José Ignacio Calleja

Sociedad, Iglesia y Estado

(El Correo, 9 de agosto de 2004)

Corre el verano, aprieta el calor y, como suele decirse vulgarmente, a estas alturas de la película, ¿quién está ya para cavilaciones? Y, sin embargo, el revuelo ideológico y moral sigue en todo su esplendor. Parecería que urge fortalecer las trincheras antes de colgar el cartel de 'cerrado por vacaciones'. Esta vez la cosa va de moral, de la doctrina moral de la Iglesia, por un lado, y de los derechos civiles de los ciudadanos, por otro, en una sociedad plural, democrática y laica.
Me pareció esclarecedor cierto comentario que, en este mismo diario, apelaba a cómo «una sociedad laica no puede basar su actuación en la mera afirmación de su autonomía respecto de las 'intromisiones externas', sino que ha de sopesar y defender racionalmente las alternativas con razonamientos de ética laica. Pasar, en suma, del anticlericalismo al 'laicismo', y dotarse de un cuerpo de convicciones autónomas que sean capaces de orientar, de manera justa y digna, la vida en común. Sólo de esta forma podrá la sociedad española hacer frente con éxito a las 'intromisiones' ilegítimas de un poder que, como el de la Iglesia, se resiste a renunciar a la hegemonía que durante demasiado tiempo ha ejercido sobre su pensamiento». Los subrayados son míos. El texto me pareció esclarecedor porque, entre otras razones, es la hora de que nos recuerden que apenas si se han producido verdaderas reflexiones en clave de moral laica.
Hay, sin embargo, algunas cuestiones que me gustaría traer a colación y que echo en falta casi siempre en la reflexión moral moderna. Intentaré no ponerme pesado y abstracto, siquiera sea por mor del verano. Sólo intento añadir un punto de equilibrio al debate.
En primer lugar, sería importante reconocer que la Iglesia es sociedad civil. No es Estado, pero sí es sociedad. Así que, según esta observación, cada vez que hablemos de la sociedad como de algo absolutamente distinto a la Iglesia, de alguna manera estamos falseando las cosas. También la Iglesia tiene que aprender y reconocer esto. Ella es sociedad civil, participa de esa sociedad en igualdad de derechos y deberes. Y lo hace en igualdad en cuanto a su pretensión de verdad. En cuanto parte de la sociedad civil, su propuesta moral es perfectamente legítima, pero por ser sociedad civil y al hablar como parte de ella, su palabra moral tiene que ser humana, argumentada, razonada; no puede ser otra cosa; una palabra moral que no tiene nada que temer ni imponer en el diálogo cívico; una palabra que al hacerse pública entra en la plaza con sus argumentos y conclusiones. Dispuesta y expuesta a todo. Es la ley de la ciudad. Nadie puede evitarla ni olvidarla.
Cuando la Iglesia quiere hablar moralmente en cuanto Iglesia de Jesucristo, recurriendo al argumento de la fe, tiene derecho por mor de la libertad de expresión y religiosa, pero debe reconocer que hace una propuesta religiosa, que directamente incumbe a los creyentes atenderla y que los demás ciudadanos sólo pueden valorarla en términos de argumentación de ética laica. La Iglesia no puede presentar todo esto en una mezcla indiferenciada, porque entonces nadie sabe cuándo está anunciando el Evangelio, cuándo está proclamando la doctrina moral de la fe y cuándo está esforzándose en dar razón, sólo con la razón, de lo que es objeto del debate moral público. No parece tan difícil, pero seguramente lo es. De esta confusión surgen muchos problemas, como es que los ciudadanos, políticos y filósofos, todos, den por hecho que la Iglesia, la teología, no puede aportar al debate moral nada que no sea prejuicio, dogma y credo: 'intromisiones externas', las llaman; 'interferencias y abusos, prejuicios y tabúes', dicen otros.
Pues que conste en acta: la moral cristiana puede y debe desarrollarse como argumentación moral significativa y comprensible, y si no lo hace, se falla a sí mima. Ella es teología y ética a la vez, en un doble recorrido diferente, pero 'coherente y convergente'. Por eso está en condiciones de entrar en el debate ético con igual libertad y dignidad en su razonamiento que cualquier otra tradición moral, religiosa o filosófica. Ella está perfectamente capacitada para participar de la laicidad y hacerlo laicamente. Y, a la vez, ella desarrolla su especificidad creyente y, como tal, la da a conocer a todos, pero sin ocultar, entonces, que está hablando desde la fe, apelando a su inspiración y convocado a su libre aceptación. Cuando la fe se hace moral concreta y norma precisa, o lo puede razonar, y así lo contará y apelará al reconocimiento por todos en libertad, o no hablamos de exigencias morales precisas, sino de exigencias evangélicas que los creyentes estimamos en más, pero que, estrictamente hablando, no son moral. Por tanto, nada hay en la fe que, necesariamente, amenace a la laicidad o la pervierta. Habrá conflictos, claro está, pero siempre superables. En la laicidad, sin duda; en el 'laicismo', es otra cosa. Pero el 'laicismo', a mi juicio, tiene visos de ser otra religión.
La segunda observación viene ya de camino. El Estado tiene como interlocutor a la sociedad, a toda la sociedad, y a la Iglesia en ella. En cuanto a ésta, la tendrá en cuenta por lo que represente en el concierto social como aportación a una moral civil, es decir, común, laica y abierta. El Estado la tendrá en cuenta, a través de esa moral civil, como tendrá en cuenta, y es su deber, las aportaciones morales de una sociedad plural, democrática y secular. El Estado, así, no es el interlocutor de la Iglesia, en representación de la sociedad civil, sino que la sociedad democrática entera, y la Iglesia en ella, es la interlocutora moral del Estado. Estado que es neutral en cuanto a la diversidad de propuestas morales, pero nunca neutro, porque el humus de los derechos humanos y el procedimiento democrático le son irrenunciables. El Estado necesita de una moral civil para inspirar sus leyes, y reclama de todos sus ciudadanos, de la sociedad civil, que se la brinden, civilizadamente, argumentativamente, democráticamente. La Iglesia verá la forma, dentro de la sociedad y en igualdad con todos, para dejar su huella humana, razonada, y democrática, en ese proceso.
En suma, la Iglesia es sociedad, ella debe aprender a ser sociedad civil y, al aprender, respetar y exigir. El Estado es Estado, él debe aprender a ser sólo Estado: el Estado de una sociedad soberana. La sociedad civil es sociedad de todos, ella también debe aprender a ser fuente última de una soberanía civilizada.
Eran dos ideas por ver si es posible mejorar la condición cívica de la Iglesia, la condición civilizada de la sociedad y la condición servidora del Estado.