Rosario Miranda

La ley sexuada
(Disenso, 45, octubre de 2004)

Después de habernos organizado durante siglos en familias en que las funciones a todos necesarias -producción, gestión doméstica y crianza de los niños- estaban distribuidas por sexos, y en que por tanto entre hombres y mujeres existía mutua dependencia, hoy consideramos deseable que todo individuo, sean cuales fueren su anatomía o sus inclinaciones sexuales, tenga autonomía económica, autonomía doméstica, libertad sexual y participe activamente en la crianza de sus hijos. Ese es el modelo que orienta nuestra actual forma de educar a la gente y de impartir justicia en una sociedad compuesta teóricamente por personas libres e iguales. En este marco y desde estas bases, si la realidad fuera matemática y los cambios sociales instantáneos, y si domináramos la pasión del amor, que más que el interés, la tradición o el contrato económico es lo que mueve hoy a los individuos a hacer y deshacer sus lazos, las personas podrían compartir la vida y dejarla de compartir de manera pacífica, digna y civilizada.
Antes el matrimonio, indisoluble y estable, se consideraba afectivamente hablando como una lotería donde los hombres y mujeres con suerte se entendían y los demás se daban mutuamente mala vida y se aguantaban; las mujeres subsistían con su prole a través de un hombre, por lo que sin remedio se quedaban con sus maridos aunque no les gustara, y éstos seguían en su casa de mantenedores aunque tampoco les gustara. De su forma mutua de maltratarse, seguramente similar a la de ahora, apenas se hablaba; eran miserias íntimas socialmente aceptadas de las que las leyes apenas se ocupaban. Ahora la pareja es soluble, la gente se junta o se separa en base al amor que siente o deja de sentir, y llamamos familia a cualquier asociación más o menos duradera de adultos y niños unidos o no por lazos de sangre, normalizándose en el seno de la convivencia figuras inéditas en la familia tradicional: el novio de mi madre, la mujer de mi padre, la hermanastra de mi hermano, la hija de mi novio, el hijo de la novia de mi padre, la niña china de uno o dos adultos blancos, etcétera. Este polimorfismo y transitoriedad de los vínculos, al igual que su unicidad y perpetuidad, no es en principio garantía de buena o mala vida, cosa que, antes y ahora, en el seno de una u otra estructura familiar, depende del grado de respeto y dignidad con que las personas se traten a sí mismas y entre sí. Y sucede que, hoy como siempre, mucha gente se odia después de haberse amado, y que sucumbir a esa pasión conduce a vengarse del otro, a maltratarle y a hacerle daño.

CADA CUAL PEGA COMO PUEDE. A la hora de odiarse cada cual pega como puede y sabe, utilizando en estas lides cada sexo la forma de poder que tiene a su alcance: los hombres se sirven de su superior fuerza física o de su mayor potencia económica, y las mujeres utilizan a sus hijos como armas arrojadizas contra los que fueron sus hombres; los hombres no cumplen con las dietas que tienen que pasar, persiguen a las que fueron sus mujeres y las golpean incluso hasta la muerte, y las mujeres desprestigian a los hombres ante los niños y manipulan sus sentimientos, privando así a los padres de sus hijos y a los niños de su padre. Todas estas formas de conducirse en los desaguisados afectivos son penosas y execrables. Ninguna persona puede dejar de responsabilizarse de la prole que ha puesto en este mundo ni puede agredir físicamente a otra para dirimir sus asuntos; tales conductas están contempladas y perseguidas -más mal que bien- por leyes que se aplican sobre todo contra los hombres, que son quienes mayormente incurren en ellas. Pero el maltrato que para hombres y niños supone demoler a un padre ante su hijo no se reconoce como delito; ninguna ley ampara a los muchos hombres que son agredidos de ese modo por las mujeres, ni protege a los niños de la herida afectiva que semejante proceder les inflige, algo sobre lo que existe absoluta inconsciencia social. Por el contrario, las mujeres realizan este daño a terceros con impunidad e incluso con el beneplácito de la justicia, que no persigue -ni bien ni mal- esta práctica porque no está catalogada como maltrato o agresión. Un hombre podría temer un embargo de su cuenta corriente por no pasar a sus hijos las tasas estipuladas por el juez, si el aparato judicial funcionara debidamente, pero ninguna mujer es llamada por la autoridad a rendir cuentas por envenenar las relaciones de los niños con su padre.

COORDENADAS JUSTAS. Es altamente deseable que la sociedad, o el gobierno que la representa, tome medidas para erradicar las consecuencias física y psicológicamente cruentas que tuvo y tiene el odio entre la gente, pero también es altamente deseable que tales medidas se tomen desde unas coordenadas justas y apropiadas para la salud afectiva general. Hay que tener mucho cuidado de que las soluciones que se adopten no participen de la misma lógica de segregación, odio, castigo y guerra que genera los delitos que se pretende perseguir y eliminar. El desolador panorama de maltrato al que asistimos es un síntoma de desquicie, un tributo que pagamos al corrimiento de terrenos en la forma de vida en que estuvimos instalados durante siglos y ahora remodelamos, y la remodelamos para dejar atrás un mundo donde las personas eran esencialmente desiguales y estaban abocadas a destinos diferentes en razón de su biología. Pero las mujeres no son por esencia víctimas de unos hombres esencialmente malos. Es cierto que hay muchísimas más mujeres que hombres perseguidas y agredidas físicamente por su pareja o por amantes despechados; eso es consecuencia de un pasado en que las mujeres eran legalmente propiedad de los hombres y de que hay hombres que no aceptan que ahora ya no lo sean, pero una mujer también es capaz de agredir físicamente a un hombre y de hecho lo hace, o de no contribuir a la manutención de sus hijos en la medida de su sueldo cuando la patria potestad la tiene el padre, al igual que un hombre es capaz de convertir a sus hijos en puñales contra la madre. La ley debe evitar estas conductas y proteger de la llamada violencia doméstica a todo aquel que la padezca. La violencia es una conducta ilegítima que ejerce un individuo, y la ley, en una sociedad de personas definidas por fin como libres e iguales, no debe castigar de diferente modo a quien comete el mismo acto, ni definir el mismo acto de dos formas distintas -delito o falta- según los genitales del sujeto que lo comete, entre otras cosas porque no están libres del odio ni de sus consecuencias las parejas de homosexuales y lesbianas.

VALOR ESTADÍSTICO. La historia de las relaciones entre los sexos tiene en este asunto un valor estadístico: son muchas más mujeres que hombres las que necesitan protegerse de la persecución y agresión física, y son los niños y muchos más hombres que mujeres quienes necesitan de leyes que amparen del maltrato psicológico, pero, aparte de su presencia en la estadística, esta historia existe para ser dejada atrás. Tomar la historia y no el presente y el futuro como referencia a la hora de analizar este conflicto y de hacer leyes para solucionarlo es una torpeza que nos ancla en los muchos lastres que quedan del pasado, y una trampa que nos sitúa en el otro lado de la misma moneda, en retribuciones de deudas históricas o castigos por históricos privilegios, en una lógica de venganza y culpa histórica que los individuos presentes arrastran a la manera del pecado original. El concepto de violencia de género es poco práctico para conseguir relaciones civilizadas entre la gente porque está viciado del mismo mal que busca erradicar. No hay violencia de género sino vejación de personas, y el resto es estadística. Ir adelante y eliminar en lo posible esta miseria es educarnos todos en el respeto, la dignidad y en el trato con las pasiones, empezando en este caso por el masoquismo que hace que una persona, engañada por el amor, consienta durante tiempo con un maltrato que no deriva en crimen de la noche a la mañana. Tratar de diferente modo a los hombres y a las mujeres en las conductas insanas a que los mueve el odio conyugal es sobreproteger a las unas y constituirlas como víctimas, y considerar a los otros como verdugos potenciales que merecen ser obviados o subprotegidos en esta cuestión. Lo esencialmente malo es el acto de agredir, lo cometa quien lo cometa, y también el funcionamiento herrumbroso del aparato judicial, que deja a una persona desamparada hasta morir después de haber denunciado en una, varias o muchas ocasiones a otra persona que la persigue y amenaza. Como es esencialmente malo que se remunere de modo diferente a las personas por el mismo trabajo, sean mujeres, hombres, nacionales o emigrantes, y que el aparato judicial lo consienta. El género es una circunstancia y no una esencia de individuos capacitados para actuar de la misma forma en situaciones semejantes, independientemente de la estadística, y los hombres no son seres viles en sí mismos aunque históricamente hayan llevado en la desigualdad de poder la mejor parte.
En un Estado de Derecho que tenemos porque lo hemos querido y conquistado y cuyo axioma es la igualdad de los individuos, hacer leyes sexuadas es un modo de no avanzar, sino de seguir revolcándonos en la misma ciénaga.