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Kepa Aulestia
Triangulación
(El Correo, 29 de septiembre de 2004)
En una reciente entrevista concedida al diario 'Berria' el dirigente del PNV Joseba Egibar dibujaba la situación política vasca y sus posibles salidas en torno a un triángulo. Un vértice del mismo lo ocuparían su partido y el Gobierno vasco con sus socios, otro vértice el Gobierno de Madrid y el PSOE con la sombra del PP detrás, y el tercero estaría integrado por la izquierda abertzale incluida ETA. La conclusión formal a la que llegaba el presidente del GBB es que las derivaciones del problema vasco dependerán de la capacidad y de la disposición que muestren cada uno de esos tres vértices de llegar a acuerdos con los otros dos.
Egibar no considera mutuamente excluyentes los tres ejes que conforman su triángulo. Es más, informa de que la izquierda abertzale ha advertido al PNV de que, de no llegar a coincidencias entre ambos, las buscaría con el Gobierno central. Una revelación que probablemente llevó a Arzalluz a suponer que algo había, y que concuerda con la forma pendular de las relaciones que ha mantenido o pretendido mantener ETA durante los últimos treinta años. Cuando podía establecerlas con el Gobierno central, prescindía del PNV. Cuando no lo podía lograr, trataba de llegar a entendimientos con el PNV. Lo característico del péndulo de ETA es que describe un dibujo análogo al de Egibar. Es más, también éste considera que habrán de unirse dos vértices del triángulo para obligar a moverse al tercero, lógicamente hacia el lado que forman sus opuestos.
Tanto el debate de política general del pasado viernes como las intervenciones del Alderdi Eguna dejaron claro el propósito del PNV. Esta vez ni el lehendakari ni el presidente del EBB hicieron esfuerzo alguno para reiterar su compromiso de diálogo. Todo lo contrario, la llamada a la movilización general de las bases nacionalistas en pos de la mayoría absoluta y el esfuerzo por marcar distancias respecto a la posición de los socialistas indica que en el PNV nadie alberga intención alguna de moverse al encuentro con ese otro vértice del triángulo. Hasta el punto de que sus dirigentes parecen haber borrado de sus hipótesis de futuro cualquier resultado electoral que les obligue a corregir el rumbo trazado.
En apariencia, se diría que el PNV tampoco pretende propiciar un eje con la izquierda abertzale. Pero la extensa lista de portavoces nacionalistas que se han dirigido expresa o implícitamente a Batasuna, empleando unas veces tonos conciliadores y emplazándola en otras para que se suba de una vez al tren de su historia, resulta ya muy elocuente. Como ocurriera en el pasado también esta vez el PNV juega a dos barajas con la izquierda abertzale, porque se siente legitimado para posibilitar la coincidencia con ella y porque, en el caso de no darse ésta, se ve en condiciones de representar desde su particular vértice al conjunto del nacionalismo. La última invitación de Egibar proponiendo que Sozialista Abertzaleak vote a favor del plan Ibarretxe en el pleno previsto para diciembre para así propiciar la celebración de una consulta popular atestigua hasta qué punto el partido de Imaz recibiría de buena gana ese voto victorioso. Algo que resulta más patente cuando más desapercibida pasa la existencia de ETA.
Pero la izquierda abertzale se resiste a facilitar la tarea al PNV, y lo hace esforzándose en rescatar dos fetiches que han caído en desuso en el último año sin duda por la debilidad de ETA: la resolución del conflicto y la paz. Enzarzados en una dialéctica doméstica -en la que se establecen debates tan irrisorios como el de la extensión del derecho a la autodeterminación de la comunidad autónoma a Navarra y al País Vasco francés- el PNV trata de realzar lo transcendente de una consulta que por el mero hecho de celebrarla debería, a su entender, tentar a la izquierda abertzale. Por su parte la izquierda abertzale, sabedora de que probablemente su voto de diciembre ante el plan y el que emita en la tramitación de los Presupuestos de la comunidad autónoma sean -si ella misma no lo remedia- los últimos actos institucionales en los que participe como tal, insiste en limitar su sintonía con el PNV al preámbulo del proyecto de 'Estatuto político'.
A nadie se le escapa que el deseo formal de Egibar de ensanchar el lado nacionalista para forzar la aproximación del vértice constitucionalista no produce precisamente ese efecto, sino el contrario: contribuye a alargar el triángulo. La reedición pacificada o implícita de la Declaración de Lizarra a partir esta vez de una iniciativa jeltzale aparecería menos estridente que aquélla. Pero aun así empujaría la situación hacia el fondo del callejón. En realidad el triángulo de Egibar, que reproduce esquemas habituales en la resolución de conflictos, habría que interpretarlo de esta otra forma: los dos vértices que se entiendan no requieren el encuentro con el tercero para hacer efectivo el cambio político, sino que precisan a éste para reproducir en tonos más o menos graves la confrontación que alimenta la necesidad de ese cambio.
En la citada entrevista, Egibar se mostraba confiado en que la amenaza de la izquierda abertzale de entenderse con el Gobierno central orillando al PNV carece de fundamento debido a que así, si acaso, la izquierda abertzale podría resolver el problema de los presos, pero de ningún modo obtendría logros políticos. En realidad, la consideración de Egibar tendría que ser puesta del revés. Porque mientras no obtuviese una solución satisfactoria para la suerte de sus presos la izquierda abertzale tampoco estaría en condiciones de dar por buena una salida política, por favorable que ésta fuese a sus tesis. A menudo no se tiene en cuenta que para el Estado constitucional sería más fácil conceder lo segundo que lo primero. Y que esa evidencia, acallada en el seno de la izquierda abertzale, limita también las posibilidades de un acuerdo final entre ésta y el nacionalismo gobernante. Porque incluso en la eventualidad extrema de que Euskadi acabara desligándose del Estado constitucional los condenados por terrorismo seguirían en manos de éste. |
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