Una modesta contribución al debate de la izquierda

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politikon.es, 27 enero 2018.

1. Estos días me he cruzado con algunos debates muy interesantes sobre el devenir de la izquierda, parece que a cuenta del 50 aniversario de Mayo del 1968 (aquí un libro pendiente). Simplificando muchísimo, la tesis que da origen al debate es que la izquierda está perdiendo elecciones porque sus líderes e intelectuales están en una burbuja de privilegios. El empeño de las izquierdas en centrarse en políticas de reconocimiento e identidad le habrían hecho abandonar su núcleo fundamental de votantes, las clases populares o los obreros, que encontrarían acomodo más sencillo en los partidos de derechas. La idea, resumida en una frase, es que Trump habría ganado por culpa de la izquierda pija.

 

2. En paralelo a este debate ha habido algún dardo que aprovechaba para poner en cuestión el reciente papel de los científicos sociales en el debate público con una cierta añoranza de los intelectuales de antaño. Si uno desbroza las insinuaciones desatinadas o la absurda polémica cuanti-cuali, propias de tocar de oído, comparto que debemos ser mucho más críticos con el supuesto cientificismo infalible que los rodea (a veces) cuando se la presenta en prensa. En eso hay mucho margen de mejora. Ahora bien, al comparar a un científico social con un intelectual hay que entender que la pretensión del primero es mucho más modesta. A diferencia del intelectual, un científicos social no busca La Verdad, cuya persecución deja en manos de mentes más clarividentes que la suya. Se limita a buscar la falsabilidad, es decir, apenas aspira a un saber provisional e inestable del mundo gracias al contraste de hipótesis empíricas siguiendo una serie de reglas generales (validez, fiabilidad, replicabilidad). Un conocimiento fragmentario y poco contundente, cierto, pero que quizá pueda contribuir algo en este debate.

 

3. No quiero en este texto entrar a discutir el concepto de clase, tampoco es mi objetivo central. Para los muy interesados, si se quiere revisar el concepto desde la tradición marxista recomiendo Erik Olin Wrigth en Understanding Class. Si se quiere analizar desde la perspectiva del comportamiento político y de activación/desactivación de ese marco en las elecciones (básicamente en Reino Unido) recomiendo Geoffry Evans y James Tilley en The New Politics of Class: The Political Exclusion of the British Working Class. Aunque creo que habría mucha tela que cortar sobre este asunto, voy a tomar una definición amplia de entrada para poder avanzar en el debate, eso sin siquiera entrar en la utilidad analítica del término.

 

4. Mi objetivo en este breve texto es comprobar si efectivamente la izquierda pierde elecciones por la pérdida del voto obrero y, muy especialmente, por contraposición a las políticas de identidad ¿Es esto realmente así? ¿Y qué ocurre en el caso español?

 

5. Este debate tiene un origen muy intenso en los EEUU, donde se argumenta que se habría producido una fuga de obreros a Trump por su discurso proteccionista en lo económico, muy en sintonía con los perdedores de la globalización. Hillary Clinton, empeñada en hablar de minorías y mujeres, habría descuidado a esos colectivos y eso habría supuesto su derrota. Vamos a dejar de lado el detalle de que Clinton ganó por casi tres millones en voto popular. También que este argumento ya estuviera en circulación en tribunas de periódicos incluso antes de que hubiera un solo dato postelectoral que lo pudiera avalar. Asumiendo que es un argumento vox populi, habrá que comenzar por lo básico: no hay evidencia de que los obreros votaran por Trump. Como ha indicado Noam Lupu aquí de manera bastante clara, se mida como se mida dicho concepto (renta, nivel educativo, su combinación) la hipótesis no se sostiene. Hay más bien alguna indicación de lo que parece la abstención demócrata en algunos estados clave fue lo relevante para explicar el resultado. Incluso hay alguna mala noticia adicional para los que compran la tesis obrerista: Pese a lo peculiar del candidato, lo cierto es que las bases electorales de partido demócrata y republicano apenas han variado en 2016. Estas elecciones fueron más bien un paso más en la creciente polarización que se da en los EEUU.

 

6. Dado que este debate ha tenido cierto predicamento al otro lado del Atlántico, parece haber un potente deseo de intentar importar las lógicas americanas a España. Quizá porque los creadores de opinión digitales se mueven esencialmente en inglés como lengua de trabajo. La pena es que no se manejen tanto el portugués o el italiano porque esos países tienen sistemas políticos más comparables al nuestro y de los que se podría extraer lecciones mucho más interesantes. En todo caso, voy a seguir rastreando la ubicación del voto obrero, ahora en España. Pues bien, lo cierto es que en nuestro país el voto obrero, mídase como auto-ubicación del entrevistado, ingresos, educación o la interacción entre ambas tiende a optar por el PSOE. Un debate empírico muy interesante que hubo en su momento entre Pepe Fernández-Albertos y Pau Mari-Klose trató sobre justamente sobre la relación de ese voto de clase con Podemos. No me extenderé mucho, pero en general sí se apreciaba que la probabilidad de voto al partido morado (al menos durante 2015) correlacionaba más con posiciones precarias en el mercado de trabajo y percepción subjetiva de menor bienestar. En todo caso, parece que la izquierda en España no ha perdido a esa supuesta base obrerista o de clase (sea objetiva o sea subjetiva) aunque vaya a partidos distintos.

 

7. Sin embargo, todavía queda por saber en qué medida hay una contradicción entre las políticas de reconocimiento-multiculturalismo y hablar sobre cuestiones que preocupen en el tradicional eje izquierda-derecha. Pues bien, lo que sabemos es que esta cuestión es muy contingente a la historia de cada país, como indican Rovny y Polk. En algunos países hay una asociación fuerte entre ambas cuestiones (si eres de izquierdas, eres liberal-cosmopolita; si eres de derechas, autoritario-conservador) mientras que en otros hay variedad en el espectro. Pues bien, como se refleja para el caso de España, existe una fortísima asociación entre ambas cuestiones tanto desde la perspectiva de los partidos como, con algunos matices, de los votantes. Esto indica que si alguien teme que por hablar de brecha salarial de género (buen ejemplo de interseccionalidad) vaya a perder sintonía con las clases populares, su miedo es infundado. El marco de competición en España hace que ambas cuestiones estén solapadas. Ahora bien, son los partidos los que deben decidir cómo se concreta esto en propuestas concretas orientadas a redistribución y reconocimiento, y ahí es donde la “agencia política” marca la diferencia.

 

8. En resumen, ni está claro que los obreros hayan votado por Trump, ni hay evidencia de que hayan dejado de optar por la izquierda en España, ni se perfila en el horizonte una incompatibilidad práctica entre la dimensión cosmopolita y la más distributiva. Yo por eso creo que hay que ser más cautos cuando se mira fuera de nuestras fronteras y se intentan importar debates con calzador. A veces en las prisas de querer explicar dinámicas complejas corremos el riesgo que querer poner el carro delante de los bueyes, pensando que nuestras tesis pueden ser ajenas a cualquier base de sustento empírico. No creo que sea una vía provechosa para el debate público y, si esos son los intelectuales que algunos echan de menos, me quedo con otras disciplinas de aspiraciones más modestas.

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