| Joseba Arregi
El nudo gordiano
(El Correo, 1 de julio de 2004)
No son pocos los que piensan en la sociedad vasca que algunos planteamientos políticos terminarán imponiéndose no por la fuerza de los argumentos, ni siquiera por la fuerza de la mayoría, sino por el cansancio de los que piensan de otra forma. Ante el 'insistencialismo' de Elkarri y el 'diálogo hasta el amanecer' del lehendakari, muchos han echado la toalla. No es que se hayan ido a dormir, sino que están a punto de hacer mutis por el foro, a punto de abandonar el escenario.
Parece que algún tipo de desenlace se avecina, entre tanta insistencia y tanto cansancio: el plan Ibarretxe se pone, el próximo otoño, a votación en el Parlamento vasco. No es aprobado. El nacionalismo acusa a PP y PSOE de estar en el 'no' al lado de Sozialista Abertzaleak. Y a partir de ese bloqueo, en la primavera del año próximo se convocan las elecciones autonómicas con carácter plebiscitario, pues el nacionalismo vasco los convertirá en un sí o no al plan que no ha obtenido la mayoría en el Parlamento vasco. El nacionalismo vasco obtiene en esas próximas elecciones la mayoría de la representación parlamentaria y desde esa mayoría se planta ante 'el Estado', obligando a éste a negociar desde la debilidad de ser minoritario en la sociedad vasca en cuanto Estado español.
Ésa es la verdadera superación del marco estatutario: sustituir la institucionalización de la sociedad vasca por pacto interno entre diferentes por una institucionalización desde la mayoría nacionalista. Todas las demás figuras argumentativas son de adorno: el derecho de autodeterminación, la cosoberanía, lo que se lleva o deja de llevar en Europa, el diálogo, el consenso, la paz, el valor del cambio aplicado a los marcos jurídicos, todo es discutible, todo es defendible, en democracia no hay por qué renunciar a nada. Nada de todo esto importa realmente. Lo que importa es poder definir institucionalmente la sociedad vasca sólo desde la mayoría nacionalista.
Ése es el momento de la verdad, ése es el punto de pureza original, ése es el comienzo incondicionado de la historia, ése el producto del diálogo sin límites ni condiciones, ése el acto de constitución del sujeto político vasco nacionalista. No es cuestión de reformar la Constitución española, pues ese sujeto no tiene cabida en ella. No es cuestión de reformar el Estatuto, sino de sustituirlo por otro tipo de marco. La verdadera cuestión es ser, en el mismo plano que el sujeto político de la Constitución española, y a partir de esa igualdad, porque el mundo actual es muy complicado, porque las relaciones económicas son como son, porque no se quiere quedar fuera de Europa, ofrecer una relación preferencial con el Estado, haciendo como que se comparte algo, lo mínimo para que la impresión se sostenga, pero sin que ese mínimo suponga menoscabo de la autoconstitución del sujeto político vasco en clave nacionalista.
Ése es el verdadero sentido de la reclamación del reconocimiento de la plurinacionalidad, algo que constitucionalmente es imposible. La reclamación del Estado plurinacional no es una mera declaración, sino que, concretada en detalles de poder de autogobierno, es todo menos la declaración expresa de independencia, por las razones indicadas hace un momento.
Ante este planteamiento la cuestión política por excelencia a subrayar es la de la libertad de los ciudadanos vascos, especialmente de aquellos que no se sienten exclusivamente pertenecientes a la nación vasca, sin dejar por ello de ser vascos. Porque en la Constitución española, aunque muchos pretendan hoy que no existe ningún tipo de reconocimiento de Euskadi, del pueblo vasco, de la nacionalidad vasca, existe una limitación importante del sujeto político español: se reconocen nacionalidades distintas a la nación española, se reconocen lenguas distintas al español, se reconocen poderes importantes distintos del poder central, se ofrecen a quienes se sienten vascos instituciones con un alto grado de poder de autogobierno, con símbolos propios, con capacidad legislativa, con competencia legislativa en cuestiones fiscales, con capacidad de desarrollar medios de comunicación propios, y sobre todo con instituciones propias, actualización de instituciones históricas y continuidad de las mismas: juntas generales, diputaciones forales, Parlamento vasco, Gobierno vasco.
Se trata de una forma de resolver el problema: Euskadi existe en la Constitución española, existe un reconocimiento de la nación vasca en la Constitución española, un reconocimiento que no alcanza, porque se trataría de un imposible, a reconocer el derecho a dicha nación vasca de contar con un Estado propio. En este caso la Constitución española se estaría ahorcando a sí misma. Pero existe un reconocimiento muy amplio de la diferencia vasca, que incluso se puede afinar aún más.
En el caso del plan de Ibarretxe, que camina hacia una definición de la sociedad vasca como nación desde la exclusiva mayoría nacionalista vasca, ¿qué reconocimiento hay, en la práctica, de derechos y de instituciones, de la diferencia y de la pluralidad interna a la sociedad vasca en lo que al sentimiento de pertenencia se refiere? ¿Qué significa el pacto de convivencia con el Estado que ofrece el plan Ibarretxe para aquéllos que se sienten también pertenecientes a ese ámbito que es España sin necesidad de pacto alguno, porque se sienten y se saben pertenecientes a él como una evidencia? ¿Tienen que pactar como vascos que son consigo mismos como españoles que también son? ¿Cómo lo institucionaliza el plan Ibarretxe, si la definición institucional de la sociedad vasca se fundamenta exclusivamente en la mayoría nacionalista?
Más de un analista ha recordado que las constituciones no son simples acuerdos basados en el principio de mayoría. Son pactos previos entre personas, grupos, partidos, corrientes y movimientos que representan proyectos políticos distintos -porque representan identidades distintas, o intereses diversos-, que una vez acordados se presentan, de forma conjunta, a la sociedad a refrendo. Una vez refrendado por mayoría el pacto, que lo suele ser habitualmente por mayorías amplísimas, puede empezar a funcionar el principio de mayoría para el ejercicio de lo acordado de otra forma. Conviene recordarlo una y otra vez.
Más de un nacionalista dirá algo que se escucha incesantemente: nosotros hemos presentado un proyecto. Que los demás presenten el suyo y ya llegaremos a algún acuerdo, pero no puede haber acuerdo si los demás no se prestan a presentar sus proyectos. Dejando de lado que quienes así argumentan son los mismos que dicen estar dispuestos al diálogo y a la negociación sin límites, pero sin renunciar a nada, ese planteamiento tiene dos puntos débiles. En primer lugar, no acepta que el Estatuto existente sea un proyecto que pueda servir de discusión. Ellos lo dan por muerto, para ellos es inservible, la necesidad de algo nuevo debe ser dogma para todos. Si no, no hay acuerdo posible. Y argumentando así están tomando decisiones, o las quieren tomar, siguiendo con el uso del poder que les concede eso que han declarado muerto. Y al mismo tiempo están disponiendo de algo que no es sólo suyo, sino de todos los que lo pactaron y aprobaron.
En segundo lugar, es preciso que quienes defienden el plan Ibarretxe digan por qué hace falta algo distinto al Estatuto de Gernika, el Estatuto contra el que se han dirigido todos los ataques del terrorismo de ETA. ¿Para que ETA deje de matar? ¿Para ampliar el consenso en el que se basó el Estatuto de Gernika, del que quedaron fuera ETA y sus representantes políticos, es decir, la violencia terrorista y quienes no la han querido condenar nunca? ¿Porque el nacionalismo se equivocó en Estella, por segunda vez, como recuerda José Luis de la Granja, y ahora hay que legitimar, blanquear a posteriori aquella apuesta sin sentido? ¿Porque para blanquear aquella actuación el nacionalismo tiene que asumir ahora la tesis de la no validez del Estatuto de Gernika defendida con violencia por ETA desde el comienzo? ¿Para ampliar el marco de competencias, sin intención de anular la pluralidad de ámbitos de decisión de la que depende la libertad de los ciudadanos vacos, o para constituir el sujeto político vasco sin pacto interno, sin las ataduras, sin los compromisos de reconocer que muchos vascos no se entienden sin una complejidad de sentimientos de pertenencia?
El discurso de que el Estado español es un Estado complejo se ha convertido en moneda corriente. A esa complejidad responde la Constitución española con una construcción compleja del sujeto político, con una compleja estructura territorial del poder, incorporando tensiones importantes en su propia estructura. ¿Cómo se responde a una sociedad compleja como la vasca desde una definición de mayoría exclusivamente nacionalista? Ésa es la pregunta. Ése el nudo gordiano de la cuestión, dejando de lado los adornos y los discursos para la galería.
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