XXII Congreso Mundial de Filosofía del Derecho y Filosofía Social. Derecho y Justicia en una sociedad globalizada
XXII Congreso Mundial de Filosofía
del Derecho y Filosofía Social.
Derecho y Justicia en una sociedad globalizada
(Página Abierta, 161, julio de 2005)

Del 24 al 29 de mayo se celebró en Granada el XXII Congreso Mundial de Filosofía del Derecho y Filosofía Social, convocado por la IVR (Asociación Internacional de Filosofía del Derecho) y organizado por el Departamento de Filosofía del Derecho de la Universidad de Granada, que dirige Nicolás López Calera.
El tema principal del Congreso era “Derecho y Justicia en una sociedad globalizada”, y sobre él versaron las intervenciones de las sesiones plenarias y algunas de las comunicaciones debatidas en los grupos de trabajo establecidos a propósito de ese tema. Además de estas sesiones y grupos de trabajo, se crearon otros con diferentes asuntos relacionados con el pensamiento jurídico-político.
Jürgen Habermas fue el encargado de inaugurar el Congreso y lo hizo con una conferencia que tituló “¿Es aún posible el proyecto kantiano de constitucionalización del derecho internacional?”.
En las siguientes sesiones plenarias intervinieron David Held, con “Los principios del orden cosmopolita”; Francisco Laporta: “Globalización e imperio de la ley. Un texto provisional para el debate con algunas dudas y perplejidades de un viejo westfaliano”; Will Kymlicka: “Las bases morales y las funciones geopolíticas de las normas internacionales de los derechos de las minorías”; Nancy Fraser: “Redefiniendo el concepto de justicia en un mundo globalizado”; Gunther Teubner: “Sociedad global-justicia fragmentada: sobre la violación de los derechos humanos por actores transnacionales ‘privados”; Iris Young: “Responsabilidad y justicia global: un modelo de conexión social”; William Twining: “Jurisprudencia universal”; Itaru Shimazu: “Las decisiones individuales y colectivas: concepto del derecho y cambio social”; Luigi Ferrajoli: “La crisis de la democracia en la era de la globalización”; Boaventura de Sousa Santos: “El uso contrahegemónico del derecho en la lucha por una globalización desde abajo”; Juan Ramón Capella: “La globalización ante una encrucijada político-jurídica”; Neil Mac Cormick: “El proceso constitucional europeo: una visión teórica”; Uma Narayan: “Colonialismo, género, sector laboral informal y justicia social”; Agustín Squella: “¿Quedan preguntas para la Filosofía del Derecho en un mundo globalizado?”.
De las sesiones plenarias, tres estaban consideradas como “especiales”. Una de ellas sirvió de homenaje a Norberto Bobbio, y en ella intervinieron Celso Lafer, Richard Bellamy, Luigi Ferrajoli, Michelangelo Bovero, Alfonso Ruiz Miguel, y fue moderada por Elías Díaz. Otra consistía en un debate entre Joseph Ratz (al final hubo de ser sustituido por estar enfermo) y Robert Alexy sobre teoría del Derecho, moderado por Carl Wellman. Y la tercera, la de clausura, estuvo dedicada a la Lectura del Trabajo de Investigación Premio IVR, trabajo realizado por Hirohide Takikawa, quien intervino con una ponencia titulada “¿Podemos justificar el Estado de Bienestar en la era de la globalización? Hacia las fronteras complejas”. 
El éxito internacional tan grande que ha tenido –unas 950 personas asistentes, que se desplazaron de todo el mundo, y la presencia de tan destacadas figuras de la filosofía y las ciencias sociales– contrasta con la casi nula acogida de este Congreso como tal en los grandes medios de comunicación. Un acontecimiento y una capacidad organizativa de tal envergadura que bien mereció mayor atención pública.

Declaración de Granada sobre la globalización

El desarrollo de las relaciones económicas, políticas, sociales y culturales ha adquirido en las últimas décadas una dimensión que se eleva por encima de las fronteras entre los Estados e ignora las divisiones administrativas y políticas que se han establecido entre los pueblos. Transportadas por los medios de comunicación, por las nuevas tecnologías de la información, por las redes económicas y los flujos de personas, las acciones y decisiones de cada uno, por remotas que sean, pueden llegar a afectar la vida y el destino de poblaciones lejanas en cualquier lugar de la geografía del planeta. Somos agentes activos y pasivos en el gran río de las interacciones de la sociedad mundial.
Para expresar esa nueva realidad utilizamos genéricamente el término “globalización”, aunque no debemos olvidar que se trata de un complejo entramado de creciente extensión e intensidad que presenta multitud de caras y facetas. Hay una globalización económica, que es ante todo globalización de los mercados financieros y expansión del mercado internacional de bienes, servicios y trabajadores. Estamos, evidentemente, ante una economía transnacional que en gran medida escapa al control de los poderes de los Estados. Pero no se trata sólo de un fenómeno económico. Hay una globalización de las pautas culturales, una globalización de los efectos medioambientales, una globalización de las comunicaciones, y también una globalización de las inseguridades y las luchas.
Sabemos que esa compleja multiplicación de los intercambios ha dado como resultado el incremento del bienestar económico y la riqueza cultural en grandes segmentos de la población mundial, pero somos también testigos de que, a su lado, una pavorosa realidad de sufrimiento, incultura y marginación atenaza a millones de seres humanos. La carencia de alimentos, la falta de acceso al agua potable, las enfermedades endémicas, el analfabetismo y las supersticiones conforman el horizonte vital de pueblos enteros. Las relaciones económicas globales entre países, grandes corporaciones y agentes económicos de todo tipo van con frecuencia escoltadas por la especulación financiera sin control, la explotación inicua de los trabajadores, la persistencia y el incremento de la ocupación de niños en labores extenuantes, la discriminación de la mujer y el despojo a pueblos enteros de parte de su riqueza natural mediante corrupciones y sobornos a autoridades políticas ilegítimas. También observamos crecientes amenazas al medio ambiente, explotación irracional de los recursos naturales y un consumo incontrolado del patrimonio irremplazable del entorno natural.
La sociedad globalizada es, pues, una sociedad mal estructurada y con efectos perversos sobre centenares de millones de seres humanos. Puede, por ello, hablarse también, siguiendo la terminología acuñada, de “injusticias globales”. Nadie puede dudar de que son esas injusticias y desajustes sociales los que dan lugar a flujos incesantes de inmigrantes que, empujados por la extrema necesidad, tratan de ingresar una y otra vez y contra toda esperanza en países extraños y hostiles que, sin embargo, les ofrecen una posibilidad remota de sobrevivir con dignidad.
La invasión imparable de mensajes y comunicaciones de toda naturaleza a través de las redes informáticas, con sus maravillosos logros culturales y científicos, no puede ocultar tampoco que, enajenados ante una cultura extraña, miles de seres humanos vuelven su rostro hacia sus tradiciones y creencias en busca de un refugio que se torna a veces en intolerancia étnica, nacionalismo agresivo y fundamentalismo religioso, con el patente incremento de la tensión en las relaciones internacionales y la eventual aparición del terrorismo y la guerra.
El nuevo sistema de relaciones económicas, sociales y culturales demanda un orden internacional nuevo. La globalización es también un proceso social con falta de control y regulación, conducido frecuentemente por poderes de escasa o nula legitimidad democrática. Hasta ahora los poderes de los Estados nacionales, al menos los Estados desarrollados, habían logrado ciertos niveles de justicia social. El desbordamiento de las fronteras nacionales y la existencia de problemas humanos graves que ya no pueden encontrar solución en el marco estatal exigen una gobernanza y unos poderes más efectivos y, sobre todo, más legítimos. La globalización es un fenómeno nuevo que ha colocado otra vez a la sociedad internacional en una especie de estado de naturaleza que necesita ser sometido a regulación. El paradigma de la democracia estatal se ha hecho insuficiente pese a que los Estados siguen siendo protagonistas del orden internacional y pueden todavía actuar eficazmente para frenar esos efectos perversos del nuevo sistema de relaciones económicas, políticas, sociales y culturales que se hacen realidad más allá de las fronteras estatales. Las pautas de derecho y justicia que son invocadas en las relaciones internacionales aumentan cada día su complejidad y su diversidad, pero no aciertan a incrementar su fuerza. Los organismos internacionales que las animan son incapaces de imponerlas, y sus discursos son cada vez más meras exhortaciones mientras la realidad de los intercambios internacionales tiende a hacerse imprevisible y anómica y crecen en ella la injusticia y la desigualdad. Además, los poderes e instituciones internacionales sufren de carencias democráticas graves. Hay que fortalecer y dotar de mayor legitimidad a las instituciones internacionales vigentes, tanto las estrictamente políticas como las económicas, y crear otras nuevas que sean capaces de aminorar las debilidades de los Estados democráticos ante estas nuevas situaciones sociales. Las organizaciones no gubernamentales y los grupos e individuos que conforman la sociedad civil global están cumpliendo un importante papel en la denuncia de esta realidad, pero no pueden ir mucho más allá.
Nos sentimos en el deber de hacer una llamada a nuestros Gobiernos y nuestros conciudadanos, a las organizaciones internacionales y a las grandes instituciones globales, en favor de una actitud nueva y decidida para incorporar la libertad y la igualdad como valores básicos de los seres humanos, y para que todas las dimensiones de la globalización estén sometidas a las exigencias del imperio de la ley, de una ley que sea cada vez más voluntad general y no sólo voluntad de unos pocos. El gran reto de este siglo XXI es configurar un orden mundial nuevo en el que los derechos humanos constituyan realmente la base del derecho y la política.

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Firman esta declaración: Jürgen Habermas, David Held, Will Kymlicka, Francisco J. Laporta, Nicolás López Calera, Manuel Atienza, William Twining, Robert Alexy, Luigi Ferrajoli, Elías Díaz, Boaventura de Sousa Santos, Neil MacCormick, Paolo Comanducci, Zhan Wenxian, Uma Narayan, Larry May y otros 200 participantes en el XXII Congreso Mundial de Filosofía Jurídica y Social, reunido en Granada entre el 24 y el 29 de mayo para analizar los problemas del derecho y la justicia en una sociedad global.