Antonio Duplá

John Hersey, Hiroshima
(Madrid, Turner, 2002)
(Hika, 161-162 zka 2004-2005ko abendua-urtarrilla)

Parecen muy lejanos los tiempos de la imponente movilización popular contra el peligro de una conflagración nuclear, aunque la lucha antinuclear se sigue cobrando víctimas. La más reciente, un joven ecologista alemán, arrollado el mes pasado por un tren que transportaba basura nuclear de Francia a Alemania.
No sólo eso. La energía nuclear vuelve a estar de actualidad y sus paladines vuelven a la carga. Frente a una demanda energética demasiado dependiente de un petróleo que, en buena medida, se encuentra en alguna de las zonas más inestables y conflictivas del planeta, por ejemplo el avispero de Irak, se vende de nuevo la energía nuclear. Los adalides de las nucleares siguen reivindicando la limpieza y autonomía (relativas, claro, pues hay que importar uranio y almacenar los residuos) de su alternativa.
Puede resultar por ello de interés traer a colación este libro, un clásico de la literatura de guerra, que describe el horror provocado por la bomba de Hiroshima. Su autor era corresponsal de guerra en la revista Time y publicó su trabajo en otra revista señera, The New Yorker, en 1946. Hershey narra en un estilo periodístico directo y sin adornos la historia de seis supervivientes a la bomba en los meses siguientes al ataque. Cuarenta años más tarde, en 1985, volvió a estudiar la historia de sus protagonistas y añadió un capítulo final a su obra. Toshiko Sasaki, empleada del departamento de personal de la Fábrica Oriental de Estaño, el doctor Masakazu Fujii, propietario de una clínica privada, la señora Hatsuyo Nakamura, viuda de un sastre y madre de tres niños, el jesuita alemán Wilhelm Kleinsorge, el joven doctor de la Cruz Roja Terufumi Sasaki y el reverendo de la Iglesia Metodista de Hiroshima Kiyoshi Tanimoto son los protagonistas involuntarios de esta tragedia.
En el verano del 45 los habitantes de la ciudad estaban acostumbrados al ruido de los B29, o B-san (“señor B”), como se les conocía ya, pues Hiroshima estaba en la ruta de los bombarderos hacia cualquier ciudad japonesa. No obstante, había cierto nerviosismo pues corría el rumor de que se preparaba algo especial para Hiroshima. El 6 de agosto de 1945, a las ocho y cuarto de la mañana, el Enola Gay, un bombardero estadounidense B29, dejaba caer una bomba de 4.100 kg. (bautizada como Little Boy), sobre Hiroshima. Por cierto, la exhibición, aparentemente neutra, del Enola Gay en una conocida institución de Washington provocó hace algunos años una interesante polémica política e historiográfica en Estados Unidos.
La descripción de los primeros momentos tras la explosión de la bomba es sobrecogedora. En primer lugar, el silencio. Pese a que a algunos kilometros de distancia se oyó un estruendo tremendo, casi nadie en Hiroshima recuerda haber oído nada en aquel momento. Luego, el resplandor. Al parecer fue como la explosión repentina de un sol, brutalmente cegadora, con unos 6.000º de temperatura en el centro del impacto, seguida de la oscuridad, pues la nube de polvo denso que se levantó casi inmediatamente hizo que el día se oscureciera. Después, cuando la gente empezó a salir a la calle, a levantarse y mirar alrededor, el asombro ante las heridas, quemaduras sin fuego, sangre que brotaba de las cabezas, del pecho, de los brazos. También, al poco tiempo, una lluvia provocada por el aire caliente y la nube de polvo que se elevaba por encima de la ciudad, el famoso hongo, que sus víctimas no podían ver. Y el fuerte olor de la ionización provocado por la fisión de la bomba. Y el caos por todos partes, aliviado por el esfuerzo de los supervivientes para ayudar de alguna manera, con una serenidad muy japonesa. Para el padre Kleinsorge, occidental, fue especialmente impresionante el silencio de los supervivientes, muchos malheridos, en la noche posterior al bombardeo, cuando varios cientos se refugiaron en el parque Asano, algo lejos del centro, buscando protección bajo los árboles. Nadie se quejaba, nadie lloraba, todos daban las gracias cuando se les socorría.
Las cifras son impresionantes. Tras la explosión, de una ciudad de unos 245.000 habitantes entonces, cerca de 100.000 habían muerto y otros 100.000 estaban heridos. Muchos de esos heridos murieron en los primeros días por la imposibilidad de atenderlos. De unos 150 médicos en la ciudad, 65 murieron y muchos más estaban heridos, de 1.780 enfermeras, 1.654 murieron o estaban demasiado heridas para trabajar. De noventa mil edificios, sesenta mil fueron destruidos. Una cicatriz de 6 km2 se extendía en el antiguo centro de la ciudad, donde solamente quedaban en pie algunos edificios, con la famosa estructura de acero del Museo de la Ciencia y de la Industria como testigo.
Nadie sabía qué había sucedido. La bomba era un fenómeno nuevo. Se decía, con increíble delicadeza, apunta Hershey, que había sido una Molotoffano hanakago, una canasta de flores Molotov, de bombas de dispersión automática. O que los aviones habían arrojado gasolina y luego habían prendido fuego a la ciudad. El 7 de agosto por la mañana, la radio japonesa emitió una breve nota sobre el ataque, en la que se hablaba de un nuevo tipo de bomba y se decía que “los detalles estaban siendo investigados”. Poca gente en Hiroshima la escuchó, ni tampoco que el 9 de agosto una nueva bomba se había arrojado sobre Nagasaki. La radio informaba lo mínimo. Aunque los científicos y militares japoneses a los pocos días ya sabían de qué se trataba. El 15 de agosto el propio emperador Hirohito en persona anunciaba en un mensaje radiofónico la rendición del país. Por primera vez, los japoneses escucharon, sobrecogidos, la voz de su emperador.
La catástrofe se ha prolongado durante décadas, como cuenta Hershey. Muchos supervivientes (hibakushas) empezaron a sufrir los síntomas de la radiotoxemia, la enfermedad provocada por la exposición a la radiación. Durante varios años, la administración estadounidense restringió la información y la posibilidad de estudiar el tema. También el gobierno japonés tardó tiempo (hasta 1957, presionado por las radiaciones sufridas por unos pescadores por otra explosión atómica en Bikini) en disponer de unas ayudas especiales para los damnificados de Hiroshima. Entretanto y hasta hoy, Hiroshima se ha convertido en un símbolo de la lucha contra la barbarie de la guerra y por una cultura de la paz.
Este libro, con una traducción mejorable, por cierto, es un espléndido testimonio de ese compromiso.