Josetxo Fagoaga
Quincena Musical de San
Sebastián.
Música y guerra
(Hika, 169zka. 2005ko iraila).
La inclusión en la programación de la recientemente clausurada Quincena Musical de un ciclo titulado Acordes de paz y guerra, colocado bajo el signo del 60 aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial, nos ha permitido acercarnos a tres obras mayores de ese fenómeno artístico llamado genéricamente, y de manera bien imprecisa, música clásica o, lo que todavía es peor, música culta, como si las demás fuesen incultas. Se llame como se llame, y el que todavía, después de tantos siglos de existencia, no tenga un nombre apropiado no deja de revelar que existe algún problema con este género musical, la programación de Un superviviente en Varsovia de Arnold Schonberg, la Sinfonía número 7 ‘Leningrado’ de Dimitri Shostakovich y el Réquiem de guerra de Benjamín Britten (dentro del ciclo también se ha programado la versión de concierto de la ópera Fidelio de Ludwig van Beethoven, pero su conexión con la Guerra Mundial es obviamente mucho más indirecta) ha mostrado una faceta que no suele ni manifestarse ni ser debidamente valorada de este género musical, cual es el de su relación con la vida social.
Demasiadas veces da la impresión de que la música clásica es un género intemporal, propio de públicos superelitistas, que están muy por encima del bien y del mal; y, desde luego, una ojeada al público que asiste muy mayoritariamente a los conciertos del Kursaal, si miramos sólo la edad media, hace sospechar que algo raro pasa, ya que la escasez de personal joven clama al cielo.
Sin embargo, esto no es así o, al menos, no tiene por qué serlo. La música clásica puede ser portadora de todo tipo de vivencias y transmitir las más diversas emociones. Y hacerlo de una manera enérgica y conmovedora. Y este ciclo es una muestra de ello.
Un superviviente en Varsovia, deSchonberg, se estructura sobre las declaraciones, transcritas casi literalmente, y que un recitador va desgranando, de un superviviente de la represión nazi del levantamiento del gueto de Varsovia, con el que el autor había hablado. La voz del recitador (dramática y musicalmente modulada) reposa sobre y se entrecruza con la actuación de un coro masculino y una bien nutrida orquesta. El estricto dodecafonismo sobre el que se apoya la armonía de la obra contribuye no poco a reforzar el clima inquietante y oscuro de la narración, cuyo sentido de fondo es, si se sigue el texto que recita el narrador, impresionante y conmovedor.
Más compleja y ambigua es la interpretación de la 7ª Sinfonía de Shostakovich, compuesta entre 1941 y 1942, que está dedicada a Leningrado, en cuya defensa frente a las tropas alemanas participó, en calidad de bombero, su autor. Se trata, como subraya su primer movimiento, atravesado casi todo el por el persistente redoble del tambor, de una sinfonía de guerra, heróica, de propaganda hasta cierto punto. Y funcionó así: su estreno en EE.UU. concitó gran expectación y se vivió como un símbolo de la unidad antinazi. Sin embargo, muchos años después, al escribir sus memorias, el autor confesaría que más que la Leningrado de la guerra, en su recuerdo estaba la Leningrado justamente anterior a la guerra, cuando tras el acuerdo germano-soviético, amplios sectores de políticos e intelectuales sufrieron una feroz persecución por parte de Estado soviético. Naturalmente, es difícil saber qué es lo que había en el espíritu de esta obra que, si bien no está entre lo más logrado de su autor, sí es una de las más populares. Y con razón, ya que desborda dinamismo y potencia.
El Réquiem de guerra de Benjamín Britten es, para un servidor, sin duda, la más hermosa y emocionante de las tres obras programadas. El juego argumental, textual, contextual y sonoro que el autor despliega impresiona, y toca de una manera muy eficaz las fibras más sensibles de nuestra conciencia. La personalidad de Britten es notable por más de un concepto: pacifista radical (se declaró objetor en la Gran Bretaña de la Guerra Mundial, y tuvo que emigrar), poco hizo por ocultar su orientación homosexual y, además, como es lógico, fue un gran músico. El Réquiem, compuesto para la inauguración de la catedral de Coventry destruida por los bombardeos nazis durante la guerra, parte del texto de misa de réquiem tradicional, y es interpretado por una gran orquesta, unos nutridos coros y una soprano a los que dan réplica un tenor y un barítono, los cuales, acompañados de una pequeña orquesta de cámara situada a un lado del escenario, cantan unos textos basados en poemas de Wilfred Owen, un poeta pacifista inglés muerto en el frente en 1915, durante la Primera Guerra Mundial.
El contraste entre el texto oficial de la misa de réquiem, llamando a la resignación, la sumisión y a la esperanza en el otro mundo, y los airados versos de Owen que claman contra los crímenes que entrañan todas las guerras y llaman a la reconciliación entre los bandos enemigos (“Yo soy, amigo mío, el enemigo al que tu mataste”) proporciona la línea medular sobre la que se articula una obra realmente impactante.
Los intérpretes de estas tres obras desarrollaron su trabajo con solvencia, sensibilidad y arte como para que, quienes allí estábamos, pudiéramos disfrutar con todas ellas. |
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