José Ignacio Lacasta-Zabalza

Portugal: repliegue y despliegue de una conciencia
(Página Abierta, 152, octubre de 2004)

La reciente Eurocopa ha dado a conocer al gran público una serie de imágenes televisivas sobre Portugal y algunos aspectos de su manera de ser nacional que tienen no poco interés. Se ha transmitido la idea de un país moderno, dotado de infraestructuras, con unos estadios donde se han –literalmente– lucido los afamados arquitectos portugueses Manuel Salgado y Souto Moura (que no son sino una parte de otros muchos brillantes colegas suyos de profesión como Álvaro Siza o –un viejo conocido de la izquierda española– Nuno Teotónio Pereira).
En Portugal se canta sin fisuras el himno nacional cuando la ocasión lo requiere, toda la ciudadanía conoce su música y letra y hay un sentimiento colectivo positivo y claro construido sobre una identidad querida del país. A partir del 25 de abril de 1974, la República, la democracia y los principios constitucionales (nacidos con el texto de 1976) son también elementos integrantes de esa conciencia nacional.
A diferencia de España, y pese a los intentos de la derecha del vecino país por suprimirlo (en la revisión constitucional de 1997), se recogen en el Preámbulo de la actual Constitución –y en otros lugares– los rasgos de una memoria constitucional compartida por gran parte de la sociedad civil y las generaciones diversas que la componen. Ese Preámbulo, que es de 1976, tiene algunas proposiciones que solamente se explican por las fechas en que se redactó, como el objetivo de lograr “una sociedad socialista” que responde a una hegemonía de la izquierda civil y militar en el proceso constituyente.
Pero el reconocimiento institucional del MFA (Movimiento de las Fuerzas Armadas) lleva aparejado un rechazo inequívoco «de la dictadura, la opresión y el colonialismo», al par que se propugnan la democracia, los derechos fundamentales y el Estado de derecho democrático. En lugar destacado, así como en otros artículos del texto, figura el fin de defender la independencia nacional como algo prioritario para el pueblo portugués y su Estado. Lo que guarda una notoria ligazón con lo que aquí se quiere abordar: el devenir de la conciencia portuguesa.
La identidad nacional portuguesa nutre así, con su cohesión, el ideal de la República y sustenta su Estado. Una República que, constitucionalmente, no se reduce de manera empobrecedora al Estado y sus formas, porque incluye a la comunidad, a la sociedad civil, al pueblo portugués, en una dimensión cultural de su concepto que acoge y desarrolla la idea de fraternidad. No en vano, el mencionado Preámbulo tiene en perspectiva la construcción «de un país más libre, más justo y más fraterno». República que, también en el plano constitucional, se apoya explícitamente en la realización de una sociedad –el adjetivo no es jurídicamente inocuo– solidaria.
Y es un Estado unitario que no ha tenido que vérselas históricamente con la cuestión de las nacionalidades internas, como España, ni con su acusada diversidad lingüística, pues aunque posea ciertas variedades idiomáticas, el modelo lisboeta ha acabado imponiéndose. Viejas quedan ya aquellas irónicas palabras de Castelao sobre los habitantes de Lisboa que –en traducción de su observación gallega al castellano– «son una especie de andaluces que hablan gallego con los dientes cerrados». La fonética del portugués de cierto que es, como lo constatara Castelao, algo pero que muy difícil y una barrera tradicional para la comunicación con los españoles; salvada, no pocas veces, por el sinnúmero de gente lusitana que se expresa en castellano.

La conciencia nacional

Un Estado, una nación, una lengua, una bandera, un himno, una Constitución socialmente aceptada desde 1976, una Administración sobre todo estatal y municipal (los proyectos de descentralización regional han tenido dificultades políticas y escaso apoyo social), un asentado sistema constitucional de autonomía para las islas de Azores y Madeira, un territorio peninsular bien definido y unas fronteras (a los portugueses les gusta repetirlo con cierta zumba) que son las mismas que las de la Edad Media.
Pero esa conciencia nacional no nace desde el medievo, sino bastante más adelante. Aunque tiene sus serios precedentes, surge más que nada del liberalismo del siglo XIX y, sobre todo, del republicanismo de finales de ese siglo e inicios del XX, cuando se funda la República de 1910. Son los dirigentes intelectuales y políticos republicanos quienes, a través del sistema escolar recién implantado, hacen arraigar una explicación nacionalista en los programas educativos de la escuela y del bachillerato, un modelo de ciudadanía –y de arquetipos ciudadanos– con su liturgia cívica, instauran los días festivos propios de la República, e inauguran el uso de una nueva bandera y un nuevo himno nacional de notorio éxito ininterrumpido hasta la actualidad. Tan es así, que el dictatorial y corporativo Estado novo de Salazar tuvo que conservar esos republicanos símbolos.
También de esa época republicana procede el antiespañolismo que se inculcaba a los niños en la instrucción primaria, al decir de António José Saraiva, como una forma elemental de promover el sentimiento de identidad. Según lo estudiasen autores como Miguel de Unamuno y George Borrow, ya era anterior una disposición mental contra España un tanto quisquillosa que encuentra su contrapunto correspondiente en la tradicional y –en palabras de Unamuno– «petulante soberbia española». Pero lo que se hace ahora más importante es señalar que el diagnóstico de entonces (siglo XIX y principios del XX) también se cumple ahora, aunque algo aminorado: un palpable alejamiento entre los muy vecinos Portugal y España.
Así que no todo es santo en el desarrollo de esa republicana conciencia nacional. Portugal quiso unir los territorios de Angola y Mozambique, entonces bajo su férula colonial. Inglaterra amenazó con una intervención militar, el famoso Utimátum de 1890, y Portugal renunció a sus pretensiones (lo que se vivió entonces como una auténtica humillación colectiva). La llamada generación del 70, entre cuyos representantes se encontraban el pensador Antero de Quental, el novelista Eça de Queiroz y el historiador Oliveira Martins, hizo gala de un mismo espíritu antibritánico; y se convirtió en una metáfora cultural de todos ellos la negativa a que Portugal se transformara en una especie de Irlanda. Pero, igualmente, trajeron consigo una poderosa carga ética. Mucho antes de ser realidad la República de 1910, en 1870, el estratega de la dignidad humana que fue Antero de Quental definía así este concepto de larga duración portuguesa: «La República es, en el Estado, libertad; en las conciencias, moralidad; en la industria, producción; en el trabajo, seguridad; en la nación, fuerza e independencia. Para todos, riqueza; para todos, igualdad; para todos, luz».
De aquí nacieron dos actitudes intelectuales y políticas que iban a ser decisivas. Por un lado, la definición –positiva– de rebeldía contra la injerencia de la mayor potencia militar y política de entonces y en pro republicano de la libertad; pero, por otro, el nexo establecido entre esa afirmación de la identidad nacional y el mantenimiento del dominio portugués de las colonias de ultramar. Un asunto nada pacífico, la toma de postura ante el imperio portugués de allende los mares que, al fin y a la postre, va a ser la causa de las causas (en forma de exigencia del cese de las guerras coloniales) de la caída de la dictadura de Salazar y Marcelo Caetano, así como del triunfo fulgurante de la Revolución del 25 de abril de 1974.

La dictadura de Salazar

La República de 1910 fue derrocada por un golpe militar en 1926, que instauró un régimen en principio algo similar a lo que fue en España la dictadura de Primo de Rivera. Con el ascenso posterior de Salazar al poder se consolidó una dictadura policíaca y represiva, de carácter corporativo, como se desprende de la Constitución de 1933, contraria a la democracia y al régimen de partidos políticos. El Acto Colonial de 8 de julio de 1930 (inspirado por Salazar) inauguró a su vez los despropósitos del mantenimiento a ultranza del imperio, tal y como se desprende de su artículo 2, que tenía como objetivos «asumir la función histórica de poseer y colonizar sus territorios ultramarinos y de civilizar a las poblaciones indígenas, etc.».
António de Oliveira Salazar, Salazar, llevó una vida dictatorial paralela a la de Francisco Franco. Aunque, a diferencia de Franco, tenía una formación intelectual no pequeña adquirida como profesor de la prestigiosa Facultad de Derecho de Coimbra. Como Franco, estaba poseído por un catolicismo fanático y no se le conocían vicios mayores ni menores. De ahí que, en unos versos llenos de gracia, el genial Fernando Pessoa dijera que con Salazar –el tiranuelo– había que tener sumo cuidado… porque no le gustaba el vino: Coitadinho/ do tiraninho!/ Nâo bebe vinho/ Nem sequer sozinho…/ Bebe a verdade/ E a liberdade/ E com tal agrado/ Que já começam/ A escassear no mercado.
Portugal no es un pequeño país
, rezaba la propaganda ultraderechista alentada por Salazar. Lo que se acompañaba con una exhibición cartográfica de los enormes territorios de África (Angola, Mozambique, Guinea Bissau, Cabo Verde…), Asia (presencia portuguesa en la India y en China), junto con el mapa de Portugal metropolitano y europeo. Una inmensa realidad y una inmensa ficción, arteramente confundidas por la dictadura, que figuraba como dogma de fe en los libros de Historia del bachillerato, en los que se recordaba que ese Portugal era –con esas medidas– no se sabe cuántas veces más grande que España. Afortunadamente, no es esa jactancia –más bien lo contrario– la que se respira en el seno la conciencia nacional portuguesa del siglo XXI.
Así, Portugal se vio implicado en varias guerras coloniales africanas, motivadas por diversos movimientos armados de liberación nacional, que causaron 7.000 militares portugueses muertos y 13.000 heridos e incapacitados. Esas guerras duraron trece años, con su «cortejo lamentable y tenebroso de muertos, lisiados, traumatizados físicos y psicológicos de todo orden, hogares desechos o amargados», dice en sus memorias (también traducidas al castellano) Otelo Saraiva de Carvalho. Además de los terribles daños infringidos a las poblaciones autóctonas, que también ayudaron a forjar ese espíritu de rebelión contra el orden salazarista por parte de los oficiales más conscientes (Melo Antunes, Vasco Lourenço, el propio Otelo y otros), lo que dio origen al MFA (Movimiento de las Fuerzas Armadas) que derribó con su insurrección la dictadura que Marcelo Caetano había heredado de Salazar en 1968.
Son muchos otros los factores que empujaron hacia el establecimiento de la democracia en Portugal, pero el de la guerra fue determinante. Un servicio militar en esas condiciones era vivido por toda la sociedad civil como un castigo para sus hijos. Las deserciones, la emigración al extranjero, estaban a la orden del día. Además, el Ejército portugués no era el patrón de la maquinaria represiva, como sucedía en España, sino que allí corría a cargo de la todopoderosa policía política (la famosa PIDE). Ni los militares habían hecho una guerra contra otros portugueses (al estilo fratricida del Ejército de Franco). Por otro lado, se sentían vejados por el poder político desde la salida en los años cincuenta de las posesiones de la India, pues Salazar tenía la fea costumbre de hacer pagar los platos rotos a los uniformados, prevaliéndose de su disciplina, cuando pintaban bastos en los territorios coloniales.
El asesinato en España de Humberto Delgado a cargo de la policía política portuguesa (con la ayuda de la social española y el amparo público de un joven ministro español llamado Fraga Iribarne), pues Delgado era un general de mucho predicamento en el seno del Ejército portugués, así como el pucherazo que dio el régimen contra su candidatura a la Presidencia de la República, contribuyeron no poco a exaltar los ánimos de los jóvenes cadetes y oficiales. Así lo narra, una vez más, Otelo Saraiva de Carvalho en su vivo libro de recuerdos Alvorada em Abril.
A todo ello había que sumar algunas reivindicaciones propias del escalafón militar (la dictadura había subordinado en sus ascensos a los oficiales profesionales en favor de los milicianos provenientes de las carreras universitarias); así que todo eso junto impulsó definitivamente la rebelión, que a su vez trajo la liberación de Portugal y, de manera sincrónica, la independencia de las viejas colonias.
Dos comunicados del MFA, el primero de 25 de octubre de 1974 y el segundo de 25 de marzo de 1975, delimitan lacónicamente lo sucedido de modo tan intenso en tan corto espacio de tiempo. El primero de ellos dice a modo de balance de lo acontecido: «Salazar, ignorando el proceso de descolonización  que se practicaba en casi todo el mundo, permitió que la guerra reventase en Angola, después en Guinea para luego proseguir en Mozambique, pese a la triste experiencia de la India, cuya lucha se inició antes, y antes también llegó a su fin con la expulsión vergonzosa de los portugueses».
El segundo comunicado, una vez terminados los combates armados y realizada la independencia de las antiguas colonias (o en vías de completarse), es una reflexión del máximo interés porque tiene que ver –y mucho– con el espíritu portugués contemporáneo. Es, se le puede llamar así, una conciencia de repliegue de Portugal sobre sí mismo: «Se ve que en función de un unívoco determinismo geográfico ni siquiera deberíamos existir como nación independiente. El mapa físico demuestra claramente que el espacio pertenece a la totalidad peninsular ibérica».

La vocación independiente de Portugal

Es esa conciencia de los portugueses la que les hace repetir con sus interlocutores que sus fronteras son las mismas que en el medievo. Pero el comunicado realiza una afirmación de notoria relevancia, pues la vamos a ver reiterada en el texto constitucional de 1976 y en sus desarrollos ulteriores. No son razones geográficas ni geopolíticas las que respaldan la fuerte vocación independiente de Portugal, no es el suelo (en añeja metáfora jurídica), sino el vuelo, sus gentes de carne y hueso, quienes expresan así su voluntad colectiva de independencia nacional.
Porque el principio de autodeterminación que vertebra la Constitución portuguesa se proyecta en tres direcciones: a) hacia los derechos de todos los pueblos en general, tal como lo postulan las leyes internacionales; b) en particular hacia las antiguas colonias portuguesas, con un recordatorio expreso de la responsabilidad de la República en la liberación e independencia de Timor Oriental (verdadera espina en el corazón de la sociedad lusa, pues ese territorio no se liberó y fue invadido por Indonesia al tiempo de la revolución de 1974); y c) finalmente, hacia el propio Portugal.
Esta última dimensión autodeterminante de la independencia portuguesa, los especialistas en Derecho Constitucional Vital Moreira y José Joaquim Gomes Canotilho la interpretan de la siguiente y expresiva manera: «Ello implica, desde el punto de vista de Portugal, la afirmación constitucional de nuestra independencia nacional, nuestro derecho a la autodeterminación y a la independencia, de no injerencia en nuestros asuntos internos».
Algo realmente delicado que, a quien conoce esta sensibilidad, le hace sonrojarse ante determinados comportamientos españoles. Como los de los editoriales del diario El País de 12 de octubre y 13 de noviembre de 1999, relativos a la compra española de las empresas del grupo Champalimaud por el Banco de Santander Central e Hispano, que se permitieron recomendarle al primer ministro Guterres “abandonar el discurso nacionalista” a fin de permitir la citada compra en el nombre de la libre circulación europea de capitales. Allí se reprochó a Portugal que «se ha comportado como un Estado defensor de las fronteras financieras nacionales». Lo que, dicho sea de paso, no tiene nada de extraño si de veras se sabe lo que piensan los portugueses al respecto y no se adora incondicionalmente al becerro de oro del capital financiero (por muy españolas que sean sus banqueras siglas).
Hace ya mucho tiempo, en 1988, que el historiador António Hespanha dijo que las relaciones amistosas entre los dos países pasaban, desde el costado español, por saber promover el reconocimiento de las diferencias o, si se quiere, por un sostenido elogio mutuo de las diferencias. Ahora bien, para reconocer hay que conocer previamente. El Diário de Notícias luso (20 de noviembre de 1999) publicaba los resultados de una encuesta de la Embajada portuguesa en Madrid sobre el talante de los españoles hacia Portugal. Era una amplia encuesta dirigida a habitantes de ciudades españolas de más de 50.000 habitantes, y a personas de clase media y alta, de edades comprendidas entre los 20 y los 60 años. Y las preguntas se referían a la información de los españoles sobre el otro país. El resultado no pudo ser más desalentador. El 50% no conocían el nombre de ninguna personalidad portuguesa de ninguna profesión o actividad. Un 50% no había visitado Portugal. Solamente el 40% tenía una opinión buena de Portugal y el 6% muy buena.
Obviamente, habría que corregir esa falta de reconocimiento hacia el otro, pues como le gusta fijar el problema a Javier de Lucas, en este mundo tan comunicado, “yo soy otro”. Con razón de más con respecto al tan próximo Portugal. Lo que, por cierto, ha hecho El País Semanal con su excelente y actualizado reportaje sobre Portugal del día 13 de junio de este mismo año. Pero ese nacionalismo portugués –los criticados editoriales de 1999 de El País no son sino una muestra de esto– se encuentra con otro problema relativamente nuevo en su trayectoria: el que forma su conciencia de despliegue hacia Europa y las dificultades que suscita. Entre otras motivaciones, porque tal despliegue también pasa casi física e inevitablemente por España.

La apertura a Europa

La segunda revisión constitucional de 1989 tuvo como propósito abrir el máximo texto portugués al mercado común europeo. La tercera revisión de 1992 discutió la adecuación de la normativa constitucional y legal al Tratado de Maastricht, suscrito por Portugal el 7 de febrero de ese mismo año. La revisión de 1997 reveló una mayor sumisión del Estado portugués al Derecho internacional en varios aspectos hasta entonces no tocados, como la extradición. Y, actualmente, se está discutiendo el alcance y límites de la Constitución europea en su relación con el ordenamiento jurídico portugués. Este despliegue, pues, no carece de serios escollos internos y externos.
La política exterior se ha hecho europea definitivamente, lo que no es incompatible con la atención preferente de Portugal a las relaciones internacionales con los Países de Expresión Oficial Portuguesa (PALOPS), que tiene su marco institucional en la Comunidad de Países de Lengua Portuguesa (CPLP).
Pero el cuadro europeo ha condicionado también la adecuación de las estructuras económicas portuguesas y la sumisión a un plan de estabilización dominado por la religión del déficit cero (de ritos tan conocidos por los pagos españoles). El paro se ha incrementado en un país acostumbrado a un raro equilibrio entre sueldos bajos pero empleo fijo.
Entre tanto, la sociedad civil lusitana ha mejorado en muchísimas cosas, como en la participación e incorporación masiva de la mujer a todo tipo de profesiones. Pero también se dan cifras preocupantes de abandono escolar y un todavía bajo porcentaje de licenciados (siempre según las exigencias europeas), amén de la carestía de la vivienda y la situación precaria de zonas de la juventud ante su porvenir laboral. Al lado de una escasa participación electoral y (esto es discutible porque depende de materias y momentos) un acrecido desinterés por la política. Sin olvidar el cúmulo de complejidades que trae consigo la rápida transmutación de una sociedad con un fuerte componente rural en una composición estructural de carácter predominantemente urbano.
Cosas que tienen y no tienen relación con Europa, esa meta constitucionalmente nebulosa, de escasa concreción política y cultural, porosa para los derechos humanos y sociales como una ameba, que, de momento, ha empujado hacia una reestructuración profunda del orden económico y social portugués. Esa Europa en la que, tanto para Portugal como para España, valen las modestas y profundas palabras de fondo de ese magnífico ensayista portugués que es Eduardo Lourenço: «Tendría que recordar que esa Europa donde nos disolveríamos, frágiles caperucitos del lobo capitalista y multinacional que representa, no es culturalmente nadie, sino el espacio abierto donde durante siglos no desdeñamos aprender, enseñar ocasionalmente y ser vistos, oídos y leídos».
Exactamente, ahí estamos.  


José Ignacio Lacasta-Zabalza es catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad de Zaragoza y director de la Cátedra Luis de Camões de Estudios Portugueses. Es autor de la obra Cultura y gramática del Leviatán portugués, Prensas Universitarias, Zaragoza, 1988.

Bibliografía y textos comentados

– Afonso, Aniceto, Diário da liberdade, Associaçâo 25 de Abril/Editorial Notícias, Lisboa, 1995.
– Carvalho Saraiva de, Otelo, Alvorada em Abril, Prefácio de Eduardo Lourenço, Bertrand, Lisboa, 1977.
– Canotilho, José Joaquim (y Vital Moreira), Constituiçâo da República Portuguesa Anotada, Coimbra Editora, Coimbra, 1984, vol. I.
– Direito Constitucional e Teoria da Constituiçâo, Almedina, Coimbra, 1999.
– De la Torre Gómez, Hipólito, edición de Portugal y España contemporáneos, revista  AYER, nº 37, del año 2000.
– Hespanha, António, Prefacio del libro de José Ignacio Lacasta Zabalza, Cultura y gramática del Leviatán portugués, Prensas Universitarias, Zaragoza, 1988.
– Lourenço, Eduardo, Europa y nosotros, Huerga y Fierro, Murcia, 2001.
–MFA, MFA. Motor da Revoluçâo portuguesa, Diabril, Lisboa, 1975.
– Pinto Costa, António, coordinador, Portugal contemporáneo, Sequitur, Madrid, 2000.
– Saraiva, António José, “A coerência da geraçâo de 70”, Jornal de Letras, artes e ideas,  20 de octubre de 1986.
– Unamuno, Miguel, Por tierras de Portugal y de España, Austral, Madrid, 1976.