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José Luis Zubizarreta
Tres notas sobre la política vasca
Pido sopitas
(El Correo, 16 de septiembre de 2004)
Tengo para mí que los periódicos juegan a veces al escondite con sus lectores. En lugar de desvelarles directamente las noticias en sus titulares, se las esconden bajo la literalidad de las palabras, de modo que tengan que tomarse la molestia de escarbar un poco en ellas para obtener el placer de descubrirlas por sí mismos. Ayer, sin ir más lejos, casi todos los periódicos nos sorprendieron con el gran titular de que el Gobierno vasco había admitido que su plan podría ser derrotado en el Parlamento. Enseguida me di cuenta de que semejante perogrullada, que es conocida en nuestro país hasta por los niños de teta, era uno de esos juegos entre periódico y lector, y que no era, por tanto, ésa, sino otra oculta, la noticia que el titular pretendía transmitirme. Me resultaba, en efecto, increíble que mi Gobierno hubiera caído ahora del guindo y descubriera a estas alturas lo que andaba ya en boca de todos desde hacía tanto tiempo.
Para mí que la noticia que los periódicos me escondían, invitándome, de paso, a descubrirla, era que mi Gobierno había tomado la decisión de abandonar la política de disimulo que hasta ahora había venido ejerciendo en este asunto, y reconocía, por fin, sin tapujos que no sabía qué hacer con el plan que tiene entre manos. Sin tiempo ya para la tregua de ETA, anunciado el voto negativo de la izquierda abertzale e insensibles los socialistas vascos tanto a la invectiva como a la seducción, había tenido que aceptar que su plan estaba irremisiblemente abocado a la derrota parlamentaria. Más aún, aparte del reconocimiento de la posibilidad de la derrota, creí percibir que mi Gobierno estaba transmitiéndome, a través de ese en apariencia inocuo titular de prensa, una angustiosa llamada de socorro, una especie de 'pido sopitas' como aquellos que, de niños, soltábamos cuando, tras mucho darle vueltas, nos reconocíamos incapaces de resolver el acertijo que nos habían planteado los mayores. No era, por tanto, el periódico el que jugaba conmigo al escondite, sino mi propio Gobierno quien me llamaba en su ayuda.
Tocado en mi sentido de la responsabilidad, tentado estuve de dar consejos sin ton ni son, tal y como me venían a la mente: «Haga lo que se hace en estos casos y retire la propuesta antes de que se la derroten en el Parlamento. Ponga el contador a cero. Saque un folio en blanco. Busque refugio en la oportunidad que se le ha abierto con el cambio de gobierno», y otras cosas por el estilo. Pero me detuvo la sospecha de que mi Gobierno no había renunciado del todo a la esperanza de sacar su plan adelante gracias a ese par de votos no buscados, pero siempre bienvenidos, de sendos diputados despistados de la izquierda abertzale.
Jugar con fuego
(El Correo, 23 de septiembre de 2004)
Mañana, el lehendakari expondrá en el Parlamento sus propósitos para lo que queda de legislatura. Poco de nuevo puede esperarse, en verdad, de un gobernante que ha elevado la reiteración a la categoría de estrategia política. Y, sin embargo, queda en todo este cansino volteo de la noria una inquietante incógnita que el lehendakari haría bien en despejar. Me refiero al hipotético apoyo que su plan podría acabar recibiendo de los parlamentarios del indisuelto grupo de Sozialista Abertzaleak. Hasta ahora, sólo se nos ha dicho que, aunque tal apoyo no será activamente buscado, tampoco será rechazado si se ofrece «a cambio de nada».
No sé si quienes mantienen tan ambigua postura son conscientes de lo que tal eventualidad vendría a significar si llegara a hacerse real. Dejando aparte el hecho de que nadie se creería la gratuidad del apoyo, la mera coincidencia objetiva entre el nacionalismo democrático y el abertzalismo antisistema, en un asunto de tanta envergadura, sólo podría interpretarse como que la razón histórica y política de estos últimos veinticinco años de autogobierno ha estado siempre del lado de quienes lo han combatido, y aún siguen combatiéndolo, con las armas de la violencia terrorista. La apuesta pactista que supuso el Estatuto quedaría desenmascarada como definitivamente fallida, y quienes a ella se opusieron desde el principio, legitimados en su alternativa violenta y rupturista. De poco valdrían las explicaciones posteriores para arreglar el entuerto. La lacra con que se verían marcados quienes lo hubieran permitido sería muy difícil de borrar en el futuro.
Si grave sería esta situación desde el punto de vista estrictamente político, no menos que de desoladora habría que calificarla desde la perspectiva de las víctimas. El sufrimiento que éstas han padecido habría sido en vano. Ningún resarcimiento podría uno imaginarse que fuera ya capaz de compensar el desprecio que supondría el reconocimiento institucional de que los valores por los que ellas han muerto se han visto pisoteados por una coincidencia inicua, por muy casual que fuera, con quienes aún no han reconocido el daño que les han causado.
El lehendakari no puede exponerse, por tanto, ni, mucho menos, exponer a todo el nacionalismo democrático siquiera al riesgo de que tal coincidencia se produzca. Nada conseguiría con ello y de mucho se libraría si lo evitase. No hace falta que someta su plan a votación para saber quiénes lo apoyan y quiénes lo rechazan en el campo democrático. Todo está ya suficientemente claro. Erija ya, por tanto, su plan en programa partidario para las próximas elecciones y no se arriesgue a que quienes aún no han renegado de la violencia le dejen este último regalo envenenado justo antes de hacer mutis por el foro.
Abandonad toda esperanza
(El Correo, 25 de septiembre de 2004)
Si alguien esperaba que el ambiente de diálogo y entendimiento que se ha abierto en todo el Estado español iba a inaugurar una nueva etapa de distensión también para Euskadi, se habrá sentido profundamente frustrado al escuchar ayer el discurso que pronunció el lehendakari en el Debate de Política General. De haber sido aquél su única fuente de información, ni siquiera se habría enterado de que el 14 de marzo se produjo un cambio de Gobierno en España ni de que el nuevo Ejecutivo que surgió de aquellas dramáticas elecciones inició un debate de calado sobre la reforma constitucional y se declaró receptivo a las propuestas de reforma estatutaria que surgieran de las asambleas autonómicas. A nada de ello hizo, en efecto, la más mínima referencia el discurso de ayer, pues nada de lo que ocurre en su entorno guarda relación alguna con este huerto cerrado que cultiva el lehendakari.
Tanto ensimismamiento no puede deberse a ceguera natural alguna. Debe haber, por el contrario, en él algo de voluntad deliberada de no ver, que es, según dicen, la causa de la peor de las cegueras. Pues tan evidente ha sido el cambio que se ha producido en la política española que quien se niega a verlo es porque no quiere afrontar la exigencia que de tal visión se deriva: la exigencia de adaptarse a la nueva coyuntura. Por eso, el lehendakari, en vez de responder al cambio que se ha producido en el otro con un gesto de reciprocidad, prefirió cerrarle los ojos y negarlo. Dio con ello a entender que la confrontación con Aznar le resultaba más cómoda, quizá por más rentable, que el diálogo con Zapatero. Y, con el fin de reproducir aquélla y evitar éste, no tuvo escrúpulos en manipular, con bastante mal gusto, por cierto, una casual coincidencia del actual presidente del Gobierno y miembros de Falange Española en una misma manifestación para presentarla como si de una auténtica alianza política entre ambos se tratara.
Todo va a seguir, por tanto, como estaba en este país que tan autista y aislado le gusta presentar al lehendakari. Con Zapatero las cosas serán lo mismo que contra Aznar. Y, si todavía alguien aspiraba a un cambio de destino, sepa que, a la entrada de esta Arcadia feliz que ayer nos describió el lehendakari, cuelga el mismo letrero que Dante puso a la entrada de su infierno: «Abandonad toda esperanza».
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