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Ramon Casares e Ignasi Álvarez
Del túnel del Carmel al lado oscuro
de la política catalana
(Página Abierta, 158, abril 2005)
Al final del primer pleno monográfico sobre la crisis del Carmel, celebrado el pasado 24 de febrero, un diputado de CiU mencionaba el título de una novela de Mercè Rodoreda, Mirall trencat (Espejo roto), como metáfora del fin del buen ambiente, de la cordialidad que ha presidido, en general, la relación entre los políticos catalanes. Cuando Pasqual Maragall mentó de golpe, ante el estupor general de propios y extraños, el ya famoso 3%, el hundimiento de las casas del Carmel pasó a segundo plano para dejar el escenario al rifirrafe político: Artur Mas anunció la presentación de una querella y amenazó con hacer inviable la aprobación del Estatuto si no se le ofrecía una reparación a la injuria recibida. Parecía el fin de lo que se ha venido llamando, no sin cierta autosatisfacción, el “oasis catalán”.
Atendiendo al desarrollo posterior, más que un débil espejo roto, de imposible recomposición, el final todavía abierto de este drama que ha derivado en melodrama nos muestra la política catalana bajo la humilde imagen del “trencadís” que usara Gaudí para revestir algunas de sus obras con fragmentos desechados de cerámica con los que reconstruir las viejas rutinas.
Antes del 3%, se produjo la crisis, y para mucha gente el drama, del Carmel. El Carmel, barrio natal del Pijoaparte, el antihéroe de Juan Marsé, es una de las colinas que orlan la sierra de Collserola donde, según el arquitecto Oriol Bohigas, «nunca debería haberse construido». Pero, como en tantos otros sitios por ejemplo los cauces de las rieras, allí donde no debía construirse fue donde se amontonaron las barracas y viviendas de autoconstrucción de la inmigración de la posguerra y del desarrollo. El resultado, un urbanismo imposible sobre una orografía maldita. Para el Ayuntamiento socialista con más de 25 años de gobierno de la ciudad, no era un barrio estrella. “Ciutat vella”, con el mítico Chino, el mayor casco viejo de Europa, constituye un aparador excelente para las reformas urbanísticas con el sello “Barcelona”. Nou Barris ha sido el escenario en el que se pueden mostrar los resultados de la interacción entre un urbanismo ilustrado y la presión de un potente movimiento vecinal.
El Carmel, en cambio, tuvo que esperar. El movimiento vecinal, que había luchado con éxito para eliminar el barraquismo y que en los años setenta secuestró autobuses para que el transporte público llegara al centro del barrio, había perdido fuelle. Ahora, finalmente, una obra importante, el metro, llegaba al barrio. Y ha sido precisamente esta obra la que ha desatado el drama. En los últimos años de Gobierno nacionalista se pusieron en marcha dos obras importantes, la línea 9 y la prolongación de la línea 5 del metro, que llegaba al centro mismo del Carmel. Y fue junto a la futura estación del Carmel donde la noche del 27 de enero se hundió el túnel de la cola de maniobras. El socavón arrastró dos edificios del pasaje Calafell, y quedaron afectados muchos otros: dos tuvieron que derribarse de inmediato, y un número relativamente alto han debido apuntalarse, a la espera de un derribo definitivo o de un remozamiento de los cimientos. Por suerte, no hubo víctimas, pero el número de damnificados es significativamente alto: 1.054 personas llevan más de un mes fuera de sus casas y no tienen todavía una perspectiva clara sobre lo que va a suceder con ellas.
La información y las incertidumbres de los damnificados
El drama es, pues, la pérdida de las viviendas en algunos casos y la incertidumbre en la mayoría. Incertidumbre no sólo sobre el futuro de la vivienda, sino también por el hecho de que el valor de las propiedades afectadas tiene una relación directa con las soluciones que se acaben aplicando. Por lo demás, hay pérdidas morales: el valor sentimental de los muebles y enseres perdidos, el susto en sí mismo, el tener que vivir fuera de casa.
La incertidumbre tiene un remedio: la información. Las administraciones (Ayuntamiento y Generalitat) han tenido verdaderas dificultades para administrar la información que se proporcionaba a los vecinos afectados. En un primer momento no había una composición de lugar técnicamente fiable sobre lo ocurrido. De ahí, por ejemplo, que, bajo la creciente presión a que se veía sometido el Govern, se autorizase el regreso de algunos vecinos horas antes de que se produjera un nuevo hundimiento. El intento de canalizar la información otra chapuza se pudo entender como una torpe forma de censura. De ahí a la sospecha de que se escondía información hay sólo un paso. Por otra parte, la voluntad de articular el diálogo entre los vecinos y la Administración, apoyándose en la Asociación de vecinos del Carmel, no ha tenido demasiado éxito, y han proliferado los grupos de vecinos que se han organizado al margen de la asociación para negociar sus indemnizaciones.
En general, lo que se ha visto, oído y leído, sin afirmarla, ha alentado esta sospecha de manipulación, buscando la analogía con casos recientes, como la crisis del Prestige y la del 11 al 14 de marzo de 2004. Dada la complejidad técnica, económica y política de lo ocurrido, el descrédito de las fuentes oficiales ha añadido mayor dramatismo a la situación.
Las causas y las responsabilidades
Ante el hundimiento del Carmel no parece haber una pretensión deliberada de ocultar la verdad. Es posible que haya mucho que esconder, pero lo que se conoce hasta ahora, más que a una u otra decisión errónea, remite a una cadena o una maraña de acciones difíciles de desentrañar. Ello explica que la prensa, en general, haya sido muy cauta a la hora de señalar responsables y, a cambio, se haya volcado en el sufrimiento de los vecinos, una buena baza para los abogados que andan negociando indemnizaciones.
Las causas inmediatas del accidente son aparentemente simples. Paralelamente al túnel principal, se abrió un túnel de maniobras en un punto donde había una falla. Ésta no se detectó porque se consideró que las cautelas en cuanto a prospecciones técnicas y método de construcción tomadas para abrir el túnel principal eran suficientes. Pero, obviamente, no lo eran. Ha quedado claro que el ajuste de costes se tiende a hacer rebajando hasta el límite las medidas de seguridad. Ello concierne al agrupamiento de empresas subcontratadas para la ejecución de la obra y a la empresa pública GISA, encargada de la planificación, licitación y control de la obra. La primeras dimisiones «justos por pecadores», dijo el conseller de Obras Públicas Joaquim Nadal corresponden a cargos de confianza de esta empresa.
Sin embargo, a la hora de aclarar quién es políticamente responsable de lo ocurrido, las cosas resultan mucho más complejas. De acuerdo con el proyecto inicial aprobado por la Administración convergente la cola de maniobras no debía haberse situado en el Carmel. Sin embargo, fue esta misma Administración la que autorizó a la empresa pública GISA a cambiar el emplazamiento por razones todavía no aclaradas. En su comparecencia, el miércoles 16 de marzo, ante la comisión de investigación, Felip Puig (conseller de Obras Públicas en el último Gobierno de Pujol) no aclaró por qué el túnel hoy hundido y sellado se empezó a construir sin un proyecto aprobado por la Administración, práctica habitual en las modificaciones en obras públicas y que muchas veces supone una bonita manera de multiplicar los presupuestos y mantener las adjudicaciones sin el engorro de los procedimientos administrativos establecidos. El anterior fiscal anticorrupción, Jiménez Villarejo, ve en estas irregularidades y en otros atajos para sortear los procesos administrativos, especialmente en cuanto a la adjudicación de obras, un escenario para posibles fraudes. En cualquier caso, el proyecto definitivo fue aprobado por la nueva Administración de izquierdas cuando la obra ya se había iniciado. De todo ello ha dado fe Joaquim Nadal, en sus dos primeras comparecencias ante el Parlament el 24 de febrero y el 14 de marzo.
La crisis política
Podría parecer que había un acuerdo entre CiU y el PSC para asumir en comandita los costes políticos del hundimiento. Era, sin embargo, un equilibrio muy delicado, porque el Gobierno tripartito, desde el mismo caso Carod, arrastraba una larga cola de trifulcas políticas que han alimentado una imagen de debilidad y poca seriedad. CiU, por su parte, tampoco se encontraba en mejor situación. La victoria socialista del 14 de marzo de 2004 ha convertido lo que iba a ser un programa de resistencia del tripartito frente al PP, parapetado en la difícil exigencia de alcanzar una reforma del Estatuto y de la financiación, en un proyecto más o menos posible, pero avalado, en cualquier caso, por ERC. Si la situación en Madrid resultaba más cómoda al no tener ni que rozarse con el PP, en Cataluña el ahogo de Convergència era ahora evidente.
No debe extrañar, por lo tanto, que tras unos días de calma, cuando un segundo hundimiento obligó a desalojar a los vecinos del Carmel que acababan de volver a sus viviendas, Artur Mas se decidiera a exigir la dimisión de Nadal y la celebración de un pleno del Parlament. La idea era centrar toda la artillería sobre el propio Maragall, hasta entonces resguardado en una prudente segunda fila, y apuntarse un tanto en la erosión del Govern.
Sin embargo, en el pleno del día 24 de febrero las cosas fueron aparentemente más lejos. Mas retó a Maragall a salir. Y Maragall, salió de la cueva con una frase enigmática que todo el mundo entendió: «Miren, lo ocurre es que ustedes tienen un problema, y este problema se llama 3%».
¡Sensación! En su réplica, Mas no perdió las formas, pero sí los papeles: en vez de invitar a Maragall a presentar pruebas o a acudir a los tribunales, anunció que algo muy importante se había quebrantado y amenazó con romper los consensos. Acto seguido Maragall, en nombre del Estatuto y la financiación, retiró formalmente sus palabras. Hubo acuerdo en crear una comisión de investigación, pero el final del pleno dejó un ambiente de irrealidad y estupor.
Al día siguiente, CiU anunció la presentación de una querella contra Maragall, mientras que los socios del tripartito e incluso algunos miembros del PSC criticaban, por inoportunas, las palabras de Maragall. En cualquier caso, el debate se había situado ya en otro nivel, el túnel del Carmel penetraba en el lado oscuro de la política catalana.
La psicología de Maragall
¿Obedecía a una estrategia meditada la salida de Maragall? Él lo niega y nadie parece poder afirmarlo. Por lo demás, casi nadie la ha defendido, empezando por su propio partido, cogido por sorpresa. Maragall es un político con una psicología peculiar, más que con un pensamiento complejo. Parece aspirar a cosas aparentemente contradictorias, algo verdaderamente humano, pero se esfuerza poco en casarlas racionalmente. Se le ha reprochado a menudo una fantasía excesiva que en política acaba rozando el quiero y no puedo. Maragall ha sido un político poco gregario, apoyado, a pesar de sus cantos a la “excelencia” o quizás por ello, en un estrecho círculo de personas de su confianza. Puede envidiar el respeto general obtenido por Pujol, pero menosprecia su populismo. Va a la suya, y resulta en este sentido poco de fiar, pero tiende menos a envolverse con los velos de la trascendencia. A veces Pujol se veía a sí mismo como un pedagogo construyendo una nación. La autorrepresentación de Maragall es la del patricio visionario.
Este visionario recibió la Presidencia con la debilidad que comportaba la posible mayoría alternativa de ERC y CiU. Hubo que esperar al caso Carod y a la posterior victoria de Zapatero el 14 de marzo para que, de manera algo confusa, Maragall empezara a marcar puntos frente a ERC. En cualquier caso, la imagen del tripartito mejoraba poco: el forcejeo continuo, las vacilaciones constantes, la sensación de una Administración dividida, repartida, poco sólida y poco solidaria resultaban una novedad en Cataluña.
Una manera de ganar peso hubiese sido levantar acta, en el mismo momento del cambio de Gobierno, de las irregularidades y chanchullos de CiU. El asunto quedó en una auditoría, encargada por el presidente Maragall, de los 23 años de gestión del anterior Gobierno, presentada el 28 de diciembre de 2004, en la que se evitó hacer sangre y a la que se le dio muy escasa trascendencia pública, hasta el punto de que ni siquiera ha sido presentada en el Parlament. La voluntad de incorporar a Convergència al consenso estatutario pesó más que el compromiso de transparencia establecido en los pactos del Tinell, que sirvieron de base al Gobierno tripartito. Pero, a pesar del lema mans netes (manos limpias), ERC necesitaba y sigue necesitando de CiU para engrandecer su propia sombra. Tampoco los sectores municipalistas del PSC que ya le habían visto las orejas al lobo con el asunto Mobilma han contemplado con entusiasmo que se remueva esta agua.
Lo cierto es que Convergència no agradeció la actitud prudente o timorata del tripartito. Al día siguiente de la presentación del informe, Artur Mas aseguraba que el tripartito «carece de legitimidad para juzgar su gestión de 23 años. ¿Quién puñetas son esta gente para suspendernos a nosotros, que ganamos las elecciones?». En el fondo, los dirigentes de Convergència siguen actuando como si hubieran sido despojados de una herencia, Cataluña, que les pertenece por derecho.
El 3% en boca de Maragall negaba a CiU tal legitimidad. Finalmente, se visualizaba una Cataluña sin Pujol. Pero esta Cataluña nacida de la bronca, de momento, parece gustarse poco.
En una encuesta publicada por La Vanguardia el 13 de marzo pasado, un 73% de las personas encuestadas, como no podía ser menos, se declaraba convencida del cobro de comisiones. El mapa electoral permanecía con pocos cambios, si acaso con un ligero ascenso del PSC y de IC. Sin embargo, se consideraba la actitud de Maragall irresponsable y mala. Su ocurrencia de que las críticas recibidas le hacían «sentirse como una mujer maltratada» confirmó la sospecha de que el presidente de Cataluña no siempre piensa antes de hablar. La confianza en el tripartito bajaba todavía más, en contraste con el alto grado de confianza que merece el Gobierno de Zapatero.
El balance en la opinión pública es más que dudoso. La mala recepción unánime que tuvo en la política catalana el exabrupto de Maragall tiene relación con uno de los aspectos que Pujol había sabido administrar mejor: la identificación entre los consensos básicos de la sociedad catalana y la hegemonía nacionalista. De hecho, el programa del tripartito, basado en la reforma del Estatuto y la financiación, permitía a CiU conservar el papel de guardián de las esencias.
No obstante, una cosa es la demoscopia y otra la política. Después de la crisis, la posición de CiU, con una comisión parlamentaria sobre su gestión en marcha y diligencias abiertas, no parece haber mejorado. Tampoco la posibilidad de condicionar la agenda política por parte de ERC. Siempre que sepan mantener abierta la expectativa de una reforma, el Estatuto y la financiación serán cada vez más temas en manos de la pareja Maragall-Zapatero, con el riesgo que ello implica para ambos, pero también con las ganancias que les puede reportar. Al final, Maragall puede estar en condiciones de aplicar la técnica del “trencadís”: recomponer algo acaso diferente con los pedazos de lo que él mismo ha roto, o se le ha roto. Lo que vino después del pleno deja el final abierto.
El fiscal Mena el mismo que llevara el caso Banca Catalana se apoyó en las palabras de Maragall para abrir diligencias. De momento no ha salido gran cosa, pero ahí están. El PP, pensando en el lucimiento de Piqué en aguas revueltas, presentó una moción de censura contra todos. En el debate, sin embargo, las aguas se aquietaron bruscamente: Maragall retiró formalmente sus palabras ante “el pueblo de Cataluña”. Mas, “en tanto que parte del pueblo de Cataluña”, retiró la querella. Piqué, pescador pescado, acabó retirando la moción: «Me la guardo por si acaso hay un acuerdo bajo la manga», declaró entre la rechifla general.
En cualquier caso, tras la tempestad queda una indefinible sensación de vergüenza colectiva. Carod Rovira dijo que no había para tanto, comparándola con la crisis de la Asamblea de Madrid. Triste consuelo. Si el Estatuto y la financiación salen adelante, con lo que ello puede representar todavía pensando en Euskadi, algo de confianza colectiva se habrá recuperado. De lo contrario, la descompresión pospujolista puede conducir la política catalana por caminos insospechados.
¿Y los vecinos y vecinas del Carmel? Todavía sin casa, eso no se soluciona en cuatro días. Pero, en la desgracia, a pesar de los lamentos de algunos por la pérdida de la compostura, la vergüenza y el ruido mediático no les han venido del todo mal.
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