Montserrat Oliván

Sexualidad: ¿moralina, placer o peligro?
(Página Abierta, 157, marzo de 2005)

Tal y como anunciábamos en el número anterior de Página Abierta, toca ahora publicar la segunda parte de la intervención de Montserrat Oliván en la mesa titulada “Polémicas feministas” realizada en el Jovencuentro del que dimos noticia. Como ya señalábamos entonces, mantenemos en el texto que publicamos la forma coloquial de la exposición.

Dándole vueltas a cómo enfocar la parte de sexualidad, se me venía a la cabeza una pregunta que no sabía responder: ¿qué piensa la gente joven de cuál es la posición del feminismo sobre la sexualidad? No tengo ni idea, pero al mismo tiempo me asaltaba otro pensamiento: tampoco sé qué piensa la gente joven sobre sexualidad… No lo sé, me  extraño cuando, por ejemplo, oigo a chicas jóvenes decir de una compañera  que “es una puta” porque tiene relaciones sexuales más o menos promiscuas.
De lo que sí puedo hablar es de qué dice el feminismo sobre el sexo. Y aquí volvemos a lo mismo. No hay un feminismo, sino muchos. Aunque, a efectos de lo que ahora estamos tratando, podemos hablar de dos grandes corrientes feministas. Una, en la que me incluyo, que dice “sí al sexo” y otra que contempla la sexualidad y, a veces, en concreto, la heterosexualidad, con enorme recelo.
Pero antes de entrar a hablar de estas corrientes de pensamiento quisiera hacer una breve introducción sobre la actuación del movimiento feminista en España en sus primeros años.

En los primeros años del feminismo

En España, desde los primeros años de existencia del movimiento feminista, la preocupación por el ámbito de la sexualidad ha sido una constante. Hasta comienzo de la década de los ochenta, la crítica feminista a lo que se ha venido llamando “el modelo de sexualidad dominante” se centró en la denuncia de diversos aspectos de las relaciones heterosexuales que ponían a los hombres en el centro de las relaciones  y desconsideraban a las mujeres.
Así, por ejemplo, pusimos en cuestión que la penetración vaginal fuera el modelo para las relaciones sexuales entre hombres y mujeres; igualmente, planteamos que la vagina no tenía por qué ser el órgano sexual por excelencia de las mujeres y empezamos a reivindicar el papel que jugaba el clítoris en el placer sexual femenino; frente al orgasmo vaginal defendíamos el orgasmo clitoridiano; al mismo tiempo –y en unos años, en los que estaba prohibido utilizar métodos anticonceptivos e incluso informar sobre ellos– exigíamos que los anticonceptivos estuvieran al alcance de todas las mujeres, que fueran gratuitos, a cargo de la Seguridad Social, con una buena información sobre ellos y que se investigara sobre anticonceptivos masculinos.
Esta crítica a la hegemonía masculina en las relaciones sexuales, acompañada de la defensa del derecho al placer sexual para las mujeres constituyeron los ejes fundamentales de la visión feminista de la sexualidad en los primeros años de nuestro movimiento feminista.
En estos primeros años, la política sexual del movimiento se movía, mayoritariamente, dentro de las relaciones heterosexuales, rompiendo la identificación entre sexualidad y reproducción. Pero no abordábamos plenamente y en profundidad la otra gran identificación, la que se establece normalmente entre sexualidad y heterosexualidad.
Quisiera insistir en un aspecto: la popularización de los anticonceptivos y el derecho al aborto, aunque siga teniendo insuficiencias claras, suponen grandes avances en la vida de la gente, pero sobre todo de las mujeres. Los anticonceptivos nos parecen hoy algo obvio; sin embargo, supusieron un cambio impresionante en la vida social: las mujeres que mantenían relaciones heterosexuales (daos cuenta de  hasta qué punto tenemos en nuestras cabezas una concepción heterosexual de la sexualidad, que nos hubiera parecido tan bien decir sin más “las mujeres”) tenían la posibilidad de planificar sus vidas, tenían la posibilidad de que sus vidas no fueran organizadas por el azar separando por primera vez en la historia sexualidad y reproducción. Esto se oye decir a menudo; sin embargo, creo que lo decimos y oímos sin medir ni apreciar bien su alcance. Y lo siento, pero, digan lo que digan los señores obispos –¡y mira que llevan una temporadita sin callar!–, ésta es una conquista que no tiene marcha atrás.
Fue sobre todo gracias a la labor de los colectivos de feministas lesbianas como se empezó a poner en cuestión la idea de que lo normal entre las personas son las relaciones heterosexuales, es decir, las relaciones entre las personas de distinto sexo. Se cuestionó también el que la heterosexualidad apareciera en nuestras sociedades como “norma de obligado cumplimiento”. Es decir, se reivindicó el derecho a poder tener una sexualidad no heterosexual, a que esta sexualidad fuera considerada tan normal como la heterosexual e, incluso, se planteó que no había que partir de la premisa de que las personas nacemos heteros u homosexuales; se planteaba que las personas somos también producto de una sociedad y que las posibilidades sexuales son para los seres humanos mucho más amplias; que lo que es seguro es que nacemos sexuales y que a partir de ahí… Pero que está claro que desde una edad muy temprana, y a través de múltiples mecanismos, la sociedad nos va orientando, nos va encarrilando exclusivamente hacia una de las posibilidades de la expresión de la sexualidad, la heterosexualidad, que aparece, además, como la única “normal”, como “norma” de obligado cumplimiento.
La denuncia de ese carácter social de la imposición de la heterosexualidad, el papel que juega en la socialización de las mujeres como género femenino y de los hombres como género masculino, la defensa del deseo lésbico como posible para las mujeres..., todo ello ha formado parte de las aportaciones que desde el feminismo se han hecho a una visión de la sexualidad no androcéntrica ni heterosexista.
Se puede afirmar, sin lugar a dudas, que, gracias a la labor del movimiento feminista, se abrieron nuevas posibilidades y maneras de ser mujer en nuestra sociedad. Todo ello repercutió en la autoafirmación de las mujeres y en que se extendiera como la pólvora un ánimo de rebeldía entre todas nosotras, pudiéndose decir que, desde la aparición del feminismo, las vidas de muchas mujeres no han vuelto a ser las mismas.
Asimismo, creo que sin esos principios tan osados y radicales hoy no estaríamos donde estamos, ni podríamos plantearnos los nuevos retos a los que la realidad nos enfrenta.

La actitud recelosa ante el sexo         

Pero vuelvo a lo mío. Hay dos grandes corrientes feministas que yo resumiría así: “sí al sexo” y “cuidadito con el sexo”, también en su variante de “mejor no hablar de él”.
La división viene de lejos. En el siglo pasado, las sufragistas, en una proporción considerable, tenían la misma concepción puritana que imperaba en la sociedad. Su acento siempre estaba en advertir de los peligros que la sexualidad tenía para las mujeres. Partían de una idea, vamos a decir que es, como mínimo, curiosa: las mujeres no estamos interesadas en el placer sexual y nuestra misión es controlar el entusiasmo sexual de los hombres. Eran, en esto, hijas  de su tiempo, de la sociedad victoriana.
Había, sin embargo, también una corriente que nos reconforta, una corriente que llamaba a las mujeres al placer sexual, a sentirse libres con respecto al sexo. 
Esta división existe también en el nuevo feminismo: un sector vuelve a poner el acento en los peligros del sexo; el otro, con el que nos identificamos, en el placer.
Os podéis preguntar: ¿cómo puede ser que vuelva a darse esa misma división dentro del feminismo, si la sociedad que padecemos y disfrutamos es bastante distinta de la del sufragismo? La respuesta tiene sus problemas, pero voy a explicar cómo veo este asunto.
Supongo que, cuando se adopta una actitud recelosa frente a la sexualidad, debajo tiene que haber algo de puritanismo, de ver el mundo de la sexualidad como algo a lo que hay que poner límites… Pero voy a dejar esto de lado por el momento y voy a centrarme en lo que considero que es, al menos en el ámbito de la teoría, el centro de la argumentación de esta actitud recelosa ante el sexo, que luego explicaré en qué se concreta.
El núcleo de esta actitud es la consideración de que las relaciones sexuales están marcadas por el dominio de los hombres sobre las mujeres. Dominación que esta corriente feminista ve, además, como inevitable, de la que ningún hombre ni ninguna mujer podrán escapar. Ellas ven el mundo –al igual que lo analizaban en relación con la violencia– como una guerra entre hombres y mujeres, guerra en la que todos los hombres están unidos en la defensa de lo que ellas llaman poder patriarcal, con el objetivo claro de no permitir que las mujeres alcancemos ninguna cota de poder.
En este contexto, la heterosexualidad nunca es una preferencia de las mujeres, sino una relación de dominación donde las mujeres sólo pueden ser víctimas o colaboradoras de los hombres.
Y, además, la sexualidad masculina y la femenina son dos sexualidades antagónicas. Las mujeres somos seres dulces, sensuales, más interesadas siempre en las caricias que en el orgasmo; unos seres a los que nunca nos puede gustar una relación en la que haya fantasías y juegos “políticamente incorrectos” y a los que el coito nunca nos interesa porque es expresión de una sexualidad falocéntrica y violadora. Propugnaban que lo natural para las mujeres son las relaciones amoro-amistosas entre mujeres, unas relaciones en las que todas las mujeres estarían interesadas y en las que lo más explícitamente sexual no tiene un gran peso. “¿Qué haces con el enemigo en la cama?” o “Todo hombre es un violador en potencia” son expresiones, eslóganes que reflejan bien este feminismo que he descrito, que se conformó como corriente en EE UU en los años ochenta y que, sin lugar a dudas, tuvo su influencia en el feminismo de este país. Sus grandes batallas, que llegaron en EE UU a concretarse en leyes, fueron la lucha contra la pornografía y contra la prostitución.
Estoy simplificando porque las teorías no son monolíticas. Dentro de la misma corriente –el feminismo que he estado describiendo se llamó feminismo cultural– existen matices y diferencias considerables, pero creo que me ajusto bastante a la realidad; al menos, ésa es mi intención.
Quiero destacar un aspecto de este pensamiento feminista, que también en España tuvo sus defensoras y que, de modo más difuso, moldeó el pensamiento de otras muchas: las mujeres no sólo somos seres poco sexuales, de sexualidad difusa, y los hombres son incapaces de una sexualidad que no sea agresora, sino que todas las mujeres somos iguales y  tenemos los mismos deseos.
Si os dais cuenta, junto a estas afirmaciones, se está colando una actitud claramente normativa: si eres mujer, tu sexualidad sólo puede ser así. Luego aquella a la que le pueda interesar, por ejemplo, la pornografía es una mujer que traiciona su ser mujer. De rondón, un catecismo feminista.
Para ellas, la pornografía es la causa de la violencia sexual contra las mujeres y lo expresaban así: “la pornografía es la ideología; la violación, la práctica”. Cuando hablan de pornografía, la presentan en sus aspectos más duros y violentos, como si toda ella fuera así, y no contemplan la posibilidad de que la pornografía pueda excitar a las mujeres y critican sus aspectos sexistas, como si éstos no se dieran por igual en cualquier manifestación artística.
En sus críticas no tienen en cuenta que fantasía y realidad son dos ámbitos que se rigen por normas que nada tienen que ver. En las fantasías, y hasta en el juego erótico, puede excitarte tener sexo con hombres siendo lesbiana, bueno, no gustándote más que las mujeres; o puede erotizarte la imagen de un uniforme nazi, sin que ello signifique en absoluto que tengas la más mínima simpatía por el fascismo en ninguna de sus variantes.
Y en relación con la prostitución tienen un pensamiento similar: la prostitución es la institución básica del patriarcado, del poder de los hombres, e implica siempre esclavitud. Las prostitutas son las máximas víctimas de la sociedad patriarcal y nunca ejercen con consentimiento. La solución, obligatoria para todas las prostitutas, es el abandono de la prostitución.

Posiciones irreconciliables ante la prostitución

Dentro del feminismo los debates sobre prostitución han demostrado que existen posiciones irreconciliables, tanto en los análisis que se hacen como en las alternativas políticas que se proponen. Aunque todas partimos de una preocupación común: luchar contra la situación discriminatoria que sufren las mujeres que ejercen la prostitución, las conclusiones a las que llegamos nada tienen que ver.
Mientras unas se plantean como objetivo abolir la prostitución, otras planteamos la necesidad de que se reconozcan los derechos de las prostitutas. Mientras las abolicionistas defienden que hay que reinsertar a todas las prostitutas, independientemente de lo que éstas planteen, nosotras defendemos que hay que escuchar a las prostitutas y que el Estado debe garantizar recursos para quien quiera dejarlo, pero también mejores condiciones de trabajo y de vida para quien quiera seguir. Así también, mientras las abolicionistas defienden la penalización del cliente y de todos aquellos que de una u otra forma participan de las ganancias del trabajo sexual (lo que ellas llaman proxenetas), nosotras defendemos que se reconozca la capacidad de las prostitutas de establecer tratos comerciales con quien quieran, en las mejores condiciones posibles, reconociéndoles sus derechos en tanto que trabajadoras frente a los empresarios de los clubes y las casas de citas. Y defendemos asimismo que sus compañeros sentimentales no tienen por qué ser considerados proxenetas.
Obviamente, estas alternativas tan diferentes y opuestas parten de análisis igualmente irreconciliables. Una primera cuestión: ¿por qué se considera que la prostitución es algo especialmente denigrante y se niega que sea un trabajo? Parece que las reticencias parten del hecho de que lo que se comercia es la sexualidad, concediéndole a ésta una magnitud grande, especialmente en el caso de las mujeres.
Hoy, en nuestras sociedades, la sexualidad ocupa un lugar muy especial, muy importante, y se la considera una actividad íntima que compromete la identidad personal. Con esta formulación quiero decir que no siempre ha tenido que ser igual, ni tiene por qué seguir siéndolo. Y también que no todo el mundo la tiene que vivir del mismo modo. Es más, de modo general podría decirse que mujeres y hombres la viven de manera diferente y que la sociedad valora también de modo diferente la actividad sexual de hombres y mujeres. No hay más que pensar en la diferente valoración de un gigoló o de una prostituta. ¿Por qué se considera denigrante cobrar por un coito y en cambio es perfectamente respetable cobrar por limpiar la suciedad ajena o por lavar a una persona mayor o enferma?
Sinceramente, creo que lo que se esconde detrás de estas posiciones es una consideración de que la sexualidad en sí es algo poco respetable salvo que se dé en determinadas circunstancias, salvo que esté justificada por el amor, el matrimonio o por la procreación –de nuevo al galope el Papa y nuestros queridos obispos. Una posición, tan respetable como cualquier otra, siempre y cuando no se pretenda imponer al conjunto de la sociedad, a través de la acción institucional.

Nuestra posición

Y frente a todo esto qué se puede decir. ¿No es cierto que los hombres violan? ¿No es cierto que la pornografía es muchas veces violenta? ¿No es cierto que los hombres, también en el terreno sexual, ejercen mucha violencia sobre las mujeres? ¿No es cierto que las mujeres estamos muchas veces hartas de que el coito sea la única forma de relación heterosexual? ¿No es cierto que las mujeres ansiamos muchas veces caricias y juegos? ¿No es cierto que los hombres tienen mucho poder sobre las mujeres en el terreno sexual?
Pues sí, todos estos “no es cierto” son ciertos, pero también es verdad que las mujeres podemos desear el coito, que a veces, algunas, queremos juegos eróticos que pueden parecer violentos, que hay mujeres a las que les puede excitar la pornografía, que hay mujeres que se dedican a la prostitución no forzadas porque consideran que es la mejor forma de ganarse la vida a la que tienen acceso.
Pues sí, todo eso es cierto porque, en primer lugar, no todas las mujeres –y no estoy pensando en mujeres de otras culturas u otros tiempos–  somos iguales, e incluso una misma mujer puede variar de gustos a lo largo de su vida.
Vayamos por partes:
– Una cosa está clara: en las relaciones sexuales ha habido dominio de los hombres sobre las mujeres y ha habido y sigue habiendo violencia y violación.
– La heterosexualidad centrada en el coito sigue siendo el modelo sexual  dominante.
– La sexualidad concita en las mujeres angustias y temores, placeres y deseos; se vive la represión y la autorrepresión –los modelos pesan también en nosotras.
– Los actos no significan lo mismo en cualquier contexto: un mordisco puede ser placentero o una agresión.
Y, en esta línea de pensamiento, el feminismo debe ser una fuerza social que actúe para conseguir que la capacidad de decisión de las mujeres en todos los terrenos, y también en el sexual, sea cada vez mayor. Para ello, por una parte, la sexualidad debe ser un asunto que se convierta también en campo de acción política, siempre desde la perspectiva de ampliar los horizontes de las mujeres y de los hombres, de abrir posibilidades y no de cerrarlas por poner en primer término el miedo y no la búsqueda del placer; debemos decir sí a  todo tipo de comportamientos sexuales siempre que los mismos no entrañen imposición ni agresión.

Imposición de la heterosexualidad

Y, ya para acabar con este tema de la sexualidad, voy a detenerme en un aspecto que me parece de enorme trascendencia: la imposición social de la heterosexualidad.
Al hombre heterosexual se le considera claramente superior al homosexual en la medida en que, en el inconsciente de nuestras sociedades, la homosexualidad está situada en el lado de lo femenino. Lo masculino en nuestras sociedades es superior a lo femenino, y así el hombre que ama a las mujeres es superior al que ama a los hombres porque éste siempre es sospechoso de ser mujer. Sospechoso de ser mujer porque lo normal es que los hombres deseen a las mujeres y porque parece que un hombre gay es necesariamente un hombre que renuncia a la virilidad en la medida en que acepta ser penetrado, acepta el rol femenino, el pasivo, en la relación sexual. (Al parecer, no se piensa en que si uno es penetrado será porque otro penetra). Y curiosamente, también, en el caso de las lesbianas, éstas no son colocadas en un nivel superior, a la altura del hombre, por el hecho de desear a una mujer.    
La virilidad es un concepto eminentemente relacional construido para los restantes hombres y frente a la feminidad; y lleva siempre consigo el miedo a ser considerado mujer. Hoy todavía la educación de los niños se construye sobre este esquema: “no llores como una niña” o, incluso, “no te comportes como un mariquita”.
Si me he centrado en la homosexualidad no es, sin más, porque sea una cuestión de derechos humanos sino también porque creo, como ya hemos ido señalando, que su rechazo social y particular tiene mucho que ver con el miedo a ser considerado mujer, es decir, con la condición de segundo sexo de las mujeres, con la prevalencia de lo masculino sobre lo femenino y, en última instancia, con la existencia de lo masculino y femenino, como dos polos claramente delimitados.
Rechazar la imposición de la heterosexualidad, luchar por la visibilidad de otras sexualidades es una tarea imprescindible en el camino de subvertir este orden masculino y femenino, base de la situación de las mujeres como segundo sexo. Y en este sentido, bienvenidos sean travestís, transexuales, mariquitas locas y lesbianas camioneros, porque, lo mismo que la aceptación del matrimonio entre personas del mismo sexo supone ir dinamitando la concepción tradicional del matrimonio, como bien entienden nuestros señores obispos (el límite está precisamente en que no se toque el matrimonio, pasen las parejas de hecho), la no aceptación de lo masculino y femenino como dos polos opuestos y que corresponde sólo a unos u otras va minando precisamente este binomio tan opresor para  mujeres y hombres. Este pensamiento es ya lo último para ese feminismo bienpensante, puritano y siempre de buen tono.