| Ramón Casares e Ignasi Álvarez
Elecciones en Catalunya.
Un gobierno “catalanista y progresista”
(Página Abierta, 144, enero de 2004)
Los resultados electorales del 16 de diciembre en Catalunya supusieron una acentuación de las tendencias que ya habían aparecido en los escenarios electorales anteriores. El declinar de Convergencia i Unió (CiU) viene de lejos, y ya en las anteriores elecciones autonómicas y en las recientes municipales se situó en el límite del no retorno. Esto era tan claro, que en los últimos meses, CiU no sólo había roto, como solía, con el PP, sino que también había “emplazado” a una alianza a ERC, aun con el riesgo que supone señalar a los descontentos a quién votar sin perder el alma nacionalista.
Por lo demás, en los temas que se habían impuesto en la agenda electoral (el cambio, tanto generacional como la renovación en la administración de la Generalitat, y la relación con Madrid), la posición de CiU era bastante delicada, y ha jugado sus bazas con un cierto riesgo. Por ejemplo, CiU no ha dudado en poner en el orden del día el cambio generacional. Un capítulo en el que CiU llevaba ventaja sobre el PSC, pero no sobre ERC: todos los dirigentes de primera línea Duran, Puig, Macías, de Gispert son de la generación de Carod y Huguet, pero, excepto Mas, no hay gente más joven, mientras que en ERC sí: Benach, Puigcercós, Portabella... Otro ejemplo, la relación con Madrid: nuevo Estatuto sí, pero relación mutuamente dependiente con el PP por razones que se han acabado entendiendo como mera conveniencia partidista. Todo ello se explica probablemente por un error de cálculo: situando al PSC como casi único enemigo a batir, CiU ha favorecido el voto a ERC.
Por su parte, el PP, que se ha mostrado capaz de mantener la movilización de sus bases (y de sus alturas) desde la campaña de las municipales, mejora sus resultados y crece un 2,3%, si bien no alcanza los resultados obtenidos hace ocho años por Vidal Cuadras, pero, por otra parte, el resultado de las urnas les dejó sin ninguna capacidad de influencia en la formación del nuevo Gobierno.
En lo que respecta al PSC, ya antes de las elecciones autonómicas anteriores se había constatado cómo disminuía su atractivo electoral. Maragall, por él mismo, superaba entonces por mucho el voto al PSC. De aquí la creación del artefacto de Ciutadans pel Canvi, conformado por maragallistas independientes, y el pacto de hierro con Montilla y los entonces denominados “capitanes, los alcaldes del área del barcelonés”. Pero, a diferencia de hace cuatro años, Maragall no era ahora un candidato nuevo, sino alguien que ya había sido batido por Jordi Pujol. Por otra parte, el PSC se había beneficiado entonces de la crisis de Iniciativa per Catalunya provocada por Anguita: coalición con ICV en las listas de Girona, Lleida y Tarragona bajo las siglas del PSC. Ahora la coalición ICV-EUIA dobla el número de votos conseguido por ambos hace cuatro años. Como pronosticaba Ernest Maragall, la movilización contra la guerra no iba a beneficiar al PSC, sino a ERC y ICV, especialmente en lo que respecta a la inclinación de los nuevos votantes jóvenes. Este fenómeno ya se percibió en las elecciones municipales. Además, la crisis de Madrid ha devuelto la imagen del PSOE como un partido débil y entregado al politiqueo. El factor Maragall ha permitido obviar la necesidad de un cambio generacional en la imagen del PSC, aunque han aparecido caras relativamente nuevas como Izeta, Carme Valls, Corbacho o el propio Montilla.
Se esperaba que Maragall fuese capaz de movilizar también el voto del “cambio”, el de las nuevas generaciones. Un viejo estudio de la Fundación Jaume Bofill atribuía la responsabilidad del diferencial de participación y de resultados entre las autonómicas y las municipales. El problema según el mencionado estudio residía en el hecho de que el ámbito catalán exigía menos definición, resultaba políticamente menos concerniente que el español para una parte importante de jóvenes. El poder catalán aparecía como más “administrativo”, mientras que el poder central parecía más determinante. Ello, advertían, no debía dar a entender que todos estos votos eran propiedad potencial de los partidos de ámbito estatal. Ciertamente había una oscilación, pero en las generales, bien que de forma diferente, crecía el voto de unos y de otros.
El avance electoral de ERC
La movilización de esa bolsa de votos, con un crecimiento de 4 puntos en la participación, ha beneficiado a los tres partidos pequeños, tal vez porque sus campañas han sido más claras, contundentes y definitorias en relación con los temas de la agenda electoral.
Lo que no es una hipótesis sino un hecho es que ERC, confirmando la tendencia apuntada en las elecciones municipales, logra por primera vez resultados significativos en el área metropolitana de Barcelona, donde se concentra la mayoría de la población originaria de otras zonas de España. En Hospitalet del Llobregat, la segunda ciudad de Catalunya por el número de habitantes, ERC ha pasado del 3% al 9% de los votos, y en Sabadell, del 6% al 14 %, en una tendencia que se repite en otras ciudades. Un avance que se ha producido en buena medida a costa de CiU, pero también a costa del PSC e incluso de ICV, especialmente entre los electores más jóvenes.
Sobre la motivación de ese voto hay muchas hipótesis: una es que la equidistancia entre PSC y CiU mantenida por ERC durante la campaña le convertía en una fuerza política que debía ser cortejada y no atacada por los dos partidos, que sabían que esa formación sería necesaria para formar Gobierno (lo que no estaba previsto era un resultado que permitiría a ERC escoger su pareja de baile).
La segunda es que la alarma que produce la política del PP, lo que inclina a escoger una opción que aparece como más radical que la que ofrece tanto el PSOE como CiU, todavía convaleciente esta última de su alianza con el PP durante toda la legislatura. Frente a ellos, aparece la imagen atribuida a ERC de partido ascendente, con vocación no minoritaria, pero con las manos limpias, sin haber apenas sufrido el desgaste del poder. En este sentido, la idea repetida por Carod Rovira de que él sí es de fiar y que ERC constituye una garantía frente a los compromisos adquiridos por las fuerzas que han tocado poder en los últimos 20 años (CiU y PSC) y que constituían sus aliados potenciales, parece que ha tenido impacto.
Una tercera hipótesis es el efecto positivo del discurso de ERC defendiendo, frente al “nacionalismo identitario” de Convergencia, un “nacionalismo cívico y republicano”. En un artículo publicado el 5 de mayo en El Periódico, J. L. Carod Rovira afirmaba que Catalunya, como comunidad nacional, «no puede basarse, prioritariamente, en el idioma, ni en el pasado, que nos es diferente por su origen, sino en lo que hoy compartimos todos: un espacio de igualdad de oportunidades, de libertad, de calidad de vida». Y añadía: «No planteamos una cuestión de identidades, que son diversas, sino de identificación» (*). El peso que a efectos electorales haya tenido ese discurso es, por supuesto, difícil de medir.
Lo que sí resulta evidente es que la autodefinición de ERC que formulaba Carod Rovira estaba dirigida a marcar distancias con Convergencia, tanto en el terreno social izquierda frente a derecha como en el nacional. Como repetidamente ha señalado, ERC se cree en condiciones de disputar a los herederos directos de Pujol no sólo la primogenitura en el campo nacionalista, sino el derecho a definir sus límites: «Si este Gobierno es catalanista y de progreso es porque ERC está en él, de la misma forma que hubiese ocurrido con cualquier otro». Se cuestiona así abiertamente a Pujol y al pujolismo la función casi sagrada que se ha venido arrogando de sancionar lo que es permisible y lo que está prohibido en materia de catalanidad. Se niega así que recabar el apoyo parlamentario del PP, como ha hecho CiU a lo largo de la última legislatura, sea una decisión patriótica y legítima, mientras que si ERC forma Gobierno con el PSC e ICV esté rozando la apostasía y la traición a Catalunya.
Muy probablemente, la decisión de ERC de configurar con el PSC un Gobierno de progreso estaba tomada de antemano. Su propuesta de Gobierno de concentración le permitía mantener la equidistancia y tapar lo que era su primera preferencia. Las razones que animan a ERC a optar por la alianza con el PSC parecen obedecer a un cálculo estratégico: desplazar a CiU del Gobierno acentuará su crisis y liberará fuerzas nacionalistas que quedarán disponibles para ser atraídas por los republicanos. Mandar a CiU a la oposición después de más de 20 años de reinado, castigarle al cuarto oscuro, como lo definió Pujol, significa que se opta por debilitar a CiU y buscar la hegemonía dentro del nacionalismo, cerrando el camino a los esfuerzos de Convergencia por recuperar los votos “prestados” a ERC, al que ahora acusan de traición. El futuro desvelará el resultado de esa estrategia. ERC ve también que puede crecer a costa del PSC o junto a él.
Finalmente, es razonable creer que si las cosas del Gobierno de progreso van medianamente bien, Carod Rovira se verá muy bien situado para suceder a Maragall. De ello depende también que se afiance un nuevo discurso nacionalista que, esperemos, no sea simplemente ad hoc, para la justificación de la alianza escogida.
Un nuevo discurso sobre Catalunya
El viernes 12 de diciembre, Carod Rovira lanzaba una áspera crítica a CiU y a su concepción patrimonial y exclusivista de Catalunya, tomando pie en unas pintadas en las que se leía “CiU + ERC = Catalunya”. El líder de ERC manifestaba en la televisión su total desacuerdo con esa afirmación por considerarla excluyente y se preguntaba retóricamente: «¿No son catalanes el PSC e ICV y las personas que les votan?». A continuación fue más lejos: «¿No son también catalanes quienes han votado al PP, aunque a mí no me guste lo que votan?». ¿Estamos ante una declaración de principios a favor de una concepción republicana de la comunidad política que pone el énfasis más en la asociación de ciudadanos que en la existencia de una comunidad definida a partir de criterios etnoculturales? ¿Se trata de disputar a Pujol y al pujolismo el derecho a definir la catalanidad? Probablemente, la repuesta correcta sea que ambas cosas.
Pujol intentó con notable éxito “refundar” el nacionalismo, superar la trinchera abierta por la Guerra Civil entre la Lliga y Esquerra y aggiornar la ideología en el contexto de la posguerra mundial con una raíz liberal y toques cristianodemócratas y socialdemócratas. Sin embargo, mantiene la idea de la construcción de la nación catalana (Catalunya endins). Pujol no tiene un programa para España, y por eso su proyecto de relación España-Catalunya es voluntariamente indefinido. Su postura pragmática se remite al accidentalismo de Cambó: «¿Monarquía? ¿República? ¡Catalunya! / ¿Autonomía? ¿Independencia? ¡Catalunya!». No obstante, sí tiene un proyecto para Catalunya en el que la idea es que el autogobierno significa que manden los nacionalistas. Este proyecto contempla, sin embargo, un planteamiento “civilista” de la inmigración: «És català qui viu i treballa a Catalunya». Los otros aspectos, lengua e identidad, que constituyen el fundamento metafísico del mandato nacionalista, se mantienen en una nebulosa romántica.
Este mejunje ha funcionado durante estos 23 años, pero ha habido dos factores que han acabado haciendo que enseñase un poco la patita. El primero es la resistencia al cambio: preferir al PP frente a ERC (para evitar así su crecimiento) en la legislatura anterior significaba que también CiU ponía por delante sus intereses partidistas, que su nacionalismo era más terrenal que místico: el poder para los nacionalistas, pero sólo para determinados nacionalistas. Como es sabido, Pujol ha huido siempre como gato escaldado de las políticas de unidad porque consideraba necesario aglutinar toda la legitimidad “nacional” en torno a su figura, y además se sentía capaz de hacerlo. CiU ha tenido que quedar en manos de ERC para aceptar la posibilidad de un Gobierno con el PSC.
Carod ha heredado la idea de la “refundación” del nacionalismo. En relación con Pujol rompe aparentemente con el accidentalismo, levantando la idea de la independencia. Ésta, sin embargo, queda tan indefinida y alejada, que juega el mismo papel que la nebulosa romántica de Pujol. «Qué es la independencia?», le pregunta Tapia a Benach, y éste responde: «Independencia es tener Estado, para entendernos, tanto estado como Holanda sin monarquía, o tan poco Estado como Holanda». Como se puede ver, aquí cabe un estatuto “asimétrico” con garantías confederales, un Estado “libre” asociado o un Estado independiente. Sin embargo, el nacionalismo pepero fuerza una limitación en el accidentalismo en relación con la política española. Ya no es posible decir: “¿PSOE? ¿PP? ¡Catalunya!”, porque la política del PP lo hace imposible. De esa manera, Carod se suma desde el independentismo al proyecto maragalliano para España. Se rompe retóricamente con la idea de que el Gobierno debe estar en manos nacionalistas o de catalanes de origen. El propio Carod se repinta los blasones con un abuelo aragonés.
¿Qué ocurre con la nebulosa romántica que compartían hasta hace bien poco la mayoría de dirigentes de ERC? Pues que al ser deshinchada y reducida al “independentismo político” permite reconocer realidades que anteriormente eran tabú. Por un lado, el pluralismo de la sociedad catalana, especialmente en lo que se refiere al reconocimiento de que el castellano está aquí para no irse, y la reducción del discurso “identitario” a una “opción particular” (yo me siento sólo catalán, pero acepto que haya catalanes que también se sientan españoles) que no identifica ni siquiera al partido. Ello, sin embargo, no significa, por ejemplo, la alteración del actual statu quo lingüístico, sino más bien al contrario. Se intentará llevar a cabo medidas simbólicas a favor del uso social del catalán (presiones a las empresas, etc.).
Una vía diferente para la reforma del Estatuto
Resulta significativo, con todo, que Carod haya considerado que el llamado “frente nacionalista” a la vasca encerraba la posibilidad de una fractura social. La idea de que “Catalunya és una altra cosa” tiene poso dentro de ERC. En este sentido, que la visita a Euskadi se haya hecho de la mano de Elkarri cuando Mas se fue como un cohete a ver a Ibarretxe debe de tener algún significado. No debe olvidarse que la felicitación que Carod destacó más entre las recibidas en la noche electoral fue la del lehendakari. Sin embargo, el Gobierno con el PSC establece una vía diferente para la reforma del Estatuto a la del plan Ibarretxe. El respeto a la legalidad constitucional a la hora de negociar el Estatuto es una diferencia no pequeña. La idea de echarse al monte tiene poco predicamento en estos pagos. Está por ver, además, que para el PNV el frente nacionalista catalán fuera una solución mejor que el Gobierno de izquierdas. El frente nacionalista hubiese supuesto una simetría entre Euskadi y Catalunya, pero desde luego no habría habido plan Mas. El Gobierno de izquierdas, de hecho, supone una brecha muy importante en el frente “constitucionalista”.
Por otro lado está el hecho de que ERC haya “premiado” precisamente al PSC, que ha sido el que se ha negado al Gobierno de unidad (CiU, ERC y PSC). Tal como han dicho los propios dirigentes de ERC, el Gobierno de “izquierdas” tiene mayor pluralismo, mayor base electoral y resulta, por lo tanto, más unitario, lo que favorece la cohesión social de una sociedad plural como la catalana. Esa reflexión, prescindiendo de lo que pueda tener de justificación, está también muy lejos de las preocupaciones que el plan Ibarretxe coloca en primer plano.
El PP y también CiU ha declarado la guerra al Gobierno de progreso. CiU va a poner en duda la catalanidad de ERC, y el PP quiere a hacer sangre en el PSOE apelando a la defensa de la unidad de España, puesta en peligro por la alianza con los independentistas. ERC tiene “buenos argumentos” frente a los ataques de CiU: uno es la larga alianza de CiU con el PP; otro, no pequeño, es el asunto de los casos de corrupción en el Gobierno de la Generalitat, que CiU ha ido tapando, impidiendo, con el apoyo del PP, la constitución de comisiones de investigación. ERC ya ha reiterado que se investigarán a fondo esos casos. Duran i Lleida, que encabeza la lista de CiU para las próximas elecciones generales, puede ser uno de los damnificados.
El Gobierno de progreso puede durar toda la legislatura si acierta a sortear el escollo de las elecciones generales próximas. Ni el PSC ni el PSOE desean que el inicio de la discusión de la reforma del Estatut de Catalunya y del sistema de financiación que se propone (que tiene como núcleo la propuesta ya antigua de pagar por renta y recibir por población) se solape con las elecciones generales, como desearían, por distintos motivos, CiU y PP. A ERC le va resultar más difícil descabalgarse de un caballo que será mucho más suyo de lo que esperaba. Los programas de Gobierno hablan el lenguaje de la izquierda. Tiempo habrá para comentarlos y para verificar en qué se concretan.
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