El legado de Octubre. Interrogantes y objeciones

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espacio Publico/publico.es, Debate sobre la Revolución de 1917

11 septiembre 2017


El colapso de los sistemas de tipo soviético existentes en Europa central y oriental conformó un inédito acontecimiento revolucionario que se llevó por delante con extraordinaria rapidez el viejo orden administrativo. Entre 1989 y 1991 se desbarató un bloque de países que tenía sus señas de identidad enraizadas en la Revolución de Octubre que estaba en su origen. La disolución formal de la URSS en diciembre de 1991 fue el acto final, el resultado del evidente agotamiento histórico de un movimiento revolucionario a escala mundial que se fundó y tomó impulso en la insurrección bolchevique de octubre de 1917.

Comienzo estas notas por el final, por el cierre de la Revolución de Octubre en Europa, para intentar entender algo más de su contenido, significado y alcance. Octubre era para los bolcheviques el comienzo de la revolución mundial. No lo fue, se quedó en un largo callejón sin salida por el que discurrió durante algo más de siete décadas buena parte del movimiento real y las esperanzas revolucionarias que atizaron la lucha contra el sistema capitalista en el tablero mundial. Un siglo después el capitalismo sigue vivo, generando y afrontando crisis recurrentes, como siempre, pero mejor asentado y más poderoso que entonces, tras incorporar al mercado mundial a los países europeos que ensayaron con los sistemas de tipo soviético otra vía de modernización y desarrollo.

El hundimiento de los sistemas de tipo soviético en Europa supuso un cambio de enorme significado, fue el último eslabón de una extraordinaria cadena de sucesos que permitieron al Estado soviético jugar un papel protagonista en la Historia: acabó definitivamente con el régimen zarista, puso en jaque el nuevo orden imperialista surgido de la Primera Guerra Mundial, tuvo un papel protagonista en la derrota del nazismo en la Segunda Guerra Mundial, impulsó la descolonización, transformó la faz de Europa y Asia y dejó una profunda huella en las agónicas relaciones mundiales de poder durante el corto siglo XX.

Especialmente palpable desde principios de los años sesenta del pasado siglo, la incapacidad de los sistemas de tipo soviético para convertir la modernización en mayores niveles de bienestar y libertad fue el principal escollo que intentaron remover, sin conseguirlo, todas las reformas emprendidas por las propias autoridades comunistas.

A diferencia de la de octubre de 1917, que inauguró un nuevo sistema, distinto a todos los conocidos o imaginados, las revoluciones iniciadas en 1989 supusieron la reincorporación al orden capitalista de buena parte de los países europeos que pasaron a formar parte del bloque soviético tras la Segunda Guerra Mundial. En cambio, en los Estados surgidos de la implosión de la URSS, con la excepción de los países bálticos (que también acabaron integrándose en la Unión Europea), surgieron nuevos regímenes autoritarios y nuevas formas de regulación económica mercantil tuteladas por un nuevo poder político surgido directamente de sectores del viejo aparato estatal soviético. Nuevos sistemas no asimilables a los capitalistas que volvieron a confirmar la especificidad de una singular trayectoria histórica que desembocó el pasado siglo en hechos tan extraordinarios como la demolición del viejo imperio zarista, su sustitución por un nuevo régimen que se presentaba como una dictadura del proletariado y el hundimiento y la desaparición de la URSS tras un agotador y agotado esfuerzo modernizador.

Las rupturas sistémicas que se produjeron a partir de 1989 en Europa central y oriental fueron curiosas revoluciones en las que los aparatos estatales de los regímenes de tipo soviético no mostraron, salvo alguna excepción, una especial resistencia. Fueron revoluciones de terciopelo, con muy pocos casos de represión sangrienta o de alta intensidad contra los partidarios del anterior régimen. Y como contrapartida se encontraron con claudicaciones de terciopelo por parte de las elites políticas, económicas y culturales que se habían beneficiado durante décadas de la existencia del viejo y anquilosado sistema. En general, la depuración de las viejas estructuras de poder soviético afectó exclusivamente a una parte de la alta dirección de los partidos comunistas. El resto, junto a la mayoría de los cuadros de los densos aparatos estatales y partidistas improvisaron una rápida reconversión en autoridades de los incipientes nuevos regímenes o, con algo más de tiempo, legalizaron las bases económicas privadas que provocaron su conversión en nuevas clases dominantes, propietarias de una parte de las grandes empresas estatales privatizadas y gestoras no exclusivas de un nuevo poder político que, progresivamente, fue adoptando los criterios y las formas de carácter democrático de sus vecinos occidentales.

El estallido del mundo soviético que simboliza la caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989 y sus consecuencias cerraron, creo que de forma definitiva, el periodo histórico en el que la revolución inspirada en el modelo soviético se convirtió en una tarea práctica de los partidos comunistas y los frentes anti-imperialistas de todo el mundo. Contaron para esa tarea, en la mayoría de los casos, con un Estado que les ofrecía apoyo, retaguardia y refugio. Ya no existen en Europa sistemas de tipo soviético. Son cosa del pasado, no de un futuro previsible.

Resulta muy difícil separar el análisis de la Revolución de Octubre y la consolidación del sistema soviético, con su posterior expansión mundial, del mediocre final y rápido desmantelamiento a partir de 1989. El hundimiento del llamado socialismo real en Europa permite observar la incapacidad absoluta de los sistemas de tipo soviético para realizar reformas a la altura de las fallas demostradas y de las aspiraciones económicas, culturales y democráticas de su ciudadanía. Finalmente, la incapacidad de reformarse se alió con el hartazgo y la falta de apoyos sociales para provocar la implosión y desaparición en todo el territorio europeo de los sistemas herederos de aquella lejana revolución de 1917.

La Revolución de Octubre como objeto de análisis

El profesor Fontana, en el sintético y reflexivo texto inicial con el que nos incita a debatir sobre la Revolución de Octubre, hace un equilibrado balance de aciertos y errores de aquel extraordinario acontecimiento con el objetivo de extraer lecciones que puedan ser útiles en el presente, tratando de rescatar lo que pueda seguir siendo válido y dificultar la repetición de errores parecidos.

No me parece que tal objetivo, el de iluminar las tareas políticas de las fuerzas progresistas y de izquierdas que en Europa pugnan ahora por mejorar la vida y el bienestar de la mayoría social, sea posible. Creo que los fines y afanes de este debate deberían ser otros: colocar a la Revolución de Octubre en su lugar histórico, en el contexto que la hizo posible, y rescatarla del olvido o de la agitación simplista, excesivamente volcada en el rechazo o la admiración en bloque.

Octubre de 1917 fue el fruto de unas condiciones históricas excepcionales y de la acción férrea de un puñado de revolucionarios profesionales que, todo voluntarismo, entendieron que la destrucción del imperio zarista era el primer paso para la superación mundial de un sistema capitalista al que consideraban ya maduro, enmarañado en múltiples contradicciones que provocaban colisiones bélicas entre los grandes bloques imperialistas, para caer bajo el envite de la nueva clase revolucionaria que había engendrado.

Ese es el terreno que intentaré abordar en este apartado, consciente de la resbaladiza tarea de comprimir en unos pocos párrafos algunas de las características más relevantes de un hecho histórico tan descomunal y visitado como tergiversado.

Si la expansión europea de los sistemas de tipo soviético se asentó en el poder militar que la URSS había demostrado en la aniquilación del loco y criminal delirio del nazismo, la Revolución de Octubre fue consecuencia directa de la audacia de Lenin y su partido al valorar las posibilidades de una insurrección organizada por los bolcheviques y las debilidades de la revolución democrática que en febrero había logrado desbancar del poder al dictatorial régimen zarista. El frágil y provisional poder surgido en febrero heredó la gran guerra mundial con sus calamidades y una estructura económica en la que imperaban el gran latifundio, terratenientes y relaciones semifeudales (feudales, asiáticas, patriarcales… el nombre y la caracterización son aquí lo de menos) que extendían la miseria y la opresión entre una población en la que predominaban de forma absoluta los pequeños campesinos pobres.

La revolución democrática de febrero de 1917 liquidó al régimen zarista, pero no tenía ninguna posibilidad de lograr la victoria en la guerra contra Alemania y sus aliados ni ofrecía propuesta alguna para lograr la paz. Tampoco mostró, en los pocos meses que ejerció un poder limitado, acosado desde múltiples frentes, una voluntad clara de proporcionar a los pequeños campesinos la tierra que reclamaban ni planes para lograr un mayor grado de autonomía respecto al capital extranjero y un desarrollo económico basado en el capital nacional y el mercado doméstico o en cualquier sistema alternativo.

Los bolcheviques ofrecían soluciones para esos dos grandes problemas, conectaron con las aspiraciones de amplios sectores populares, triunfaron y se aprestaron, cada vez más solos y aislados, a intentar llevarlas a cabo y tratar de institucionalizar el bloque de obreros y campesinos que organizados en soviets habían llevado a cabo la insurrección de octubre bajo la dirección bolchevique. La intención inicial era construir un gobierno sustentado en una alianza obrera y campesina bajo la hegemonía y la dictadura del proletariado y desarrollar con urgencia un capitalismo de Estado que lograra rápidamente elevar la productividad del trabajo, impulsar la gran industria mecanizada y modernizar las relaciones de propiedad de la tierra. Tuvieron tantos éxitos como fracasos en esas tareas y lograron mantener su poder en circunstancias muy difíciles, pero buena parte de sus esquemas previos fracasó.

En medio de la hostilidad y el boicot internacional y de una sangrienta guerra civil alentada por las grandes potencias imperialistas, el nuevo Estado, en manos exclusivas del Partido Comunista, ejerció el terror para preservar la revolución y superar la hambruna en la que se concretó la guerra civil y el maltrato dado por el poder soviético a la mayoría campesina en los primeros años. A partir de ahí, tuvieron que improvisar otros caminos. Con la vieja guardia bolchevique profundamente dividida en torno a los objetivos inmediatos, las alianzas, las medidas a tomar y el ritmo de su implantación. Y, muy pronto, sin la autoridad de Lenin para gestionar la división interna.

Después de los ríos de tinta vertidos por los revolucionarios rusos desde antes de la derrotada revolución democrática de 1905 y de las múltiples controversias en el seno de los diferentes grupos de la socialdemocracia revolucionaria rusa, los bolcheviques demostraron en 1917 su capacidad para entender la revolución de febrero, aprovechar su impulso y acabar con ella en octubre, en aras de una revolución en nombre del proletariado que sólo podía asentarse contando con una situación de paz y con el apoyo de la mayoría campesina. No consiguieron mantener la paz ni el apoyo de la mayoría campesina. Tuvieron que afrontar situaciones inesperadas que no entraban en sus esquemas.

Los esfuerzos analíticos de Lenin y otros teóricos revolucionarios rusos se habían encaminado a demostrar “científicamente” (en consonancia con las concepciones del marxismo de la época) que la madurez del sistema capitalista mundial y el propio desarrollo del capitalismo en la agricultura y la economía rusas hacían posible una revolución socialista que debería pasar por una etapa democrático-burguesa y que esa etapa también podía ser dirigida por la clase obrera revolucionaria y su partido. Rusia era entonces un imperio muy atrasado que no había contado nunca con un movimiento democrático de cierta entidad y en el que predominaba una estructura agraria semifeudal en descomposición, como consecuencia de la reciente penetración de relaciones mercantiles. Con un incipiente capitalismo muy vinculado a la inversión extranjera y una clase obrera débil y poco numerosa, aunque muy concentrada en unas pocas localizaciones fabriles que constituían pequeños islotes, desconectados entre sí, en un intrincado y extremadamente complejo océano de relaciones precapitalistas y pequeños campesinos muy pobres. Así, en 1922, de una población de 136 millones de personas, de las que la mitad tenía edad de trabajar, tan solo 2 millones eran obreros relacionados con las actividades industriales y poco más de 1 millón, trabajadores agrícolas.

Los bolcheviques consiguieron llevar al terreno de sus expectativas la revolución de febrero de 1917. En palabras de Lenin, llevaron a su término la revolución democrático-burguesa e intentaron empujarla más allá, iniciando la transición hacia una etapa socialista que solo el tiempo les diría si era posible. Y la llevaron muy lejos, aunque no en la dirección inicialmente prevista o deseada.
Ya en 1921, “Con motivo del cuarto aniversario de la Revolución de Octubre”, Lenin se ufanaba de haber barrido la barbarie medieval que sufría Rusia con “más rapidez, audacia, éxito, amplitud y profundidad” que lo había hecho la Gran Revolución Francesa. Y a esa gesta añadía que habían dado pasos gigantescos en la transformación socialista de Rusia. Excesivo optimismo, demasiado ceguera.
La Revolución de Octubre gestó, si nos atenemos a la caracterización e intenciones expresas de sus líderes, un nuevo orden político y social que bajo la dictadura del proletariado y en alianza con el campesinado inició la construcción del socialismo. En realidad, si consideramos sus estructuras, funcionamiento y expresiones prácticas, dio a luz tras muchas vueltas y revueltas a un sistema de características originales y formas inesperadas. Inédito en el terreno económico, con predominio absoluto de la propiedad estatal y una planificación central concentrada en una rápida expansión de la industria pesada, que tras alcanzar un nivel crítico de desarrollo y complejidad estructural se mostró crecientemente ineficiente. E inclasificable en el terreno político, con una dictadura de partido único que alejó a la nomenklatura de la clase obrera y de la mayoría social a las que pretendía representar. Y que terminó por aislar a los partidos comunistas y las elites gobernantes de los nuevos problemas y deseos que el crecimiento económico y el desarrollo tecnológico y cultural alentaban en la sociedad.

El sistema surgido de la Revolución de Octubre se convirtió con extrema rapidez en modelo a seguir y defender para una parte significativa de las fuerzas que en todo el mundo pugnaban por la revolución socialista y anticolonial. Sin embargo, de forma paulatina, los apoyos a la URSS se fueron reduciendo hasta quedar limitados a los partidos comunistas que tenían como principio la estricta obediencia a las directrices emanadas desde Moscú. Principio que no impidió el surgimiento de conflictos de mayor o menor intensidad en el seno del movimiento comunista internacional y entre países del bloque soviético. En última instancia, los conflictos con los países de Europa central y oriental pertenecientes al mundo soviético que alcanzaron mayor gravedad fueron reprimidos implacablemente por la URSS.

¿Algo que rescatar de la Revolución de Octubre?

Entiendo que el historiador haga, está en la base de su disciplina, un balance lo más objetivo posible de las aportaciones y los errores de la revolución bolchevique de octubre de 1917. El texto de Fontana señala explícitamente que el poder soviético acabó erigiendo un Estado opresor que ejerció una oleada de violencia. Creo que es muy importante al hablar del catálogo de errores mencionar la coerción y los abusos cometidos, desde fechas bien tempranas, por el Estado soviético. Porque una parte considerable de la izquierda ha tendido a sortear esa realidad, a considerarla inevitable o a entender como un asunto menor la utilización plenamente consciente y sistemática del terror como arma política del Estado.

Terror para acabar con la terrorífica contrarrevolución que pretendía la reinstauración del viejo régimen zarista, pero que también se utilizó contra el campesinado ruso, disidentes políticos, partidarios de restaurar las libertades surgidas de la revolución de febrero, personas consideradas asociales por no ajustarse al estrecho modelo de ciudadano soviético impuesto y contra heterodoxos, tibios o vacilantes de todo tipo. Al principio, en el punto de mira estaban exclusivamente las fuerzas contrarrevolucionarias y sus partidarios, pero rápidamente la represión afectó a partidos políticos democráticos y de izquierdas y terminó golpeando a miembros y corrientes del partido bolchevique que manifestaban críticas o discrepancias. Y no solo en los momentos álgidos de las purgas alentadas y amparadas por Stalin. En diciembre de 1919, a propósito de las intervenciones en el VII Congreso de los Soviets de toda Rusia de líderes tan significados de los mencheviques como Dan (preconizando un frente único y revolucionario) o Martov (defendiendo la vuelta a un funcionamiento democrático y constitucional, con libertad de prensa, asociación y reunión), Lenin llegó a afirmar, “cuando oímos tales declaraciones en gentes que afirman estar de nuestro lado, nos decimos: ambos, terror y Checa, son indispensables”.

Hay un desvarío que afecta durante décadas a una parte notable de la intelectualidad progresista europea, no sólo la comunista, que en aras de la lucha contra el fascismo y la defensa de un Estado obrero sacrificó su capacidad crítica y se volvió, literalmente, sorda, ciega y muda ante la brutalidad ejercida en nombre del proletariado y el ideal comunista contra pueblos de la URSS y contra toda disidencia. ¿No tuvieron noticias de la coerción y el terror y su utilización sistemática para aniquilar toda oposición? Es imposible. Resulta más creíble pensar que los consideraban hechos insignificantes o daños colaterales inevitables. Consideración que no puede ser esgrimida como eximente de su responsabilidad por tanta ceguera y silencio.

La Revolución de Octubre y el régimen que terminó asentándose en la URSS no mostraron sus límites como proyecto revolucionario en 1968. Digamos que la percepción en el tiempo de esos límites fue muy dispar. No fueron pocos los que denunciaron los abusos desde fases muy tempranas del poder soviético, aunque efectivamente, para una parte del entramado político y organizativo de los partidos comunistas que gravitaba en torno al poder soviético, sólo se hizo patente en 1968. Otra parte significativa, en cambio, siguió asumiendo fielmente la propaganda soviética al respecto, apoyó la intervención de los tanques soviéticos en Praga y criticó con dureza la “revuelta pequeño-burguesa” de la airada juventud parisina. No escasearon los grupos políticos, intelectuales y personas de izquierdas que esperaron al colapso de la URSS para darse cuenta. Algunos, aún no lo han hecho y han reconvertido la fidelidad a la URSS en simpatías hacia herederos tan siniestros de la vieja burocracia soviética como Putin y el régimen autoritario que encabeza.

¿Se puede rescatar algo del proceso histórico que inició la Revolución de Octubre? Creo que nada hay rescatable, en el sentido de aplicable por la izquierda actual, de tiempos, circunstancias, condiciones y valores que poco o nada tienen que ver con los de las sociedades actuales. O de forma más precisa, sólo se puede rescatar un catálogo de ideas y actuaciones a no repetir por las actuales fuerzas de izquierdas. Democracia y derechos humanos son eslabones indisociables de cualquier proyecto transformador.

La ideología, los principios y la práctica política que alentaron la Revolución de Octubre forman parte del pasado. No pueden ser acogidos ni integrados por las organizaciones, corrientes de pensamiento o personas que aspiren a contribuir a una transformación emancipadora que beneficie a la mayoría social, sin que ello deba convertirse en un obstáculo para realizar un análisis objetivo de los logros de Octubre.

Sobre valores y valoraciones a propósito del legado de Octubre

En otro orden de cosas, en el que inevitablemente domina la disparidad de opiniones, parece necesario pergeñar una valoración sobre el legado del fenómeno revolucionario iniciado con la insurrección de octubre de 1917, huyendo de todo imaginario justificativo o condenatorio construido por ideólogos.

¿Hubo algo positivo en el legado de la Revolución de Octubre? En mi opinión, sí, sin duda, muchas cosas. ¿Cómo no reconocer aspectos positivos en una revolución que enterró definitivamente al régimen zarista y fue capaza de fascinar a una parte notable de la izquierda y conseguir simpatías en todo el mundo? Capaz de producir declaraciones luminosas que aún hoy resultan atractivas. Baste de muestra el botón de las palabras finales de Lenin en la clausura del III Congreso de los Soviets de diputados, obreros, soldados y campesinos de toda Rusia en enero de 1918: “… todas las maravillas de la ciencia, todas las conquistas de la cultura se convertirán en patrimonio del pueblo, y en adelante nunca jamás la inteligencia y el genio del hombre serán convertidos en instrumentos de violencia y explotación”.
¿Hubo también errores? Sin duda. No pocos, reconocidos por los propios dirigentes comunistas; otros, se ocultaron y así permanecieron hasta el hundimiento de la URSS; algunos, se elevaron a la categoría de lecciones universales de la nueva “ciencia marxista-leninista”. Todo ese legado debe ser reconsiderado de nuevo, a la luz de los valores que predominan en las actuales sociedades democráticas. El problema no reside en la inevitable existencia de errores en un proyecto revolucionario tan descomunal y con enemigos tan encarnizados. Lo destacable es la existencia de crímenes que no deben ser amparados tras el concepto de errores. Tan general, tan neutro, tan cínico.
¿Podrían haberse evitado el terror y los crímenes? Creo que sí. Me inclino a pensar que incluso en una ideología tan invasiva, segura y cerrada como la leninista había márgenes para prevenir y desechar la institucionalización del terror político. Por mucho que el leninismo defendiera fórmulas de concepción y organización del Estado soviético y del propio partido que favorecieron la transformación de las decisiones de sus dirigentes en verdades de obligado cumplimiento, inapelables e indiscutibles.

Los márgenes para aceptar errores propios y críticas internas o externas fueron reduciéndose en la URSS con extraordinaria rapidez porque, al cabo, ponían en peligro el ejercicio de un poder absoluto que, por definición, al margen de lo que realmente ocurriera, se consideraba poder del proletariado al servicio de la revolución socialista. Aun así, en los principios y valores que desde sus primero pasos acompañaron a las múltiples corrientes del movimiento socialista internacional siempre hubo un espacio reservado para la defensa de la libertad y los derechos humanos. La crítica, la discrepancia y el debate abierto fueron también consustanciales a la marcha de las diferentes corrientes revolucionarias rusas. Incluso durante los abundantes episodios de escisiones y luchas de ideas tremebundas que marcaron los antecedentes, el nacimiento y discurrir del partido bolchevique. Por lo menos hasta su afirmación en el poder como partido único.

Naturalmente, Lenin y sus camaradas fueron hijos de su tiempo y de su entorno. Hay muchos factores que explican sus ideas, escala de valores y actuaciones, pero nada permite justificar los crímenes cometidos por el régimen soviético. Ni en el periodo de su asentamiento ni una vez consolidado. El ejercicio represivo del poder perduró a lo largo de toda la trayectoria del régimen soviético, más allá de los periodos excepcionales condicionados por agudos conflictos militares o por la existencia de una disidencia interna con capacidad para cuestionar el ejercicio del poder.

Desde las propias filas comunistas y desde muy diferentes posiciones progresistas, tanto en la propia URSS, hasta que toda crítica fue aniquilada, como en todo el mundo hubo personas y grupos que alzaron su voz para denunciar la represión y las prácticas antidemocráticas que llevó a cabo el Estado soviético. No basta con apelar al momento o a las duras condiciones históricas de hostilidad y cerco, tanto económico como militar, tanto en el ámbito internacional como en el interno, para explicar lo ocurrido en la utilización de la represión y el terror. Esa es una de las cuestiones centrales que conviene rescatar de la experiencia de la Revolución de Octubre. No hay revolución o procesos emancipadores dignos de tal nombre sin democracia y sin un respeto escrupuloso por los derechos humanos.
Dicho esto, no se pueden olvidar las aportaciones positivas realizadas por la URSS que merecen un especial respeto y admiración por su decisivo y positivo impacto en la historia mundial. El profesor Fontana menciona dos ejemplos, la construcción del Estado de bienestar en los países europeos capitalistas y la descolonización. Creo que ambos temas, reconociendo cierta contribución más o menos relevante de la URSS, merecen un debate aparte en el que se otorgue el protagonismo debido a las fuerzas políticas y sociales que en el mundo capitalista desarrollado o en la periferia oprimida y explotada lograron dichos avances, fueron capaces de maniobrar entre los pliegues de la Guerra Fría y aprovechar las posibilidades que ofrecía el enfrentamiento entre el mundo soviético y el mundo capitalista. Fueron esas fuerzas, no la URSS, las que negociaron e impusieron fórmulas de independencia nacional en los países sojuzgados por el imperialismo y las que construyeron, en los países capitalistas más desarrollados de Europa occidental, una oferta de bienes públicos que ampliaron la protección social, las oportunidades y el bienestar de amplios sectores populares.

Prefiero destacar otro ejemplo, en mi opinión incuestionable. El sacrificio del pueblo y del ejército soviético en la guerra contra el nazismo y, más concretamente, en la decisiva batalla de Stalingrado. Resistieron, vencieron y desbarataron el criminal propósito nazi de dominar Eurasia y establecer el Reich de los mil años que soñaba Hitler. Prestaron un servicio impagable a Europa y a la humanidad que no caerá en el olvido.

No se trata de velar mediante hechos heroicos o logros históricos los abusos cometidos por el régimen soviético. Se trata de ser ecuánimes y examinar con objetividad todo el legado de Octubre. Se trata de distinguir y combinar la admiración hacia lo indiscutiblemente admirable con el rechazo de lo indiscutiblemente rechazable. No tanto con la finalidad de rescatar sus éxitos y evitar sus errores como de conocer y comprender mejor aquel complejo fenómeno revolucionario y su decisivo impacto histórico.

Para terminar, no puedo dejar de mencionar que la Revolución de Octubre formó parte del acervo político y cultural de distintas organizaciones comunistas que en el Estado español contribuimos a organizar la resistencia contra la dictadura franquista y fortalecer la lucha por la democracia, sin que nos pareciera contradictoria la defensa de Octubre con la lucha democrática y la tarea prioritaria de acabar con la dictadura. La Revolución de Octubre era un símbolo y un referente teórico. En la práctica, al margen de las elucubraciones particulares de cada organización, actuó sobre todo como acicate militante en la lucha para intentar llevar lo más lejos posible las libertades democráticas y debilitar todo lo posible a las muy diferentes formas de opresión y explotación que amparaba el régimen franquista. Creo que este debate también puede servir para reflexionar sobre las ideas de entonces a propósito de la Revolución de Octubre y su peculiar encaje en los afanes por acabar con la dictadura. Quizás sea un buen momento, si no se ha hecho antes, de ajustar algunas de aquellas ideas o cambiarlas. Sería una buena manera de celebrar el primer centenario de Octubre.