Joseba Arregi

La Historia
(El Correo, 20 de diciembre de 2003) 

Cualquiera pudiera pensar que la enormidad de la tensión acumulada en la política vasca durante los últimos años fuera testimonio directo de encontrarnos ante uno de esos momentos históricos que no tienen más remedio que parir algo extraordinario. Estamos ante las apuestas del siglo. Hemos iniciado varias veces en los últimos años una nueva historia. Estamos, al parecer, a punto de cortar definitivamente el nudo gordiano. Es como si, hablando en términos religiosos, todo el 'cronos', el tiempo sin significado especial, se nos hubiera convertido en 'kairos', en tiempo de gracia.

Pero pudiera ser, también, que la inmediatez del presente, la densidad del momento actual y la intensidad con la que nos toca vivirlo, a pesar de todas las referencias hueras al futuro y al pasado histórico, nos haga ciegos precisamente para la historia real y nos incapacite para percibir en ella lo que algunos denominan los procesos de largo aliento, en contraposición a la percepción de los supuestos cambios en el corto plazo que terminan destapándose como meramente superficiales.

Es probable que en esa diferencia en la percepción de lo histórico se manifieste una de nuestras carencias más acusadas: la falta de suficiente laicidad, la insuficiente secularización, una secularización que alcance a las categorías mentales, a las percepciones y a las expectativas. La laicidad y la secularización nos permitirían dejar de ver y vivir la historia en categorías religiosas, dejar de esperar vivir algún momento histórico como momento de gracia, y podrían capacitarnos para, a través del análisis, ver los procesos históricos de larga duración, y salir así de la seducción peligrosa tanto de las construcciones subjetivas imaginativas como de la creencia en cambios parteros, a la postre, de insignificancias.

Muchas veces me he preguntado a qué se debe, y cuándo y cómo se podrá enjugar, la enorme distancia que existe entre el conocimiento científico, contrastado, elaborado y poco a poco sistematizado de nuestra historia, de la historia vasca, por un lado, y el imaginario de por lo menos parte de la sociedad vasca, construido con elementos que no se sustentan en la historia real, por otra. Es cierto que, probablemente, en todas las sociedades se da un cierto distanciamiento entre el imaginario popular y la realidad de la historia científica. Pero llama la atención que esa distancia sea radical cuando un determinado imaginario, cual es el de parte de la sociedad vasca, pretende precisamente vivir de fundamentarse en y legitimarse por la historia.

Gracias a la labor, que espero que en algún día no muy lejano obtenga el reconocimiento social que merece, de un grupo bastante numeroso de historiadores vascos que han renovado radicalmente y con métodos científicos la historia vasca -sin negar para nada la existencia de precursores- estamos en condiciones de tener una idea bastante cabal de la historia vasca, alejada de las distorsiones producidas por necesidades de justificación y legitimación políticas. Estamos en condiciones de valorar en su justa medida el nivel de romanización habido en lo que hoy es Euskadi. Estamos en condiciones de valorar lo que supuso el surgimiento del Reino de Navarra, cómo éste encajaba perfectamente en los parámetros típicos del mundo medieval, no pudiendo encontrar en su historia significado alguno que no sea el que lo tuviera en el contexto de la cultura política medieval.

Estamos en condiciones de saber cómo se fueron desarrollando las villas vascas a partir de la concesión de la carta puebla por parte de los reyes castellanos, respondiendo así al interés de los municipios y, al mismo tiempo, al interés de dichos reyes: poner coto y luchar contra la pretensión de poder de los parientes mayores. Estamos en condiciones de saber que el inicio de la institución de Juntas Generales hay que verla en conexión con ese desarrollo de villas francas, apoyadas por los reyes castellanos y en lucha con los parientes mayores.

Podemos valorar el significado de los fueros como un elemento típico de la cultura política propia del medioevo en toda Europa, un significado en el que la diferencia privativa y la obligación no pueden separarse, en el que la jurisdicción propia sólo puede entenderse vinculada a la lealtad hacia quien garantiza la diferencia privativa. Podemos estudiar la evolución de la ideología foral en la que se van combinando los intereses y las peleas entre las villas y los parientes mayores.

Podemos constatar que en toda esa historia de desarrollo foral existe una lucha interna, soterrada a veces, manifiesta otras, entre intereses contrapuestos, como queda recogida en estas palabras del liberal Víctor Luis de Gaminde, de 1837: «Si la Villa de Bilbao es digna de recompensas, ellas las ha ganado luchando contra vizcaínos».

Podremos constatar el significado de la crisis foral que responde a la evolución de la estructura económica interna, los cambios en la producción de las ferrerías y en la agricultura, pero también por la situación de los mercados externos, condicionados por la pérdida de las colonias españolas de América. Podremos estudiar las propuestas de los ilustrados vascos en esa crisis foral, las propuestas del conde de Peñaflorida, de los Arriquibar, Aguirre, Foronda y otros, y su fracaso en el intento de modernización de los fueros, y la situación a la que condujo todo ello en vísperas de la Primera Guerra Carlista.

Podremos seguir el proceso de industrialización, desarrollo económico y modernización de las provincias vascas, el surgimiento de las estructuras financieras, empresas comerciales, nuevas industrias.

No podremos pasar por alto el desarrollo de las redes familiares, un entramado social de importancia en el antiguo régimen, cómo a través de esas redes familiares vascos de Navarra y del resto de provincias vascas se van asentando en la corte, ocupando altos cargos administrativos, militares y eclesiásticos en la Península y en ultramar, hasta el punto de que se pueda hablar de «la hora navarra del dieciocho» (Julio Caro Baroja), de que la moderna monarquía española es, en buena medida, fruto de la dedicación de los vascos en la corte.

Podremos encontrarnos con análisis extraordinarios del desarrollo demográfico en lo que hoy llamamos Euskadi, de la evolución de las familias, de la diversidad de formas de familia en un territorio más bien pequeño, pues la familia vasca no ha sido sólo troncal, ni mucho menos. Nos encontraremos con análisis detallados de cómo se han ido creando, importando y adaptando ideologías sobre la preponderancia de un tipo de familia -la troncal- sobre otras-, y los intereses a los que responde esa importación ideológica, pudiendo contrastar con lo que dice la realidad de los censos y padrones de las poblaciones vascas desde mediados del siglo XIX.

Y también podremos constatar que desde finales del siglo XIX el horizonte político vasco es un horizonte polimorfo que conjuga tres elementos diferenciados, el mundo del socialismo, el mundo nacionalista y el mundo de la derecha monárquica. Se nos presentará la evolución del nacionalismo, sus luchas internas, su tendencia al inmovilismo doctrinario, los llamados dos errores de Estella -apostar por el Estatuto en 1931 de la mano del carlismo antisistema, apostar por la definición de Euskadi desde la hegemonía nacionalista, excluyendo al no nacionalismo, también de la mano del movimiento antisistema Batasuna en el acuerdo de Estella/Lizarra-.

Y de una lectura de esta historia vasca podrá quedarnos la idea de una sociedad viva, compleja desde siempre, muchas veces en pelea consigo misma, nunca definitivamente estructurada, participando siempre en ámbitos más amplios. Y nos preguntaremos cómo se mantiene entre muchos ciudadanos un imaginario popular radicalmente opuesto a la realidad histórica. Y quizá nos planteemos como hipótesis la explicación de que a la ambigüedad de la historia vasca, a su carácter de mezcla entre defensa de la diferencia y participación en empeños más amplios, a su permanente división se le quiere sustituir una división mucho menos productiva y creativa: la división, bastante esquizofrénica, de vivir la participación cultural en el consumo de bienes y basuras culturales, la participación económica, la participación en casi todas las esferas de vida en ámbitos mucho más amplios que la pequeña Euskadi, pero reservar la diferencia para el nivel político, regido por un imaginario insostenible a largo plazo, y celebrado una y otra vez de manera ritual, aunque sin consecuencias en el conjunto de la vida.

Y, si alguien es nacionalista, quizá comience a temblar y a dar la batalla por perdida...