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Iosu Perales
Imanol kantaria
(Hika, 157 zka. 2004ko uztaila)
Denunció públicamente el asesinato de Dolores Katarain “Yoyes” y lo pagó caro. Desde ese momento se vio obligado a actuar de una determinada manera. Tal vez yendo más allá de lo que él tenía pensado, como si la vida gobernara sus actos un poco a su pesar. Pero, paradójicamente, las rutas de la propia coherencia son con frecuencia así, compuestas de sufrimiento, de soledad, ingobernables. Desde que recibiera las primeras amenazas él sabía que no había camino de regreso, pues no podía traicionarse. El resultado fue un alejamiento rápido y traumático del mundo en que había vivido desde su juventud en el barrio del Antiguo; ese mundo que celebró su primer disco firmado con el seudónimo de Mixel Etxegaray y que nos llegó de París con toda la carga mágica de la clandestinidad. Inició entonces una vida militante que hizo del cantante una herramienta privilegiada para expresar su dolor y su protesta. Pero no por ello dejó de ser un referente de nuestra música, últimamente un poco anacrónico como tantos otros nombres de artistas vascos, magníficos, desplazados por los nuevos tiempos.
Imanol Larzabal fue un pionero a la hora de incorporar otros idiomas, con naturalidad, a la música vasca. Hay quienes ven en ello una razón para la crítica, pero yo creo que, al contrario, ello fue un paso necesario para normalizar nuestra pluralidad cultural y para hacer que el euskara dialogara con otras lenguas en un ámbito universal. Es justamente lo que ahora aplaudimos en Kepa Junkera, esa presentación de nuestra cultura al mundo. Por otra parte su voz era única. No hay más que escuchar Lau Aizeetara para llenarnos de su voz.
Creo que en Imanol, más allá de las discrepancias ideológicas, encontramos a un hombre moral, a una buena persona que no se quiso callar cuando muchos lo hicimos. Si acertó o no en los modos y en las compañías que desde entonces tuvo, no lo sé, ni me importa. En todo caso ejerció su derecho a elegir en legítima defensa. Tampoco importa si en los últimos tiempos sus ideas políticas eran nacionales o no, pues su libertad no era de nadie más.
Escucho Ausencia (2000) conduciendo por la estrecha carretera de la cornisa, entre Hendaia y Sokoa. El mar a la izquierda debajo de los acantilados y las praderas y más allá los bosquecillos a la derecha. En un lugar así cabe todo el mundo y la voz de Imanol me devuelve al pasado y a la melancolía. Cuando regrese a casa escribiré esta nota. Por un tipo que merece respeto.
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