cada uno de los cuales se sustenta en la libre determinación de su población; e) reconocer y respetar la diversidad de identidades existente en la actual sociedad vasco-navarra, incluida la de las gentes que no quieren definirse en torno a una u otra identidad nacional.
Por otra parte, ha de haber un movimiento recíproco del sistema político estatal, con compromisos no menos claros, siguiendo criterios de distensión, flexibilidad, humanidad y firmeza democrática: a) debe dedicar una especial atención a respetar el principio de legalidad y a humanizar las leyes; b) debe facilitar la normalización política de la izquierda abertzale; c) ha de ofrecer a los miembros de ETA una perspectiva clara y razonable de integración social; d) debe reconocer y reparar a las víctimas de la violencia estatal; e) debe consolidar el nuevo clima político que ya se viene dando desde el acceso de Zapatero al Gobierno central: de respeto a la expresión nacionalista vasca representativa de una parte de la sociedad vasco-navarra (cosa que ya se viene dando) y de compromiso con el diálogo y la negociación de sus demandas.
En el fondo, y en ambos casos, todo este lote de compromisos se limita a la exigencia de restaurar una doble primacía: de la ética y del principio democrático, que viene exigida por las circunstancias concretas del caso, esto es, por las carencias de lo uno y de lo otro en una sociedad compleja y atravesada por un conflicto de identidades que se lleva mal por las distintas partes.
Sin embargo, pese a que estos compromisos delimitan un terreno de juego que no se presta a turbias negociaciones o turbios negocios, no parece que están maduros en este momento. Si tomamos como referencia las expresiones habituales en la revista de ETA (Zutabe), o las declaraciones de los más conocidos dirigentes de Batasuna, o numerosos artículos de opinión publicados en el diario Gara, se impone la conclusión de que significativos sectores de ETA y de Batasuna no están en condiciones de asumir tales compromisos por el momento. Y otro tanto puede decirse de una parte de la sociedad española o de los poderes estatales (en particular del poder judicial,  por lo que se sabe de momento), representada tanto por los Acebes, Zaplana, Rajoy y compañía como por conocidos personajes de la COPE, La Razón, ABC, El Mundo y otros medios de comunicación.
Pero vistas las cosas desde otra perspectiva, es tan poco razonable que ETA no adopte cuanto antes la decisión de dejar las armas y de autodisolverse, es tan insensato que ETA persista y prolongue con ello su agonía y todo el lastre negativo que acarrea a los suyos, que hay motivos para ser más razonablemente optimistas que nunca.
Por eso, conviene remachar la idea básica de este asunto: que el abandono definitivo e incondicionado de ETA será una fuente de beneficios para todos. Cuantos hoy día están señalados como “blanco” de los atentados de ETA se librarán de la pesadilla de vivir bajo tal amenaza.  La propia ETA y “su entorno”, aparte de liberarse del coste excesivo que comporta mantener el tinglado y del riesgo de un final absolutamente ruinoso si no lo cierran pronto, podrán intentar recomponer una corriente política propia, de izquierda abertzale, en un horizonte exclusivamente civil y democrático. El conjunto del nacionalismo vasco podrá pensar en proyectos políticos sin futuro inmediato mientras ETA persista. Mejorará la convivencia entre los vascos y de éstos con el resto de los españoles, que no ha hecho sino empeorar en los últimos años. Se podrá revigorizar la salud moral de nuestra sociedad, seriamente envilecida por los silencios y complicidades de uno y otro lado. Todas las gentes preocupadas por las sinergias autoritarias y antidemocráticas que ETA desencadena en los poderes estatales podrán plantear, en unas condiciones más favorables, la lucha por controlar y domeñar el Leviatán que anida en todo Estado moderno, como señaló atinadamente José Ramón Recalde hace ya más de una década. No es poca cosa, si se mira bien.

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(*) Reelaboración del artículo “Ha de ser clara y limpia para que sea sostenible”, publicado en la revista Bake Hitzak, del movimiento social Gesto por la Paz.