Juan Claudio Acinas

Señora tatuada
(Disenso, 46, mayo de 2005)

La música suena y suena
y el ritmo se incrementa.
Cada vez más rápido.
Jamás se detiene.
Jamás comenzó.
Porque Irlanda se encuentra
y reencuentra,
se conoce y reconoce en la música.
Por eso esta isla esmeralda
siempre existirá al final
del camino.
De mi camino.

(Coroliano González Montañez, 2000)

Un anuncio reciente de un whiskey tradicional señala que los daneses, los vikingos y los ingleses intentaron repetidas veces invadir Irlanda -país que inventó el uisce beatha, agua de vida- pensando, obviamente, no en su clima. Comoquiera que fuera, sea cual fuese el motivo, lo que está claro es que los irlandeses nunca dieron la bienvenida a ninguno de sus invasores. En especial, hacia el sur de la isla, en Cork (Corcaigh), que aún se conoce como “la ciudad rebelde” (1), ya que durante siglos ha sido el símbolo de la independencia nacional y la lucha contra el colonialismo británico. Y esto con ejemplos tan heroicos, y relativamente recientes, como el de su alcalde Terence MacSwiney, quien, acusado de pertenecer al IRA, murió en una prisión inglesa, el 25 de octubre de 1920, tras una huelga de hambre que duró setenta y cuatro días (2). Por lo demás, mucho antes, en los años 821, 846 y 1012, Cork ya había sido incendiada por vikingos y daneses. E igualmente a mediados del siglo XVII sufrió el asedio de Oliver Cromwell. Lo que no impidió, sino todo lo contrario que, con el tiempo, durante el siglo XIX y principios del XX, llegara a ser el centro del movimiento feniano y el foco más importante de la resistencia republicana frente a la represión militar del imperio británico.
            Visto así, en perspectiva, pensando en la forma tan extraña que tiene el destino de atar sus cabos, parece que no podía sino suceder que, con el tiempo, esas mismas calles de Cork, durante años, sirvieran para el aprendizaje de un muchacho, que, no obstante, había nacido en 1948 bastante más al norte, en Ballyshannon, al borde de la Donegal Bay. Ese chico se llamaba Rory Gallagher y, como muchos saben ya, llegaría a ser uno de los guitarristas más importantes del mundo del blues y del rock, tanto, que los Rolling Stones, allá por 1975, le propondrían sustituir a Mick Taylor, oferta que Rory terminaría por declinar. Lo que, como desde la isla metálica bien dice un amigo, Josetxu, iba a permitir que siguiéramos disfrutando de él sin que su estilo se desdibujara por otro que estaba ya muy definido. Por supuesto, las anécdotas fueron muchas. Algunas fáciles de imaginar, relacionadas con la extrema afición de Rory por las cervezas Murphys y Guinness, así como por los más fuertes vapores del uisce beatha. Otras, de igual manera, manifestaban su amor, también apasionado, por su patria republicana, de tal modo que, en más de una ocasión, decidió actuar gratuitamente en diversos recintos de Irlanda, no sin antes dejar bien claro que él ya tenía suficiente dinero con lo que cobraba cuando tocaba para los ingleses. Asimismo, el hecho de que durante toda su carrera se presentara casi siempre, en conciertos o sesiones fotográficas, con su misma y desgastada Fender se puede interpretar como una declaración de principios en toda regla, una actitud de sencillez y naturalidad que contrastaba con el endiosamiento de tanta estrella del doble mástil con clavijas de plata, lo que le iba a ganar el respeto del por aquel entonces incipiente movimiento punk, tan visceralmente iconoclasta.

‘IRISH TOUR’.
En conjunto, antes de que muriera, en 1995, debido a ciertos problemas hepáticos, grabó unos quince espléndidos discos. Entre los que, para muchos de sus seguidores, hay uno que brilla con un fulgor especial, su Irish Tour 1974 (3). Se trata del registro de una gira donde se encuentran piezas maestras como “Cradle Rock”, “Too Much Alcohol” o “A Million Miles Away”. Pero, sobre todo, donde Rory incluye una incendiaria versión de su “Tattoo’d Lady” que a todos fascinó y que todavía sigue emocionando por esa asombrosa rabia que destila su voz desgarrada, entre unos acordes que, pese a todo, no renuncian a la alegría, con esos riffs obsesivos y unos solos realmente incendiarios, de energía tan densa que, donde quiera que estés y cómo te encuentres, consigue enganchar tu ánimo y llevarlo hasta muy alto, y hacerlo desde ese punto que se encuentra justo en la boca del estómago, a partir del que los orientales dicen que se expande nuestro ki. No es casual, entonces, que “Tattoo’d Lady” sea un canto a la más pura libertad, a la libertad individual, nómada y salvaje (4), y que, por ello, consiga que nos pongamos en la piel de quien, enrolado desde su infancia en la vida de un circo ambulante (“Señora tatuada / Niño barbudo / Ellos son mi familia. / Pasé mi juventud / Bajo un techo de lona, / Y pude vagar de ciudad en ciudad”), nada quiere saber del timbre entre clase y clase, ni de las nauseabundas rutinas y convenciones sociales, ni de la premura de esos odiosos asuntos que soportamos siempre con tal de hacer un buen negocio. La mayor responsabilidad que nuestro personaje acepta es la de atender en la caseta de tiro, desde donde puede oír el festivo sonido de la banda de feria, sabiendo además que muy cerca de allí, en la barraca rojiza, la pequeña reina perlada echa las cartas y que, al otro lado, bajo bombillas de colores y atentas miradas, se contonea la asombrosa Sadie. Consciente, por tanto, de que nadie le podrá encontrar. Nadie. Porque quienquiera que al día siguiente husmee por los alrededores comprobará, demasiado tarde, que la gran carpa fue desmontada, que de la fogata no queda ni el humo, que la caravana se marchó hacia algún punto del horizonte al amanecer... Y mientras las cosas sigan así, por lo menos así, manteniendo a distancia tanto al tedio como a la policía, todo, o casi todo, estará bien.
            Sí, ya se sabe, hay ciudades que, como Florencia, celebran a poetas reconocidos por la historia, y están las que, como Londres por ejemplo, recuerdan a militares y guerreros aprovechando cualquier propicio lugar. Sin embargo, otras, como es el caso de Cork, the Rebel City, nunca han querido olvidar a sus más queridos y humildes juglares. Quizá por esto, quienquiera que pasee por las calles cercanas al río Lee, es probable que llegue a un pequeño rincón, un antiguo recoveco al que, desde 1997, han renombrado “Plaza Rory Gallagher” (Plás Rualrí Uí Ghallchóuir). En él, ¿cómo no?, se puede ver un tributo a Rory (obra de su amiga Geraldine Creedon), una escultura cuyo lado de atrás tiene la forma de una ondulante guitarra, mientras que, en la parte delantera, dos manos, que la toman, hacen que se eleven volutas de bronce con las letras de diferentes temas suyos  formando así una nueva canción, que dice: “No lo pintes todo tan triste / No te conozco últimamente / Me siento como un niño perdido, buscando en lo oscuro / Lo cambiaré todo / Estoy sólo en la ciudad para tener algo de diversión / Mi corazón está en paz, mi alma en fuego / Mi mente sabe todas las cosas que mis ojos no pueden ver / Por favor, no me encierres / Intenta otra vez oír una nueva melodía / Tú hallaste la espina detrás de la rosa / Acostumbrabas a volar y perseguir el viento”.
            En fin, como en todo, hay varias moralejas. Y una de ellas, quizá la más evidente, es que mientras gocemos de la compañía de buenos amigos, de señoras cubiertas de tatuajes, de payasos a prueba de bofetadas y niños con barba de varias semanas...,  mientras brindemos con una espesa cerveza negra al tiempo que nos alejamos, sin ira pero sin pausa, de toda esa plaga de burócratas, policías y jefes que asolan este cuadriculado mundo con su ristra de órdenes, formularios y disciplina, con su reprobadora mirada de autosuficiente superioridad, tan enfermiza, tan insufrible, entonces, sí, entonces todo, o casi todo, estará bien... Tattoo’d Lady! Thank you!

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 (1) Entre otras cosas, la ciudad de Cork, capital europea de la cultura en el 2005, destaca por su afición al hurling, un deporte celta que se remonta al origen de los tiempos y que, para cualquier extranjero, resulta algo así como una mezcla trepidante de fútbol y hockey. Los seguidores del equipo de Cork, uno de los mejores de Irlanda, le animan con distintivos rojos, al grito de “Up The Rebels!”.
(2) Se dice que Ho Chi Minh comentó acerca de MacSwiney: “Una nación que tiene ciudadanos como él nunca se rendirá”.
(3) Conviene recordar que 1974 fue uno de los mejores años de la cosecha irlandesa, al menos en cuanto a discos en directo se refiere. Fue por aquel entonces, también, cuando se editó el extraordinario doble álbum de Van Morrison, It’s Too Late To Stop Now, que recreaba sus conciertos en Los Ángeles y Londres realizados un año antes.
(4) Una forma similar de entender esa clase de libertad, vital más que política, la podemos ver reflejada en un texto breve de Franz Kafka, titulado El deseo de ser indio, donde escribe: “Si uno pudiera ser un indio, siempre alerta, cabalgando sobre un caballo veloz, a través del viento, constantemente sacudido sobre la tierra estremecida, hasta arrojar las espuelas, porque no hacen falta espuelas, hasta arrojar las riendas, porque no hacen falta riendas, y apenas viera ante sí que el campo es una pradera rasa, habrían desaparecido las crines y la cabeza del caballo”. Se trata de un fragmento que, precisamente, originó el nombre de los indiani metropolitani. Un movimiento juvenil que nació en 1977, por la misma época en que emergieron los punks, y que, de forma similar a éstos o, anteriormente, a los estudiantes del mayo francés, tuvo que enfrentarse no sólo al conservadurismo de la sociedad burguesa, sino también a la incomprensión de las izquierdas políticas y sindicales oficiales. Cf. M.-A. Macciocchi, Después de Marx, Abril. Pre-textos, Valencia, 1979.