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Gemma Zabaleta
Construyendo la esperanza
(Hika, 167-168 zka. 2005ko ekaina/uztaila)
Escribo esta reflexión tan sólo unas horas después de haberse conocido el comunicado de ETA en el que declara detener sus acciones contra los cargos públicos electos. Y lo hago no sólo aliviada por un comprensible y humano sentimiento personal, sino motivada por lo que considero un esperanzador paso hacia un camino que quiero no tenga retorno.
Hoy más que nunca pienso en todos los que han caído, en la desolación de tantas vidas arrebatadas a los suyos; pero especialmente pienso en los vivos, para que ninguno más pueda ser presa de una actividad armada que no conduce a ninguna parte.
El comunicado, por lo menos hasta la hora presente, se desenvuelve entre valoraciones frías y políticamente correctas. Forma parte de la liturgia de la política. Creo que la mayoría de la sociedad, de las personas de buena fe creen que es un paso positivo, una buena noticia para ver un día el fin de la violencia, pero la política parece no permitirse poder decirlo. Como si alegrarse de la tregua en Cataluña, o el cese de las amenazas a los concejales fuese una miserable connivencia con quienes infringen el daño.
Tantos años de violencia han causado mucho más daño que arrebatar la vida de un hombre o de una mujer, siendo eso gravísimo. Han militarizado las conciencias y contaminado plenamente el debate político. Por eso no sólo hemos tenido secuestradas las libertades físicas, sino las de pensamiento.
Es necesario, por lo tanto, desplazarse del bucle lingüístico y teórico en el que se mueve el discurso oficial y analizar las cosas que están ocurriendo en una perspectiva diacrónica, y no al filo de las coyunturas, para que los contextos nos sirvan y no sólo de meros pretextos.
Hasta ahora los contextos nos servían para justificar los hechos. Una Ley de Partidos, que no existiría si Batasuna hubiera condenado la violencia de ETA; una política de dispersión de presos que tiene su razón de ser en la persistencia de ETA; una acción armada, violenta y cruel por parte de ETA basada en la reclamada falta de soberanía del pueblo vasco. El mantenimiento de las posiciones de cada cual sólo perpetúa los diabólicos contextos del dolor. Un inmovilismo que sólo beneficia a quienes pueden estar interesados en perpetuar el dolor, el sufrimiento y el conflicto.
Pero las cosas que están ocurriendo en los últimos tiempos nos permiten alumbrar luces de cambio, entre las sombras, luces que son esperanza. Porque la propuesta hecha pública por Batasuna el 14 de Noviembre en el velódromo de Anoeta fue considerada por el Gobierno español, entre otros, como un paso, aunque no el paso definitivo.
Porque el acuerdo parlamentario en el Congreso de los Diputados, firmado por todos los partidos políticos a excepción del PP, en el que se alude a una solución dialogada, si previamente cesan las armas, ha sido considerado también como un paso por parte de la izquierda abertzale.
Porque el comunicado de ETA del 18 de junio, puede considerarse por la sociedad en general como un paso, aunque no el definitivo ni el que esperamos. Posiblemente todos esperamos más de los demás, pero tenemos que considerar que algo se filtra entre el inmovilismo, que fluye algo parecido a un hilo de esperanza.
Y son esos pasos, hoy tímidos, los que pueden consolidar condiciones que promuevan el cambio de unos contextos que sólo han eternizado la violencia y que nos permiten rebelarnos ante la inercia de los contextos.
Para cambiarlos, creo que son necesarios algunos factores que actúen como principios activos: primero y fundamental, profundas convicciones democráticas que sustenten el logro de la paz como una prioridad política, más allá de las suertes electorales. Sólo profundas convicciones democráticas son capaces de traspasar las enormes dificultades del cambio, y convertirlas en más interesantes que las propias dificultades.
Y por otra parte, sustituir los métodos clásicos de entender las negociaciones, basadas siempre en la acumulación de fuerzas, por los métodos inéditos de la inteligencia, la diplomacia y la persuasión. Eso significa cambiar las reglas de la negociación.
No creo que por acumular más capacidad de generar terror se negocie hoy mejor con un gobierno, sino todo lo contrario, abandonando la violencia; de la misma manera que en el terreno de la política ya no caben negaciones a las demandas políticas que pudieran derivarse de la expresión libre y democrática de la mayoría de la sociedad vasca.
Ambas estrategias basadas en la acumulación de fuerzas están en mi opinión agotadas; deben reabrirse fórmulas de negociación basadas en la inteligencia y en la persuasión; en el valor de la palabra, que es seguro parte de la solución.
Vivimos, por ello, un tiempo que suelo denominar como delicado, un tiempo que hay que proteger con responsabilidad. Han pasado muchos años, y creo que sería conveniente constatar certezas, y se me ocurren algunas: que la izquierda abertzale no va a desaparecer a pesar de las ilegalizaciones; que será difícil acabar con ETA si no renuncia a las armas, porque a nadie se le oculta que a pesar de la situación de mayor o menor actividad de ETA, es relativamente fácil matar; y que el Estado, cualquier estado, no va a ceder al chantaje terrorista. Vistas así las cosas, podemos seguir como hasta ahora o aprovechar las oportunidades.
Y la propuesta de Anoeta, realizada por Batasuna, lo es, no sólo porque es una propuesta incompatible con la violencia, sino porque delimita claramente el escenario del diálogo político y el del desarme. Y la respuesta del Gobierno a la izquierda abertzale indicando que si callan las armas el Gobierno hará todos los esfuerzos por la paz, tiene un poderosísimo valor, aumentado tras el respaldo dado por todas las fuerzas políticas a excepción del Partido Popular.
Tras más de un cuarto de siglo desde el final del franquismo, la violencia de ETA y el encaje definitivo de Euskadi en el Estado, al igual que el del resto de las nacionalidades históricas, siguen siendo asignaturas pendientes de la democracia española. Una democracia que debe de seguir intentando perfeccionarse, porque puede ser un camino de ida y de vuelta, de avances y retrocesos.
Lograr ese encaje definitivo con respeto escrupuloso a las reglas de la democracia, nunca será un precio a pagar por tantos años de sufrimiento. El precio ya lo venimos pagando por mantener ambos frentes abiertos.
Es verdad que hay quienes se preparan incluso para un escenario post-ETA, negando la posibilidad de debatir de cuestiones políticas porque se han hallado contaminadas por la violencia. La mayor derrota política del terrorismo es refrendar cualquier proyecto político si lo apoya la mayoría de la sociedad. O lo que es lo mismo, la voluntad mayoritaria del pueblo vasco expresada libre y democráticamente tiene que tener su reflejo en el ordenamiento jurídico de cada momento. Eso es, para mí, la democracia es incompatible con el terrorismo y la violencia.
Eso es abrir los cauces a la persuasión política y a la palabra, y no a la imposición, y menos a la imposición armada.
Pero para ello hace falta reaccionar contra el inmovilismo, contra un pasado que nos hace dependientes a todos de nuestra historia; mirar al futuro sin prejuicios, con confianza en la sociedad, en la democracia, sin miedo. No hay más miedo que permanecer igual.
Como tantas veces, la historia avanza tras debatirse entre el inmovilismo y el cambio. El inmovilismo otorga una seguridad que es peligrosa, y el cambio un vértigo esperanzador. Yo creo que ha llegado el cambio. Por eso merece la pena ir forjando la esperanza.
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Gemma Zabaleta es parlamentaria del PSE-EE por Gipuzkoa
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