| José Luis Zubizarreta
Supongamos
(El Correo, 16 de noviembre de 2003)
La costumbre hace perezosa a la mente. Cuando se escucha una y otra vez la misma idea, se tiende a darla por buena sin tomarse la molestia de verificar su consistencia. Así se instalan los tópicos. La repetición crea una atmósfera intelectual que envuelve de tal manera la mente que ésta acaba considerando tan natural la idea repetida como natural le es al cuerpo el aire que respira. Criticar el tópico constituye, en consecuencia, una tarea que, aparte de ser incómoda para quien la acomete, rara vez consigue que quienes con tanta naturalidad lo aceptan den el paso decisivo de analizarlo y ponerlo en duda. La crítica y la duda requieren del esfuerzo previo de salirse del ambiente que a uno lo envuelve, de modo que se puedan mirar las ideas propias como ajenas y dejar a la vista lo que de extraño y chocante contienen.
El Preámbulo de la Propuesta de Estatuto Político de la Comunidad de Euskadi está plagado de esas ideas tópicas que mucha gente de este país da por buenas sin haberse parado a analizarlas. Son producto del ambiente en que una mayoría se ha criado, respirando intelectualmente de él como si de la atmósfera universal se tratara. Para salir de tal ambiente y mirar tales ideas como si fueran las de otro, nada mejor que poner las palabras que las expresan en boca ajena. Lo que sonaba a lógico y natural comienza a sonar de inmediato a extravagante y escandaloso.
Este artículo pretende acometer esa labor. Es un modesto ejercicio en el que lo que la Propuesta de Estatuto afirma del pueblo vasco se transfiere a otro que puede predicar de sí iguales o parecidas propiedades. Se ha elegido el pueblo germánico, como podría haberse elegido el eslavo o el árabe. El objetivo es sólo escuchar como pronunciadas por ellos las mismas palabras que la Propuesta afirma de nosotros y ver si, una vez escuchadas de su boca, nos siguen produciendo el mismo efecto de asentimiento natural o nos provocan, por el contrario, una reacción de asombro y rechazo. Transcribo, pues, cambiando sólo el sujeto del que se predican, los tres primeros párrafos del Preámbulo de la mencionada Propuesta, que son, por otra parte, la base sobre la que toda ella se asienta. Diría así:
«El Pueblo Germánico o 'das germanische Volk' es un pueblo con identidad propia en el conjunto de los pueblos de Europa, depositario de un patrimonio histórico, social y cultural singular, que se asienta geográficamente en diversos territorios actualmente articulados en ámbitos jurídico-políticos diferentes ubicados en varios Estados».
«El Pueblo Germánico tiene derecho a decidir su propio futuro... de conformidad con el derecho de autodeterminación de los pueblos, reconocido internacionalmente, entre otros, en el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y en el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales».
«El ejercicio del derecho del Pueblo Germánico a decidir su propio futuro se materializa desde el respeto al derecho que tienen los ciudadanos y ciudadanas de los diferentes ámbitos jurídico-políticos en los que actualmente se articula a ser consultados para decidir su propio futuro. Esto es, respetando la decisión de los ciudadanos y ciudadanas de la actual Alemania, la decisión de los ciudadanos y ciudadanas de Austria, así como las decisiones de los ciudadanos y ciudadanas de los territorios germánicos de Alsacia-Lorena, Suiza, Tirol del Sur y Pomerania».
Y bien, ¿qué hay de malo en ello? A nadie se le oculta que una cadena de afirmaciones de este tipo, por muy verificable que cada una de ellas pudiera parecer en el nivel abstracto de la Historia, provocaría, si las pusiéramos, digamos por caso, en boca del actual Bundestag alemán, un auténtico escalofrío de alarma que recorrería el cuerpo social, no sólo de los territorios aludidos, sino de toda Europa y del mundo entero. De hecho, son afirmaciones que ya se pronunciaron a lo largo del siglo XIX y que dieron lugar a un pangermanismo del que hoy nadie -y, mucho menos que nadie, los mismos alemanes- desearía acordarse. Acabaron como todos sabemos que acabaron.
Que nadie malinterprete, sin embargo, estas palabras. No sería, en efecto, riguroso utilizar este 'supongamos' para insinuar comparaciones fáciles y hacer recaer anticipadamente sobre los autores de la Propuesta de nuevo Estatuto las responsabilidades en que incurrieron los líderes alemanes de la primera mitad del siglo pasado. Las diferencias entre ambas situaciones son abismales, y sería erróneo e injusto atribuir al actual nacionalismo vasco los mismos anhelos etnicistas y expansionistas que encerraban esas ideas pangermanistas desde que comenzaron a formularse. Para empezar, al nacionalismo vasco le falta el poder para llevarlas a la práctica. Y le falta, además, la voluntad de hacerlo. La apelación que el nacionalismo vasco hace a la gran Euskal Herria no implica ningún tipo de expansionismo operativo. No pasa de ser puro irredentismo táctico, por el que busca, arrogándose los supuestos derechos del todo, acrecentar su poder y blindar su hegemonía en esa parte reducida de los tres territorios que ya domina.
El propósito de este 'supongamos' es, en consecuencia, mucho más modesto y, se acepte o no, mucho más constructivo que todas esas comparaciones inexactas y malintencionadas, que -también ellas- están convirtiéndose en tópicos a fuerza de repetirse. El ejercicio que he propuesto sólo pretende hacer ver a quienes se han criado inmersos en un ambiente nacionalista lo extravagantes y disparatadas que pueden llegar a ser -para quienes no respiran de su misma atmósfera- las ideas que a ellos les resultan tan lógicas y naturales.
Hoy, iniciado el siglo XXI y con la experiencia que hemos acumulado a las espaldas, no resulta presentable que lo que quiere ser algo así como la Constitución de este país se asiente en ideas tan rancias y tan inquietantes como las que se exponen en el Preámbulo de la Propuesta de Estatuto Político de la Comunidad de Euskadi. No es que tales ideas no quepan en la Constitución española de 1978. Es que se sitúan al margen de cualquier constitucionalismo moderno. Denotan que el nacionalismo vasco no ha pasado aún la prueba de adaptar sus postulados fundacionales a los requerimientos de la democracia individualista y pluralista que la modernidad impone. Puede admitirse que los ciudadanos de esta comunidad tienen derecho a reclamar, por las vías oportunas, más autogobierno o un nuevo modelo de relación con el Estado español o incluso la independencia. Pero, si lo tienen, no es desde luego en virtud de su pertenencia a un Pueblo Vasco o Euskal Herria dotado de «identidad propia en el conjunto de los pueblos de Europa y depositario de un patrimonio histórico, social y cultural singular». Eso, simplemente, no funciona, y acarrea además consecuencias profundamente desestabilizadoras tanto dentro como fuera de esta comunidad. Sólo hasta aquí pretendía llegar este modesto 'supongamos'.
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