El ‘agujero’ del centro que engulle a la población de la periferia de Europa

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lavanguardia.com, 19 febrero 2018

Los cambios en la demografía europea redimensionarán los Estados miembros

Los datos demográficos de la Europa actual nos hablan de una Unión que no cambia demasiado en los últimos años. Unos crecen. Y otros decrecen. En suma: seguiremos siendo los cerca de quinientos millones de personas que ya somos. La población total apenas variará de aquí a 2080, según las proyecciones del servicio estadístico europeo, Eurostat.

Sin embargo, todo cambia.

Porque el mapa europeo pasado, presente y futuro dice muchas más cosas: de dónde venimos, cómo estamos, a dónde vamos, o lo que esperamos. Tanto, que esta Unión Europea se asemeja ya a un Estado con un centro y una periferia en donde todos miran al centro, el centro crece y acaba por ser cada vez más el centro.

Y es que comparar la evolución entre 2001 y 2015 es adivinar la Europa de mañana. En el periodo que llevamos usando el euro como moneda común, la población europea no deja de marcar una tendencia que sigue –como si de un imán se tratara– el espacio que en el argot económico se conoce como la banana azul, el centro económico continental que va del norte de Italia a Londres mirando siempre de reojo la frontera franco-alemana.

La zona de mayor concentración de riqueza industrial y empresarial es también la que en los últimos años va configurando la centralidad en Europa; ese lugar en el que la demografía habla con cifras positivas; un espacio central y ‘centralizado’ del hábitat europeo. Unos territorios, nos subraya Anna Cabré, catedrática de Geografía Humana de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) y directora de su Centro de Estudios Demográficos, que crecen “sin depender de la natalidad y la mortandad”; más bien florece gracias a los inmigrantes “intraeuropeos” –dejando al resto en manos de la llegada de una inmigración de fuera de Europa.

En el periodo 2001-2011 como en el periodo 2012-15, la población apenas crece en unas décimas en unos territorios y desciende otras tantas en otros. Es una tendencia constante que deja a Irlanda, el Benelux (Países Bajos, Bélgica y Luxemburgo), el oeste de Alemania, el noreste de España, el norte de Italia y el sur de los países escandinavos como las fronteras que señalan al epicentro en el que se da el grueso del crecimiento de los ciudadanos europeos: básicamente Francia y el Reino Unido. Con las escasas y llamativas excepciones de Madrid y Polonia en la periferia. Y el resto en claro decrecimiento.


El territorio socioeconómico de la ‘banana azul’ europea (Pablo González)

Unos cambios demográficos que a su vez pueden contribuir a cambios en los equilibrios de poder. “Mira España: la España seca pierde peso y decisión hacia la España costera; sobre todo el Mediterráneo, salvo Madrid, Zaragoza y algo Sevilla. En Europa se hace en las costas y siguiendo la ‘banana europea’, el arco del desarrollo europeo y concentración de más población, que se consolida con los movimientos demográficos”, resume Manuel Pérez Yruela, profesor de investigación de Sociología del CSIC en el Instituto de Estudios Sociales Avanzados en Córdoba.

Europa, cambio de generación

“En Europa es común el envejecimiento y el descenso de la población”, prosigue. Y es que incluso los que crecen, crecen a tasas bajas. La tasa de fecundidad media es cercana a 1,6 nacimientos por cada mujer, cuando en general suele verse en 2,1 hijos por mujer el promedio necesario para la reposición de la población; para garantizar la renovación y supervivencia de una población. En 2016 sólo Francia llegó a esta cifra; con menos del 2 se acercaban Países Bajos, el Reino Unido o Irlanda. Pero el resto quedaba por debajo del 1,5. Incluida España.

No es casual, así, el debate actual a lo largo de todo el continente sobre cómo hacer sostenible el sistema de pensiones, que de forma generalizada es de carácter público y se basa en la solidaridad intergeneracional. ¿Debemos ampliar el número de personas trabajadoras –o activas– por cada pensionista para financiar los servicios sociales? ¿Ir hacia un incremento de impuestos? ¿A la privatización? Y a todo ello se suma, en la periferia de Europa, la ‘circunstancia’ de tener a menos personas disponibles para el trabajo (el sector agrícola de España y quien trabaja en el campo es un buen ejemplo).

La polémica surge cuando el envejecimiento requiere como solución o bien una mayor natalidad o bien una mayor inmigración. En aquellos Estados más dinámicos del centro de Europa se suple –señala Pérez Yruela– con la llegada de población intraeuropea (y sólo hay que mirar a España en la última crisis, cuando miles se desplazaron a otras partes del país y del continente, ahora más preparados y cualificados que en la ola de la segunda mitad del siglo XX). Otros, envejecidos, deberán compensarse por la exterior. Y decidir una política migratoria es un costoso y polémico camino que aún no encuentra acomodo –más aún a nivel comunitaria.

El ciudadano europeo que antes emigraba con pasaporte ahora lo hace sin él. Y dado que, si hablamos de distancias, desplazarse al centro de Europa desde el Este es similar a lo que tenían que desplazarse en España hace décadas las masas de gente desde zonas rurales a otras industriales, no es de extrañar que los movimientos en una Europa con libertad de movimientos sean habituales, y naturales. Otra cuestión es hablar de futuro.

Durante largo tiempo hay quien asocia el cambio demográfico a una cuestión de ricos y pobres, con países que en consecuencia crecen en población y otros que decrecen. Pero el mapa nos dice lo contrario: el este de Alemania, el norte de Suecia o de Finlandia están incluidos entre aquellos que añaden un guion negativo a la cifra final. Todos ellos con sistemas sociales avanzados.

Es arcaico pensar que si crece va bien y si decrece va mal en cuanto a la situación de bienestar. Todo el mundo está destinado a un decrecimiento de la población.


ANNA CABRÉ
Catedrática de Geografía Humana de la UAB