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Milagros Rubio*
14 de abril, una extraña primavera
11 de abril de 2005
“La tierra se desgarra, el cielo truena,
tú sonríes con plomo en las entrañas”
(Antonio Machado)
Los árboles florecen, pero aún nevaba hace escasos días. Extraña primavera, en la que la estatua del dictador Francisco Franco, por fin, se retira de aquellos lugares en los que aún se erigía, pero se desmonta nocturnamente, procurando no despertar los bramidos de las fieras. Primavera en la que, 69 años después del golpe de estado y alzamiento en armas contra la República, el tándem UPN-PP se niega a condenar el franquismo, a retirar sus símbolos por más que esté determinado legalmente, se niega a reconocer el sufrimiento de los familiares y víctimas del franquismo, a cumplir acuerdos parlamentarios y ubicar monumentos que recuperen la memoria histórica, de acuerdo a lo prometido a la Asociación de Familiares y Víctimas de fusilados y desaparecidos por el franquismo. Extraña primavera, donde el sarcasmo hace coincidir las excusas de unos para no votar a favor de retirar a Franco su condición de hijo predilecto de Navarra, con su propia exigencia de ilegalizar a otros por no condenar otras violencias.
Setenta y cuatro años después de su proclamación, la experiencia de la Segunda República no debe caer en el olvido. Sin comisiones de la verdad, sin juicio alguno, sin apenas reparaciones a las víctimas, la derecha extrema de hoy pretende, una vez más, que las utopías de los cuerpos enterrados en las cunetas por la extrema derecha de entonces, permanezcan en silencio para siempre, con más tierra encima, sin que sea reivindicada su memoria por quienes hemos heredado sus deseos de igualdad y fraternidad. Justifican sus injustificables posiciones, argumentando, más o menos explícitamente, que hubo causas para el alzamiento franquista. En su debilidad argumental, algunos reprochan a los antifranquistas, estar movidos por vivencias subjetivas. Puede que haya casos; al fin y al cabo son vivencias con una profunda huella que no han podido resarcirse con la memoria histórica oficial. Pero hay mucho más.
En Navarra, quien más quien menos, cualquiera pudo tener familiares republicanos o carlistas, y pensar ahora de la misma u otra manera que ellos. Una guerra civil es así, añade a la crueldad de toda guerra, el enfrentamiento entre hermanos. En ambos bandos había personas que pensaban que lo que hacían era lo que había que hacer. No es a ninguno de ellos a quienes dirigimos los reproches de nuestra revisión de la historia, sino a quienes planificaron y llevaron a cabo el golpe militar y a quienes se ensañaron en la represión posterior. Y si alguno de ellos pide perdón, no será más el centro de nuestros reproches. La República, por supuesto, además de ideales tuvo errores. Pero los responsables de aquella guerra y de la posterior represión, fueron, sin lugar a dudas, quienes dieron un golpe de estado contra la República legalmente constituida y, tras su fracaso, decidieron continuar una guerra hasta suplantarla. La Constitución Republicana preveía en su Artículo 125 cómo podía ser reformada: a- A propuesta del gobierno, b- A propuesta de la cuarta parte de los miembros del Parlamento. Sin embargo, no se utilizaron esos cauces. Se terminó con ella violentamente. Las actuales generaciones deben conocer la verdad sin cortinas de humo.
El historiador británico Paul Preston decía en un artículo que “No hay nada que subraye más la urgencia de investigar, demostrar y recordar la dureza de la represión que razonablemente se puede calificar de holocausto- que el interés de algunos en mancillar el recuerdo de lo que tuvieron que sufrir los españoles con la victoria de Franco y la implantación de su dictadura. La recuperación de la memoria es un acto de responsabilidad. No solamente para quienes directamente sufrieron cárcel y persecución, y para aquellos que en modos e intensidades distintas se opusieron a la dictadura, sino también y sobre todo, para una generación joven que desea y necesita saber lo que les ha sido ocultado”. Así tendría que pensar cualquier demócrata de hoy, setenta y cuatro años después de la proclamación de la Segunda República, fuese republicano o monárquico. Entonces, podríamos encarar juntos nuestra historia y reescribirla. Porque cada historia sucede una vez, pero se reescribe tantas veces como sea necesario hasta acercarse a ella lo más honestamente posible.
Si se consiguiese ese honesto acercamiento a la historia, podríamos debatir más asépticamente, por ejemplo, por qué ser republicano o monárquico. Algunas contestaríamos que ser republicanas implica sencillamente ser más demócratas, más igualitarias. No en vano, la actual Constitución Española se contradice a sí misma admitiendo en sus artículos 56 y 57, entre otras cuestiones, que “la Corona de España es hereditaria” o que “la persona del rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad” por un lado, y por otro que, según el artículo 14 “los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”. Quizás deberíamos denunciar como anticonstitucional ante el Tribunal Constitucional todo el título II “De la Corona” de la Constitución Española... Mientras tanto, nos explican lo simpáticos que son nuestros príncipes y reyes como si la cuestión fuese personal y no institucional, y nos entretienen con los amores y amoríos de las diversas cortes reales europeas. Por cierto, ¿qué sucedería si el príncipe heredero en lugar de un hijo biológico adoptase un niño o niña subsahariana que hubiese perdido a sus padres en una patera? ¿Se vería beneficiado de todos los artículos constitucionales incluidos los de sucesión de la Corona? Con el fuerte cierzo que sopla en la Ribera no se oye la respuesta. Extraña primavera, en la que ya comienzan a brotar flores en los mismos lugares donde aún yacen algunos cuerpos de quienes tan intensamente vivieron sus deseos de justicia y libertad. Por ellos.
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(*) Concejala de Batzarre en el Ayuntamiento de Tudela (Navarra).
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