Gabriel Flores
La Cina è vicina: enigmas y rompecabezas
de la globalización
La revaluación del yuan (renminbi) frente al dólar y la flexibilización de la política cambiaria aprobadas por las autoridades chinas a finales del pasado mes de julio pueden servirnos de pretexto para observar aspectos de la globalización que permanecen casi siempre en la penumbra y para conocer algo más sobre los intensos y complejos desequilibrios e interrelaciones que alimenta la mundialización de la economía. El acercamiento a esos aspectos obligará a realizar algún rodeo, pero permitirá contemplar la globalización desde un ángulo esclarecedor y poco frecuentado.
Comprobaremos como China se ha convertido en uno de los actores principales de la globalización o, dicho de otro modo, cómo la mundialización ha hecho que China esté hoy mucho más próxima que en los tiempos de una vieja película, La Cina è vicina, que jugaba en su título con la cercanía e influencia del lejano país. Lo que ocurre hoy en la economía china repercute directamente en las economías del mundo occidental desarrollado.
Un dato significativo de ese mayor protagonismo de China es su creciente peso en la economía mundial. En 1968, el año en el que se estrenó la película de Marco Bellocchio, la República Popular China estaba completamente desconectada de los mercados mundiales y su peso económico representaba tan sólo un 2% del valor de los bienes que se producían en todo el mundo. Casi cuarenta años después, su capacidad productiva alcanza un 14% de la producción mundial y su peso en el comercio mundial de bienes manufacturados y de mercancías sólo es claramente superado por EE.UU. y por la UE. Un éxito enorme y excepcional que ha permitido a la economía china crecer desde 1968 a una tasa media anual del 9% y duplicar su producto cada 8 años.
Un éxito que, aclaremos, no es patrimonio de ningún sistema económico: ni de unas relaciones de producción capitalistas sometidas todavía a una fuerte regulación del Estado ni de un hipotético sistema socialista o “sistema económico de socialismo de mercado” que permite la coexistencia entre un todavía mayoritario sector público y cientos de miles de empresas extranjeras que generan una parte importante y creciente del producto y que venden su producción en los mercados mundiales. Y decimos hipotético porque algo sabemos de la muy desigual distribución social y territorial de ese crecimiento, del carácter autoritario de la toma de decisiones y de las relaciones de poder, de la falta de libertad o del escaso respeto por los derechos humanos. Y ese algo es suficiente para afirmar su incompatibilidad con cualquier modalidad de sistema socialista.
Algunos enigmas de la economía mundial
y posibles explicaciones
Comencemos por señalar unos cuantos enigmas de la actual coyuntura económica mundial y otras tantas posibles explicaciones que guardan relación con lo que está ocurriendo en la economía china.
Primer enigma: los altos precios del petróleo -en crecimiento lento desde principios de 2002 y mucho más acelerado desde 2004, hasta situarse el pasado mes de agosto en la cota más alta de los últimos 25 años- han sido compatibles1 con una de las fases de mayor dinamismo de la economía mundial en ese mismo periodo.
Segundo enigma: el fuerte crecimiento de la economía mundial y los altos y crecientes precios del petróleo han coexistido también con niveles muy bajos de inflación.
Tercer enigma: la economía estadounidense genera unos enormes desequilibrios exterior y público al tiempo que el dólar mantiene su cotización y las autoridades económicas norteamericanas no tienen ninguna dificultad para obtener con facilidad y a bajo coste la financiación necesaria para hacer frente a los déficit.
Veamos cómo lo que ocurre en la economía china contribuye a que buena parte de esos enigmas empiecen a ser comprensibles.
Los antecedentes históricos más cercanos al fuerte crecimiento de los precios del petróleo de los últimos años (sólo en 2005, ese crecimiento ha llegado a superar el 60%) hay que situarlos en las explosiones que experimentaron en 1973 y en 1979, años en los que se produjo un recorte de la oferta de petróleo por parte de los países exportadores, con las inevitables consecuencias de estancamiento de las economías desarrolladas, fuerte inflación y transferencia de rentas desde los países ricos a los países miembros de la OPEP. La situación actual es bien diferente, en lugar de un shock de oferta existe una expansión prolongada de la demanda de petróleo provocada, además de por factores geopolíticos, por el fuerte crecimiento económico estadounidense, chino y de otros países asiáticos. Los países de la OPEP no han recortado su producción, simplemente tienen grandes dificultades para atender el fuerte crecimiento de la demanda. La insuficiente oferta de petróleo y, en mayor medida, de carburantes no ha impedido ni impide a corto plazo2 el crecimiento de la economía mundial, sólo limita la continuidad de las altas tasas de crecimiento que se han alcanzado en los últimos años.
A diferencia de lo que ocurrió en los años setenta, los altos precios del petróleo han repercutido hasta ahora en escasa cuantía3 en los índices generales precios que cuantifican la inflación. Los factores relevantes que explicarían este segundo enigma son mucho más variados que en el caso del primero y, entre ellos, China sólo ocupa un papel secundario. Entre esas causas que podrían ayudar a comprender esa escasa incidencia en el aumento de los precios de consumo habría que mencionar la prioridad otorgada a la lucha contra la inflación por parte de los gobiernos y autoridades económicas de todo el mundo, la creciente eficacia de la política monetaria en conseguir un crecimiento moderado y previsible de los precios o, por señalar sólo algunas de las más importantes, la apuesta que la mayoría de sindicatos ha hecho por la moderación salarial. Apuesta que, en parte, ha sido voluntaria, porque tienen mayor confianza en que las políticas antiinflacionistas son más eficaces que en el pasado, y consciente, porque han renunciado a alentar la carrera entre precios y salarios que tantas veces terminó con la victoria de los márgenes empresariales. Pero esa apuesta ha sido también obligada, porque la patronal cuenta ahora con algunas cartas de las que no disponía en los años setenta: la primera carta es la desarticulación de los mercados laborales provocada por sucesivas modificaciones normativas y por los cambios productivos, tecnológicos y de gestión acontecidos en las últimas décadas; la segunda, es la presión ejercida por la inmigración sobre los salarios y las condiciones laborales en los trabajos que exigen menor cualificación; la tercera, el temor a perder puestos de trabajo por la vía directa de las deslocalizaciones (traslado de empresas a países que ofrecen mayores incentivos y ventajas, permiten reducir costes y garantizan mayor rentabilidad) o a través de decisiones empresariales con menor impacto mediático, de reducción de la producción como consecuencia del incremento de la competitividad entre empresas del mismo grupo empresarial que producen similares artículos con parecidos riesgos pero muy diferentes márgenes de beneficio según estén instaladas en economías desarrolladas o emergentes; y la cuarta carta, la pérdida de los mercados en los que la competencia se basa en los precios a manos de los países con costes laborales significativamente más bajos. Y es precisamente en el reparto de esas cartas donde la economía china juega un papel relevante, tanto por la competencia de sus exportaciones en los mercados occidentales como por las ventajas que ofrece a los capitales productivos extranjeros que se instalan en su territorio.
En el caso de los países pertenecientes a la zona euro hay que mencionar otro factor muy importante en el mantenimiento de bajas tasas de inflación: la fortaleza del euro frente al dólar, que desde mediados de 2001 se venía depreciando y sólo en los últimos meses ha conseguido recuperar una parte pequeña del valor perdido frente al euro, ha perjudicado a las exportaciones europeas pero ha permitido amortiguar parte del crecimiento del precio del petróleo y que su repercusión sobre la inflación en la UE haya sido muy pequeña hasta la fecha.
Si en la explicación del primer enigma, ¿por qué el aumento de los precios del petróleo y el crecimiento económico han sido compatibles?, el factor chino tiene un papel de coprotagonista y en el del segundo, ¿por qué el crecimiento de los precios del petróleo no ha provocado hasta ahora inflación?, un papel secundario; en el caso del tercer enigma, China tiene un papel estelar.
En efecto, sin la compra masiva de bonos del Tesoro norteamericano por parte de las autoridades chinas (también de otras economías asiáticas y, secundariamente, de la propia UE) no se podría entender ni el mantenimiento de la cotización del dólar ni la facilidad y el bajo coste con los que EE.UU. consigue financiar sus elevados déficit. ¡El mundo al revés! Un país todavía pobre, China, utiliza de forma “antieconómica” (muy poco beneficiosa frente a otras posibles utilizaciones alternativas que generarían rentas mucho mayores) su muy importante superávit exterior en dólares para comprar bonos norteamericanos, con los que obtiene intereses muy bajos, y financiar con esos préstamos baratos que concede a EE.UU. una parte notable del crecimiento y del bienestar que disfruta el país más rico del mundo.
Apresurémonos a decir que desequilibrios de la envergadura del déficit exterior norteamericano y, como contrapartida, del superávit chino pueden ser beneficiosos, de hecho lo han sido, para el crecimiento económico de ambas partes; pero no pueden sostenerse durante mucho más tiempo o, de prolongarse, exigirán ajustes cambiarios (fuerte depreciación del dólar), monetarios (incremento de los tipos de interés y de los precios) y productivos (estancamiento económico y pérdida de empleos) cada vez mayores y que no sólo afectarían a la economía estadounidense sino también, y más intensamente, a la economía china y a la economía mundial. Más aún si las autoridades norteamericanas llegasen a aplicar las medidas proteccionistas de sus mercados con las que llevan tiempo amenazando a sus socios comerciales.
Añadamos, por si acaso, que lo que hacen las autoridades económicas chinas no es necedad (como podría parecer la utilización de esos dólares para financiar el alto consumo de los ciudadanos norteamericanos, en lugar de dedicarlos a mejorar el bienestar de la población china o a renovar la base productiva de la economía china) ni una estratagema (engordar las contradicciones de la economía estadounidense para que, cuando estallen, mantengan postergado durante años o décadas al tigre de papel) Es simple y puro pragmatismo, que permite financiar la demanda estadounidense de productos chinos, acompañado de una dosis, quizás decisiva, de fortuna.
Buscado conscientemente o encontrado casualmente, las autoridades chinas han comprobado que su sistema cambiario (que ha funcionado, de hecho, desde 1997 con un cambio fijo próximo a 8,28 yuanes por 1 dólar) ha servido de protección frente a las crisis cambiarias y financieras que sacudieron a economías vecinas en 1997-1998 y que su política de compra masiva de dólares y de inversión en bonos norteamericanos ha permitido que el yuan permanezca infravalorado y, como consecuencia, la fuerte expansión de sus exportaciones y el importante superávit comercial que mantiene con EE.UU. A la economía china le ha ido relativamente bien con esa política (muy bien en cuanto a tasas de crecimiento y regular en la modernización de su tejido económico nacional, al que no ha sabido vincular con los sectores más dinámicos del capital productivo extranjero) y es lógico que la haya mantenido y que haya resistido las presiones estadounidenses y comunitarias. Hasta que el pasado 21 de julio aprobó una pequeña reevaluación del 2,1% del yuan frente al dólar (hasta situar el tipo de cambio en 8,11 yuanes por 1 dólar) y estableció cierto margen de flotación de su moneda con una pequeña banda diaria de fluctuación del 0,3% con el dólar (y del 1,5% respecto a una cesta de monedas que incluye al euro y al yen, aunque no conocemos todavía la ponderación de cada una de las monedas que componen esa cesta) Queda por ver si esa decisión es un gesto4, más o menos aislado, para la galería de los que presionan desde hace tiempo en esa dirección o es el primer paso de una modificación de la política cambiaria5 que pudiera permitir la apreciación paulatina del yuan que le exigen sus principales socios comerciales (en una cuantía superior al 10% a lo largo del próximo año o año y medio) y contribuir a la corrección del grave desequilibrio exterior estadounidense.
Relaciones entre el yuan y el dólar
La continuidad en el movimiento de apreciación del yuan respecto al dólar es, más que probable, prácticamente inevitable. El problema no es, por tanto, si se apreciará el yuan sino el ritmo al que lo hará y qué cuantía final alcanzará dicha apreciación. Las líneas que siguen están dedicadas a explicar y sostener estas dos afirmaciones. Sin embargo, no debe descartarse totalmente un movimiento coyuntural de depreciación del yuan en el caso de que llegara a afirmarse un escenario de ralentización económica junto a una masiva salida de China de los capitales especulativos que apostaron en los últimos meses por una fuerte e inmediata reevaluación del yuan.
El interés estadounidense pasa por una apreciación suave del yuan (y, por tanto, por una depreciación suave del dólar) que permita la desaceleración progresiva de la demanda estadounidense y que los necesarios ajustes que deberán sufrir algunos sectores de la economía norteamericana se prolonguen en el tiempo y permitan a los más afectados adaptarse a la nueva situación y encajar los inevitables costes sin grandes problemas, aunque podrían llegar a ser relativamente importantes en las empresas y trabajos más dependientes de la evolución de la demanda interna.
El interés de la economía china requiere que el curso de la apreciación del yuan sea estable y previsible, menos intenso que el que desean las autoridades estadounidenses y que, al final del proceso, el yuan mantenga cierto grado de infravaloración frente al dólar para facilitar que sus exportaciones sigan creciendo, aunque a un ritmo menor. Si consigue esos objetivos, China podría consolidar un ritmo de crecimiento económico más pausado pero compatible con un mayor equilibrio exterior y con una mayor atención a la mejora de su sistema bancario y a la modernización de los sectores productivos dependientes de la demanda interna y de las regiones a las que no se filtra el dinamismo de los polos de crecimiento costeros en los que se concentran los capitales productivos extranjeros.
No existe una contradicción insalvable entre los intereses de ambas partes. Sólo es necesario que actúe la política y que el buen gobierno y la cooperación entre ambas partes prevalezcan en ese proceso para que el ajuste, en lugar de en un factor de crisis o ralentización grave del crecimiento económico mundial, se produzca con crecimiento económico global.
¿Qué papel debería jugar el mercado en este proceso de apreciación del yuan y depreciación del dólar? ¿Qué pasaría si esa inevitable corrección de los tipos de cambio fuese realizada exclusivamente por los mercados de divisas? Pues, muy probablemente, una apreciación brusca del yuan que podría llegar al 15% e incluso, según algunos especialistas, superar dicho porcentaje; tanto más intensa cuanto más se retrase la necesaria corrección de su cotización y más se prolonguen los desequilibrios actuales de la economía estadounidense.
Las consecuencias de esa abrupta depreciación del dólar frente al yuan serían bastante negativas para EE.UU. y mucho más graves para la economía china. En efecto, la depreciación intensa y repentina del dólar ocasionaría una disminución de sus importaciones procedentes de China que equilibraría rápidamente la balanza comercial estadounidense, pero a costa de sufrir una caída notable de su demanda interna y de las actuales tasas de crecimiento, un encarecimiento de la financiación de su deuda pública y un aumento de la presión para subir los tipos de interés con los consiguientes efectos desfavorables sobre la inflación y el crecimiento que podrían sumir al mundo en una profunda crisis económica.
Al contrario de lo que sostiene la secta de los adoradores del mercado (al que consideran un pequeño o gran dios que no puede equivocarse y que siempre actúa de forma acertada y eficiente), las soluciones de mercado no son siempre las más convenientes. A veces, como ocurriría en el caso que nos ocupa, serían poco razonables y completamente inapropiadas, ya que lejos de solucionar los problemas y desequilibrios de la economía mundial, los agravaría.
Topamos así con un problema central del actual proceso de globalización económica: la expansión de los mercados y de las relaciones mercantiles no cuenta con instituciones mundiales que permitan su gestión; más aún, los principales actores de la mundialización –los gobiernos de los países más poderosos, los grandes grupos multinacionales y las organizaciones económicas, financieras y comerciales internacionales- facilitan la extensión y el dominio de una ideología contraria a cualquier tipo de intervención en las relaciones económicas y en los mercados que obstaculiza la construcción de las instituciones mundiales y la definición de las políticas que permitirían gestionar los desajustes globales, tratar con transparencia los intereses contradictorios que generan y repartir más equitativamente los costes que provoca la mundialización y que actualmente acaban golpeando especialmente a las economías más atrasadas, con menos capacidad para competir en los mercados globales, y a los sectores sociales con menores recursos.
Pero volvamos por un momento a la economía china. Sus problemas, no tienen solución desde la política cambiaria6, aunque podrían agravarse si las autoridades chinas realizan un mal gobierno de ese inevitable proceso de apreciación del yuan frente al dólar en el que están obligatoriamente embarcadas. Esto es así, porque los problemas centrales de la economía china están relacionados con la coexistencia entre un cada vez más numeroso, moderno y decisivo tejido empresarial vinculado al capital extranjero y a los grandes conglomerados multinacionales y una mayoritaria y atrasada estructura económica pública volcada en el mercado nacional. Las autoridades chinas no han acertado hasta ahora con las políticas y las formas de superar la desconexión entre ambos sectores, alentando el establecimiento de relaciones productivas, comerciales y tecnológicas que pudieran dinamizar y modernizar el tejido económico nacional. Para ello sería necesario, entre otras cosas, que pudieran dedicar una parte importante de su superávit comercial a financiar ese proceso modernizador.
El modelo de crecimiento que ha funcionado hasta ahora en China, basado en las exportaciones de las empresas de propiedad extranjera que se ven favorecidas por la infravaloración del yuan y por la estabilidad y la protección que les proporciona la estrecha vinculación del yuan al dólar, debería bascular hacia un modelo más complejo y equilibrado en el que la demanda interna y la modernización del tejido productivo nacional fuesen debidamente potenciados. La economía china no necesita la revalorización del yuan frente al dólar. Es la situación de la economía estadounidense la que requiere esa apreciación y la que obliga a las autoridades chinas a tomar decisiones en esa dirección; pero las autoridades chinas tienen en sus manos –a diferencia de la mayoría de las economías poco o nada desarrolladas del mundo y gracias al poder que le otorga el tamaño de su población, su potencial económico, su capacidad militar y su influencia en la región- la posibilidad de transformar esa necesidad en virtud, conseguir que el curso de apreciación de su moneda se adapte y sirva al crecimiento equilibrado de la economía china, no de la estadounidense, y transitar hacia un nuevo patrón de crecimiento menos acelerado que en el pasado y que permita aumentar el bienestar de la mayoría de la población, modernizar su aparato productivo e intentar que no siga aumentando la desarticulación social, territorial y económica del país.
Nota final
En el análisis de la globalización y de los actuales desequilibrios de la economía mundial, como en tantos otros asuntos, de poco valen frases hechas, simplificaciones o latiguillos ideológicos. Ninguna causa global puede ayudarnos a explicar todo sobre la mundialización económica o a comprender los factores claves de su evolución. Ni siquiera las ideas brillantes que permiten recomponer o explicar razonablemente algunas parcelas de ese monumental rompecabezas que es la globalización pueden suplir la imprescindible tarea de recopilar datos, formular y contrastar hipótesis en las que encajen esos datos y analizar aspectos contradictorios que permitan un avance progresivo y provisional del conocimiento de los procesos de integración económica e internacionalización productiva. Procesos económicos que, conviene remarcarlo, no son fenómenos de la naturaleza sino el resultado de la actividad humana y, por tanto, moldeables por la acción política e influenciables por los poderosos intereses sociales, nacionales y económicos que se juegan mucho con las transformaciones en curso. Y procesos que, no olvidemos, forman parte de una contradictoria dinámica integradora que se concreta en diversos movimientos y aspectos culturales, sociales, políticos, ecológicos, institucionales y, como los que aquí nos han ocupado, económicos.
ANEXO: ¿Y el euro?
Puede que alguien, tras leer antes las tensas relaciones (cambiarias) entre el yuan y el dólar, tenga cierta curiosidad en saber qué papel juega el euro en todo este asunto y qué incidencia tendrá la evolución de los tipos de cambio en las economías comunitarias. Este anexo intenta responder a ese interés. Nos referiremos únicamente, para no marear entendederas, a tres cuestiones de las muchas que tienen importancia o alguna relevancia en este tema.
Primera cuestión. Los intereses de las economías de la eurozona son parcialmente coincidentes con los estadounidenses, ya que también esperan que continúe la apreciación del yuan respecto al euro7, pero el objetivo principal de las economías de la eurozona en los temas cambiarios es que el dólar se aprecie8 respecto al euro. Una apreciación paulatina que continuase la acontecida en el segundo trimestre de 2005, causada por muchos factores entre los que es obligado mencionar el mayor crecimiento y los más altos tipos de interés de la economía norteamericana y, en menor medida aunque haya sido muy utilizada políticamente, por el no de Francia y Holanda al Tratado constitucional y el consiguiente desconcierto en el que se ha instalado el proceso de construcción de la unidad europea. Esa apreciación del dólar permitiría aumentar progresivamente las exportaciones comunitarias hacia los mercados del dólar y que los países centrales de la Unión Europea enfrentasen en mejores condiciones, gracias al aumento de la demanda externa, la actual atonía9 de su crecimiento. Como contrapartida, la depreciación del euro ocasionaría que los altos precios del petróleo, de seguir en los niveles actuales, se concretasen en una mayor inflación.
El problema es que los factores que impulsan la apreciación del dólar respecto al euro chocan con, al menos, dos importantes obstáculos. Por un lado, el superávit comercial del conjunto de la eurozona10 presiona para que el euro siga estando sobrevalorado. Y por otro lado, quizás el más importante, el fuerte déficit exterior norteamericano exige para su corrección que el dólar se mantenga depreciado frente al euro.
Conviene reiterar que gestionar ese difícil problema y encontrar una solución que posibilite una corrección adecuada de los desequilibrios de la economía mundial requeriría la existencia de instituciones multilaterales capaces de aplicar los acuerdos alcanzados. De lo contrario, se corre el riesgo de que el ajuste de los desequilibrios internacionales que realicen los mercados de divisas sea el camino más directo hacia una recesión mundial.
Segunda cuestión. No todas las economías de la unión monetaria (mucho menos las de los nuevos miembros de la UE) tienen necesidades similares ni enfrentan los mismos riesgos. Aunque el tipo de cambio nominal del euro con el dólar es, como no podía ser de otro modo, el mismo en todos los países de la eurozona, las relativamente importantes diferencias en las tasas de inflación y el diferente peso que tienen en el comercio exterior de cada país los mercados vinculados al dólar hacen que, por ejemplo, las exportaciones españolas se hayan resentido más que las alemanas. Además, en el comercio bilateral entre ambos países, los productos españoles también pierden competitividad y mercados, dado que los precios crecen más en España que en Alemania. Por ello, entre otras muchas cuestiones que apuntan a una menor capacidad competitiva, la posición de la economía española es mucho más frágil y vulnerable que la de la mayoría de sus socios de la zona euro.
Y tercera cuestión. En la UE existen importantes problemas institucionales que no favorecen el buen gobierno de los asuntos cambiarios y monetarios. Problemas relacionados con los principios y políticas ultraliberales (el Pacto de estabilidad y crecimiento, incluso tras su flexibilización, o el escaso peso de los recursos financieros puestos al servicio de la cohesión) que siguen predominando en la UE, a pesar del revolcón sufrido a manos de los electores franceses y holandeses en el referéndum sobre el Tratado constitucional, y problemas que se ven ampliados por la gestión de un organismo, el Banco Central Europeo (BCE), independiente de todo poder político e inmune a las presiones de instancias gubernamentales de carácter estatal o comunitario, que tiene en sus manos la competencia exclusiva de las políticas monetaria y cambiaria.
El BCE, amparado en sus estatutos y en los principios neoliberales que inspiraron su constitución y que predominan en su seno, desarrolla una política de no intervención en asuntos cambiarios y mantiene como objetivo casi exclusivo la estabilidad de precios en el conjunto de la UE. Sobre esos cimientos, el BCE no es capaz ni pretende atender las diferentes necesidades de las economías de la eurozona (precario crecimiento en los países centrales e inflación en el sur) y no puede ni sabe gestionar de forma más equilibrada las decisiones encaminadas a mantener baja la inflación con las orientadas a impulsar el crecimiento que requieren las economías que actúan de locomotoras del crecimiento económico en la UE. La depreciación del euro respecto al dólar en el 2005 ha reforzado las resistencias del BCE a reducir los tipos de interés, reducción que podría suponer una pequeña ayuda al crecimiento de los países centrales de la eurozona sin arriesgar el objetivo de baja inflación en el conjunto de la UE. Con esta actitud, el BCE confirma que su prioridad y objetivo exclusivo es la estabilidad de precios y, de paso, se guarda un as en la manga que utilizará a corto plazo -cuando, como es bastante probable, no llegue a afirmarse una situación de mayor dinamismo en las economías comunitarias- para reiterar que el problema del escaso crecimiento en la UE nada tiene que ver con su actuación ni con su política monetaria, sino que es consecuencia de la irresponsabilidad de los gobiernos de los países socios que no se atreven a desarrollar las reformas estructurales (desregulación de los mercados laborales, reforma de los sistemas de pensiones, reducción de la presión fiscal, aligeramiento de los gastos sociales del sector público y un largo etcétera de reformas en la misma onda antisocial ) que permitirían liberar la oferta agregada y aumentar la competitividad europea.
¡Y en esas estamos! A la espera de que los malos resultados económicos de la UE se prolonguen, cosa bastante previsible, y permitan a las fuerzas ultraliberales ganar tiempo (y, si es posible, elecciones), lanzar su enésima campaña de desgaste contra el Estado de bienestar11 y que el retroceso de los bienes y servicios públicos permita ampliar el campo de los negocios, impulsar la iniciativa privada y multiplicar los beneficios empresariales.
NOTAS:
El FMI, por ejemplo, ha estimado la incompatibilidad entre crecimiento económico y precios del petróleo: un aumento en los precios internacionales del petróleo de 10 dólares por barril ocasiona al año siguiente una reducción de 0,6 puntos porcentuales en el crecimiento de la economía mundial
2 A medio y largo plazo, el carácter no reproducible y limitado de los yacimientos de petróleo y los nefastos y acumulativos efectos de los carburantes sobre el medio ambiente y el clima suponen un límite insalvable para el actual modelo de consumo. Pero en el corto plazo, que es el que aquí nos ocupa, el Banco Central Europeo señala en su Boletín de septiembre que "los últimos indicadores conocidos muestran que el crecimiento económico de la zona euro mejorará en la segunda mitad del año". En el mismo sentido, recientes previsiones del BCE revisan a la baja el crecimiento del PIB de este año en la zona euro en apenas una décima (prevé una nueva horquilla de entre el 1% y el 1,6%) y, al alza, entre una y tres décimas, el crecimiento de la inflación en 2005 (con una nueva horquilla de entre el 2,1% y el 2,3%). También las previsiones de crecimiento económico sobre las que descansa el proyecto de Presupuestos Generales del Estado para 2006 que ha presentado el ministro Solbes es de un 3,3%, similar al de 2005, sobre la base de un precio medio del barril de petróleo brent de 55 dólares.
3 Que en el último año la subida incontrolada de los precios del petróleo no haya supuesto una restricción para el crecimiento de la economía mundial ni haya provocado un impulso importante de la inflación, no significa que en el futuro, si se mantiene el alto nivel actual de los precios del petróleo y de los productos refinados, vaya a suceder lo mismo. Por el contrario, lo normal sería que precios por encima de 60 dólares el barril acaben ocasionando, de prolongarse, una disminución del ritmo de crecimiento económico y una aceleración de la inflación.
4 De hecho, tras dos meses de funcionamiento del nuevo régimen cambiario, el 22 de septiembre, el cambio se situó en 8,0881 yuanes por dólar tras una exigua apreciación respecto al dólar de un par de décimas. No parece, por tanto, que la flexibilización del sistema cambiario haya permitido hasta ahora una modificación significativa del precio del yuan en dólares.
5 Recientemente, el pasado 23 de septiembre de 2005, las autoridades económicas chinas aumentaron la banda de fluctuación diaria del yuan, desde el 1,5% al 3%, respecto a la cesta de monedas de referencia, pero siguen manteniendo que la oscilación diaria del yuan respecto al dólar no supere el 0,3%. También aumentaron la banda de fluctuación del yuan respecto al dólar para las transacciones minoristas en metálico, del 1% al 4%.
6 Algo parecido cabría decir de la economía estadounidense y de los graves desequilibrios de la economía mundial que, antes que con políticas y regímenes cambiarios, tienen que ver con las fuerzas económicas que alimentan la expansión mundial de los mercados en beneficio de las grandes corporaciones multinacionales y de los capitales financieros y con la ausencia de instituciones multilaterales capaces de regular esa expansión. Mientras tales cosas ocurran, la política cambiaria sólo podrá tener un modesto papel en la corrección de esos desequilibrios.
7 Entre abril y julio de 2005 el yuan ha acumulado una apreciación respecto al euro del 9,2%, pero esa tendencia se rompe en el mes de agosto, con una depreciación del yuan respecto al euro del 0,6%.
8 Tras la tendencia que domina entre los años 2001 y 2004, ambos inclusive, de depreciación del dólar respecto al euro, a partir de abril de 2005 se invierte la tendencia y el dólar se aprecia respecto al euro en un 8,7% en cuatro meses, pero en los recientes meses de agosto y parte de septiembre el dólar ha vuelto a depreciarse en un 2,2% respecto al euro.
9Es discutible que una simple modificación cambiaria pueda tener un efecto importante sobre el crecimiento económico a medio y largo plazo. Los cambios en los patrones de comercio internacional, el aumento de los flujos internacionales de capital y la globalización de los mercados y de la producción internacional han incrementado las relaciones comerciales y financieras entre empresas del mismo grupo empresarial situadas en países diferentes y, con ello, han reducido sustancialmente la influencia de los ajustes cambiarios en la solución de los desequilibrios comerciales internacionales.
10 No es ese el caso de la economía española, que presenta un fuerte y creciente déficit corriente que en el primer semestre de 2005 alcanzó un nuevo récord, al situarse muy cerca del 7,5% del PIB, y supera con holgura el déficit estadounidense.
11 Los próximos 27 y 28 de octubre tendremos ocasión de comprobar en el Consejo Europeo informal que se celebrará en Hampton Court, junto a Londres, cómo se desarrolla el debate sobre el futuro del modelo social europeo propuesto por el primer ministro británico Tony Blair. Antes que un imposible acuerdo sobre las reformas a desarrollar, podremos calibrar los argumentos que esgrimen la mayoría de los Estados miembros en defensa de la reforma de sus políticas de protección social y cómo relacionan esa reforma con el aumento de la competitividad y con la necesidad de “abordar el desafío de la globalización”. |
|