| Joseba Arregi
Víctimas y política
(El Correo, 28 de enero de 2004)
Recientemente el Gobierno vasco, cumpliendo un mandato parlamentario unánime -menos Sozialista Abertzaleak-, ha puesto en marcha una campaña publicitaria a favor de las víctimas, una campaña de concienciación ciudadana. Igualmente ha acordado el Gobierno vasco fijar un día del año como día de las víctimas. Creo no equivocarme si digo que la mayoría de la sociedad vasca ha acogido con satisfacción ambas medidas, entre otras cosas porque se sustentan en un acuerdo parlamentario consensuado, aunque todo ello llega tarde, muy tarde.
Señal de la sensibilidad a flor de piel que existe en torno al tema de las víctimas, de lo problemático que resulta todo lo referido a las víctimas, es la forma misma en que se ha presentado la campaña por parte de los responsables del Gobierno vasco, cómo han conjurado, pedido, conminado incluso, que no haya críticas, o que si las hubiera no rompan el consenso del que parten las medidas del Gobierno vasco.
No es mi intención romper ese consenso parlamentario ni cuestionar radicalmente la campaña de concienciación ciudadana y la fijación de un día para recordar a las víctimas. Sí creo necesario, sin embargo, apuntar algunas reflexiones para que el recuerdo de las víctimas no sea estéril, engarzando esas reflexiones con algunas ideas que se han manifestado en la presentación de la campaña.
Nadie debiera tener demasiadas dificultades en admitir que ha habido un uso partidista de las víctimas, de su recuerdo, de su sufrimiento y de su dolor. Por eso es comprensible, e incluso necesario, que se exija que las víctimas, su sufrimiento y su dolor queden fuera del debate partidista, que no se utilice su memoria para deslegitimar al adversario político. Pero no es comprensible, sino una equivocación de graves consecuencias, pedir que las víctimas estén fuera del discurso político.
En la misma línea es comprensible que se plantee la conveniencia de no hacer ostentación pública del apoyo a las víctimas, de la cercanía a las víctimas. Pero es una profunda equivocación privatizar la cuestión de las víctimas, extraer su historia y su memoria del ámbito público, del espacio público, del espacio de la política, del ámbito de lo que son y significan las instituciones.
A la reclamación de un tratamiento institucional a las víctimas que más de uno de ha elevado los últimos años se le puede responder con la actividad de las instituciones, y con la actividad de los representantes institucionales, de las personas investidas de responsabilidad institucional. Todo ello es necesario, pero no basta.
Cuando se ha planteado la necesidad del reflejo institucional que debe tener la realidad de las víctimas es algo mucho más profundo lo que se ha reclamado. Está bien la implicación de las instituciones y de las personas institucionales. Debía haber sido siempre evidente y se da por supuesto. Pero existe algo que va más allá y que es la verdad de las víctimas, verdad que tiene que quedar incorporada a la definición de la naturaleza de las instituciones mismas, y no meramente provocar un determinado comportamiento de las personas que están en las instituciones.
La verdad de las víctimas no radica en lo que ellas pensaran en vida, no se trata de su verdad subjetiva, sino que, paradójicamente, se deriva de la intención de ETA al instaurarlas como víctimas. La verdad objetiva de las víctimas instauradas por ETA al asesinarlas, al convertirlas en objetivo de su persecución, radica en la negación del proyecto de ETA: si ETA niega la vida y los derechos de las víctimas porque son un obstáculo para la Euskadi que pretende, la memoria objetiva de las víctimas de ETA se convierte en la negación rotunda, en la imposibilidad ética del proyecto de Euskadi de ETA. La sociedad vasca, Euskadi, no puede ser, si se quiere mantener una memoria efectiva de las víctimas, lo que ETA siempre ha querido para Euskadi, en ninguno de sus aspectos. El recuerdo efectivo de las víctimas debe hacer imposible esa Euskadi, con ETA o sin ETA. Instaurando víctimas, ETA ha instituido un obstáculo insalvable para un determinado proyecto de Euskadi.
Y esa imposibilidad es la que debe quedar manifiesta en la manera de definir las instituciones de la sociedad vasca, en la naturaleza de esas instituciones, en la definición de Euskadi, en la autocomprensión de Euskadi que se materializa en sus instituciones. Por eso no pueden las víctimas quedar fuera del discurso político. Por eso no se puede 'privatizar' el sentido y el significado de las víctimas. Por eso es preciso reivindicar el significado político de las víctimas y sus consecuencias en la definición de la naturaleza de las instituciones vascas.
Ésa debe ser la manera de hablar, de no callarse de la sociedad vasca: no sólo arropando y acompañando personalmente a las víctimas. No sólo como obligación personal de los ciudadanos vascos. Porque una sociedad habla fundamentalmente por medio de la naturaleza de sus instituciones, se expresa por la forma de ser de sus instituciones, por la estructura institucional que se da a sí misma. Ésa es la forma profunda de hablar de la sociedad, más allá del comportamiento individual o grupal que, aunque tenga lugar en público. no deja de ser privado. Las instituciones, en su forma de ser, por medio de su naturaleza, por la forma en que están definidas, dicen lo que es la sociedad. El resto de discursos de la sociedad, institucionales, público y privados, están subordinado a ese hablar de la naturaleza de sus instituciones.
Y en esa naturaleza debe ponerse de manifiesto la verdad y la memoria de las víctimas, no sólo en el comportamiento de los representantes institucionales. De otra forma, sin ese reflejo en la naturaleza de las instituciones, el resto -campañas publicitarias, días de recuerdo, actos personales o de grupo arropando a las víctimas- tiene el peligro de convertirse en lo que Tzvetan Todorov denomina 'conmemoración', en contraposición a una memoria histórica efectiva. La conmemoración es una forma de esterilizar el potencial crítico de las víctimas y de su recuerdo, y tranquilizar las conciencias para seguir actuando como si en el fondo no hubiera sucedido nada.
En el mismo sentido reclama la periodista italiana Barbara Spinelli la obligación de convertir la memoria histórica en fuente de actuación presente y de futuro. Una reconciliación que merezca su nombre sólo puede basarse en esa memoria efectiva, en esa memoria que capacita para la acción, no en la conmemoración estéril y tranqulizante. En este caso no existe reconciliación alguna, sino una manera muy sutil, pero totalmente obscena, de acallar para siempre el recuerdo de las víctimas.
En Euskadi tenemos aún la oportunidad de mantener viva la memoria de las víctimas, haciéndola efectiva en la forma de definir la naturaleza de nuestras instituciones, porque ése es el debate en el que estamos inmersos y para el que la verdad de las víctimas posee un significado político profundo: las instituciones vascas deben reflejar en su propia definición la verdad de las víctimas, que no es otra que la imposibilidad, en cualquiera de sus aspectos, del proyecto de ETA.
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