Iñaki Urdanibia

Auschwitz 1945-2005
(Hika, 163 zka. 2005ko otsaila)

“En los primeros días de enero de 1945, bajo el empuje del Ejército Rojo, ya cercano, los alemanes habían evacuado apresuradamente la cuenca minera silesiana... La primera patrulla rusa avistó el campo hacia mediodía del 27 de enero de 1945”, con tales palabras comienza La tregua de Primo Levi, quien vivió el último año de existencia de aquel siniestro campo de muerte, experiencia que le sirvió para escribir Si esto es un hombre y posteriormente, cuarenta años después, volver sobre ello en Los hundidos y los salvados. Cuatro jinetes eran, como los del Apocalipsis, los jóvenes soldados que llegaron en primer lugar a Auschwitz y tras cruzar las alambradas asistieron con cara de estupefacción y asco al espectáculo de “los cadáveres descompuestos, a los barracones destruidos y a los pocos vivos que allí estaban”.

Nadie pone en duda lo relatado; mas lo que sí se ha solido poner en duda es la manera de causar las muertes (más de un millón solamente en aquel lugar), responsabilizando, única y exclusivamente, a la enfermedad y al hambre, excluyendo cualquier voluntad premeditada -y organizada hasta el más milimétrico detalle dentro de una lógica de “locura geométrica” que era la oximorónica forma de conducirse de los nazis- excluyendo, de paso, cualquier voluntad de exterminar. El falsario Faurisson -como calificase Paul Veyne a este afamado negacionista- y sus epígonos se han empeñado en quitar hierro (¡humo y gas!) al asunto, como hoy todavía lo hace el fascista Le Pen -torturador orgulloso en Argelia- al afirmar con asqueroso desparpajo que la ocupación nazi “no ha sido particularmente inhumana”, continuación de lo que dijese hace casi una veintena de años acerca de las cámaras de gas, “punto de detalle de la historia de la segunda guerra mundial”.

Junto a tales corrientes revisionistas de la realidad que tratan de aminorar la magnitud de la masacre, hay otras posturas menos estridentes que también luchan contra la verdad y el recuerdo; de asesinos de la memoria hablaba Pierre Vidal-Naquet. Olvidar como si fuese una cuestión irrelevante, como si fuese de mal gusto sacar a relucir semejante ignominia, no se va a andar sacando a pasear cosas de hace tanto tiempo...; u otro modo de lo mismo representaría recurrir a tal nombre propio ante cualquier brutalidad cometida en cualquier parte del mundo, con lo cual se minimiza lo sucedido allá, o se pone a la altura de cualquier violencia en general; qué no decir cuando se asocial tal nombre, cum grano salis, a la situación de acoso y muerte a que se ven sometidos, un día sí y otro también, los palestinos por sus colonizadores vecinos. Sin poner en duda con lo dicho el derecho -y hasta la conveniencia- a ser antisionista (anticolonialista...) por pura cuestión de democracia, y a preguntarse cómo un pueblo que ha sufrido tanto pueda hacer sufrir tan brutal, desmedida e insesiblemente a sus vecinos.

El nombre propio del que hablo ha pasado a ser algo más que el simple lugar geográfico de Polonia en el que estaban ubicados los campos de concentración y exterminio (Auschwitz I, Auschwitz II-Birkenau, y Auschwitz III-Monowitz) y en el que hubo más de un millón de muertos -asesinados mejor- por el hambre provocada, por la enfermedad producto de la animalización sistemática de los detenidos, por la selección -de quienes no eran aptos como mano de obra supuestamente productiva- para la muerte directa del gas y la chimenea (los guardianes se permitían decir a los recién llegados, “no saldréis de aquí más que por la chimenea”), por el agotamiento producido por un trabajo sin porqué(más que para castigar por siempre, y hacer sentir a los recluidos que no eran personas, ni seres creativos, sino seres despojados de humanidad que no hacían más que las tareas brutales y mecánicas que les ordenaban los kapos... como describe -y analiza- fenomenalmente Bruno Bettelheim). Valga como ejemplo de lo anterior, el recuerdo del ya nombrado Primo Levi de la historia de Auschwitz III, que es donde él estuvo encerrado, como campo que se creó junto a las industrias químicas IG Farben, la Buna, con el fin de crear caucho sintético... en los cuatro años de funcionamiento ni un solo miligramo de tal producto -ni de ningún otro- se creó en dicha fábrica. “Arbeit mach frei” (“el trabajo hace libre”) que constaba en la fachada de tal lugar.

Mas como decía, el nombre propio al que se dedica este comentario, además de significar lo ya dicho va mucho más allá, viene a ser el símbolo del universo concentracionario, por utilizar la acertada expresión de David Rousset, o de la monstruosa obra maestra del odio que dijese Vladimir Jankélévich; o la plasmación del mal radical, consecuencia de la banalización del mal que se dio en aquellos años oscuros en Alemania, en palabras de Hannah Arendt. No sólo el número de muertos es lo que cuenta y le hace diferente; tampoco el grado de brutalidad y sadismo, con ser abominable (ya la execrable historia del colonialismo había dejado terribles muestras genocidas con los indios americanos, los armenios, etc., como ha diseccionado con tino Enzo Traverso); ni el aprovechamiento de la técnica -bastante rudimentaria por cierto, barriles de Ziklon B, tubos de escape de camiones...- combinada con los sistemas de organización industrial capitalista (alumnos aplicados de los maestros Ford y Taylor) dedicados a producir la muerte al por mayor y en serie con todo lo espeluznante que ello resulte; o las técnicas de deshumanización generalizada, los ensayos “eugenésicos”, el ensayo generalizado por borrar de la vida a todo un pueblo (aparte de judíos, claro está que otros fueron liquidados: detenidos políticos, comunes, gitanos, extranjeros, Testigos de Jehová, etc., etc., etc.)... El nombre propio Auschwitz es todo esto y es más... “es el intento de negación del crimen dentro del crimen mismo” del que ha solido hablar el clarividente Vidal-Naquet: no hay ni muertos, ni pruebas, ni culpables de lo sucedido.

Si hablaba Adorno de la imposibilidad de escribir después de Auschwitz -desdiciéndose posteriormente ante los versos dolorosos, entrecortados y balbuceantes del superviviente Paul Celan-, muchos son los que afortunadamente se han acercado a tal asunto, en el campo literario (ahí están los Antelme, Améry, Debos, Kerstez, Cayrol, Semprún, y muchos más escritores del desastre de los que hablase Maurice Blanchot, y que bordeaban la misma topología del horror y los acantilados de la infamia humana) fuente de inspiración también para el quehacer filosófico (Adorno y Horkheimer, Lévinas, Hans Jonas, Jankélévich, los existencialistas, Agamben, Bauman, Derrida o Lyotard que señalaba tal nombre como signo del fracaso de la metanarrativa especulativa que hundía sus raíces en aquel hegeliano “lo real es racional, y lo racional es real”)... afortunadamente -y hoy más que nunca cuando se cumplen sesenta años de la liberación del campo- muchos serán todavía los que seguirán ahondando en este abismo de barbarie irrepresentable, siguiendo la necesaria propuesta de Adorno en su Dialéctica negativa, “Hitler ha impuesto a los hombres un nuevo imperativo categórico para su actual estado de esclavitud: el de orientar su pensamiento y su acción de modo que Auschwitz no se repita, que no vuelva a ocurrir nada semejante”. Nie mehr! ¡Nunca más!