Sobre un giro tradicionalista en la cultura

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El País, 15 de septiembre de 2021.

 

La generación de la crisis de 2008 se busca en el pasado con fuertes dosis de sentimentalización y un antielitismo que hace de lo popular y lo anónimo los depositarios morales de un modelo dilapidado por el progreso.

 

Hace dos años Sònia Hernández publicaba una novela titulada El lugar de la espera (Acantilado) que arranca a bocajarro apuntando un retrato generacional: Javier ha decidido llevar a juicio a sus padres y al Estado por haber incumplido sus promesas. Su juventud tiene los días contados, vive de prestado en el piso de una amiga y no logra dar un rumbo a su vida; siente que nadie le preparó para semejante escenario. No importa que a ratos desprenda un victimismo indigesto, su lamento es hijo natural de la autocomplacencia que impregnó la cultura española desde los años sesenta. La sombra de las penurias fue quedando atrás en la memoria familiar como recordatorio de un tiempo no muy lejano que, sin embargo, se nos hizo remoto. Retoños de la clase media, Javier y quienes le seguimos estábamos destinados a mostrar el triunfo de una clase mal definida que se había convertido en el protagonista histórico del país y parecía llamada a crecer sin límite.

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