El insensato suicidio del catalanismo

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elpais.com, 01 febrero 2018

 

Pasará algún tiempo antes de que aparezcan nuevas oportunidades de construir algo parecido a un catalanismo abierto y europeísta.

 

Hace algo mas de tres años, justo antes del primer pseudo-referéndum por la independencia (el ‘9-N’), un amigo común nos convocó al historiador Josep Maria Fradera y a mí a un encuentro en privado con el entonces portavoz del Gobierno de Cataluña, Quico Homs, en el Palacio de la Generalidad, “para que oiga opiniones críticas y otros puntos de vista”. Entre la previa, la comida y la sobremesa, estuvimos hablando cuatro horas; era viernes por la tarde y, al parecer, nadie tenía ya mucho que hacer más que irse a casa para el fin de semana. Pero el portavoz no contestó claramente a ninguna de nuestras preguntas sobre las intenciones de los dirigentes catalanistas. No había plan, táctica ni estrategia. Solo admitió y repitió que iba a ser muy difícil “resistir la presión de los dos lados”: los independentistas radicales, por uno, y el Gobierno español, por otro. El procés sería una improvisación permanente.

Cuando Fradera y yo salíamos caminando por la calle del Bisbe, en dirección a la Catedral, resumimos nuestras impresiones con una frase que pronunciamos casi al mismo tiempo: “Esto es un suicidio colectivo”.

Así ha sido. Un suicidio es la consecuencia y la culminación de un proceso de creciente aislamiento. Para algunos, puede ser el resultado de la ignorancia voluntaria, de no querer saber y rechazar el mundo que les rodea. En política, es propio de sectas cerradas cuyos miembros viven juntos en pequeñas comunidades, hablan mucho entre ellos mismos, casi siempre de lo mismo, leen las mismas cosas, usan los mismos códigos internos como una protección profiláctica frente al exterior y, como la Castilla de Machado, desprecian cuanto ignoran. Siempre ha habido grupúsculos de este tipo, encerrados en sus fantasías y paranoias, que se suelen extinguir por sí mismos. Pero el peligro aparece cuando son cooptados por los partidos mayores y adquieren protagonismo e influencia, como ha sucedido en Cataluña.

La otra motivación más habitual del aislamiento voluntario es el despecho. “No nos comprenden, allá que se apañen”, vienen a decir. Hay una teoría en la ciencia política que sostiene que, en una sociedad con millones de personas, cada individuo puede pensar que es racional no informarse y abstenerse de participar; al fin y al cabo, un voto no va a cambiar el resultado y mejor ahorrarse la molestia. Algo así parece haber asumido el movimiento catalanista con respecto a España: como parece imposible cambiarla, dejamos de participar y damos un portazo.

No es que no haya habido buenas razones para despreciar y rechazar la podrida política española reciente, embebida en la corrupción e incapaz de formar una mayoría de apoyo a cualquier Gobierno. Hasta hace poco, el catalanismo implicaba la hipótesis de que podría ofrecer una alternativa más europeísta, democrática y moderna. Pero los últimos años han mostrado que la política catalana no es mejor que la española en ninguno de esos aspectos.

La hipótesis catalanista se basaba en la creencia de que los catalanes “som els millors” (somos los mejores), como repetían algunos personajes de Salvador Espriu en la satírica Ronda de mort (muerte) a Sinera. En la representación teatral, una especie de chamán curaba a los deprimidos pacientes diciéndoles, uno a uno: “tú eres el mejor”, lo cual les generaba una gran euforia y agitación. Sus apariciones en el escenario a lo largo de la obra gritando “Soc el millor! Soc el millor!” eran el trasfondo del argumento: una marcha inevitable hacia la muerte.

Los catalanes somos diferentes de otros, qué duda cabe, y también variados entre nosotros, como las poblaciones de toda sociedad moderna; en general, poco asimilados a las pautas castellanistas del nacionalismo español. En algunas cosas, como las artes y los deportes, con excelentes resultados; en otras, tirandillo; y en algunas, incluida la política, con fracasos repetidos hasta el hastío y el ridículo. Por eso, saberse o sentirse más o menos catalán no es lo mismo que militar como catalanista. El despecho y el engreimiento del catalanismo han llevado a un creciente aislamiento: primero, de España; más recientemente, por lo que se atisba, también de Europa y del mundo, que “tampoco nos comprenden”. Es decir, a un suicidio colectivo.

Pasará algún tiempo antes de que aparezcan nuevas oportunidades de construir algo parecido a un catalanismo abierto y europeísta. Cierto es que los actuales medios de comunicación aceleran todos los tiempos. Pero el cambio más importante, el relevo de los ineptos líderes políticos actuales que solo han creado derrotas y mártires inútiles por otros que sean capaces de construir planes y estrategias viables y atractivas, necesariamente tardará.


Josep M. Colomer es economista y politólogo.

 

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